Lis Valera (Barcelona, 1988) es autora del libro 'La bulimia me salvó' y dietista especializada en Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA).

Lis Valera (Barcelona, 1988) es autora del libro 'La bulimia me salvó' y dietista especializada en Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA).

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La bulimia fue el salvavidas de Lis Valera tras la muerte de su amiga: “Necesitaba el dolor físico para afrontarlo"

La experta en Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) abre su cajón de los recuerdos para contar cómo consiguió sobreponerse a la bulumia. 

13 mayo, 2023 02:23

Una cárcel que nadie ve”. Así es como la dietista Lis Valera (Barcelona, 1988) describe los Trastornos por Conducta Alimentaria (TCA). Y va incluso más allá. Como superviviente de este trastorno decidió contar su historia en el libro La bulimia me salvó (Ediciones B, 2023). Se estima que en España, cerca de medio millón de personas sufren un TCA y esto es un dato que previsiblemente crecerá en un 15% en los próximos 12 años

El título, explica Valera, no es una alegoría de lo que significa vivir con bulimia, sino que es algo que le dijo la terapeuta que le atendió durante su tratamiento en un hospital de día. "Me dijo: 'Lis, el TCA te salvó". "En ese momento no entendí nada, es algo que he aprendido con la introspección", añade. 

Portada del libro 'La bulimia de salvó' (Ediciones B, 2023).

Portada del libro 'La bulimia de salvó' (Ediciones B, 2023). Ediciones B

Una introspección que también le ha servido para curarse. Con las experiencias traumáticas, explica, "el pasado está cerrado con llave

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El proceso de escribir el libro fue una catarsis para ella. "Me planté con 33 años cuando empecé a escribir el libro pensando que podía hablar mucho de mí misma", explica Valera. "Pero me di cuenta de que no tenía ni idea de quién era", señala Valera. Por eso, decidió, como ella lo llama, "abrir la puerta de la porquería". 

El detonante

Todo comenzó cuando ella era una cría de 17 años, en diciembre de 2005. Por aquel entonces, Lis Valera tenía una vida bastante normal: de casa al cole y del cole a casa. Pero aprovechando el puente de la Constitución, decidió irse de escapada con sus amigas. Lo que pareció un viaje inolvidable se convirtió en la pesadilla de su vida. En el viaje de vuelta sufrieron un accidente que cambió completamente su vida y su forma de ver las cosas.

El vehículo en el que viajaban se precipitó por una ladera, lo que provocó la muerte de su amiga María. “Empecé a tener miedo constantemente por todo”, confiesa Valera. Había visto con sus propios ojos cómo se desvanecía la llama de la vida de su amiga. Y en el día a día, el trágico recuerdo le perseguía: “No podía subir escaleras porque veía a mi mejor amiga en el rellano en el estado del accidente”, recuerda.

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Con este tipo de pensamientos es como empezó su trastorno por estrés agudo, que está a medio camino del trastorno de estrés postraumático. “Y así empiezo a verla en todos los sitios”, señala Valera. Generalmente, el duelo, como es concebido por la psicología, dura entre seis meses y dos años. Es lo que estaba experimentando Valera.

El estrés agudo se convirtió en postraumático. Eso desembocó en una depresión que no le permitía realizar acciones vitales, como ducharse o ir al baño. “Empecé a tener muchísimos pensamientos autodestructivos. Y me empecé a plantear cómo sería la vida si no estuviera en ella”, relata Valera.

Y explica que “esa emoción de desesperanza fue la que me llevó a vomitar por primera vez”. Así fue como aparecieron los primeros síntomas de la bulimia, un trastorno de la conducta alimentaria que ha logrado enterrar. 

Cuando se padece un TCA, la recuperación mediante el tratamiento psicológico no está garantizado. Alrededor del 50% o 60% se recupera totalmente, entre un 20% a un 30% lo hace parcialmente, y solo entre un 10% y un 20% cronifica la enfermedad, según la Guía de Práctica Clínica sobre TCA, del Ministerio de Salud y Consumo. 

Castigo y permiso

El vómito, tal como cuenta en el libro y durante su entrevista con EL ESPAÑOL, tenía varias funciones: desde castigarle a darle permiso. “Estuve vomitando por castigo, porque necesitaba el dolor físico para aliviar el dolor emocional”. Al mismo tiempo, explica, “hacía que de alguna manera obtuviera permiso para decirle al mundo que mi vida se había parado”.

En esta ocasión, el TCA "se convirtió en mi herramienta de gestión emocional". "Fue la forma en la que hice frente a la muerte de mi amiga y me aferré a ello", confiesa. Esta condición le llevó a ser hospitalizada en múltiples ocasiones y estar bajo una vigilancia casi constante. 

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"Me terminé aferrando a una obsesión por mi cuerpo", señala Valera. Una inquietud que durante su vida no solo se manifestó con el vómito recurrente. Durante una etapa de su vida, "el deporte se convirtió en un sustituto del síntoma y en ese hábito encontré estabilidad". Después, "lo llevé al extremo". 

El amor me salvó

"A mí me salvó el amor", explica Valera. Al principio, confiesa, el amor de los demás le ayudó a salir de la cama por los pies y acudir al hospital. Ese apoyo venía fundamentalmente de su familia, sus amistades y sus subsecuentes parejas. Un entorno que, pese a las adversidades, pudieron ayudarle. Al principio, "lo puse muy difícil para que me ayudaran", dice Valera. 

Después, fue ella misma, con amor propio, la que salió adelante. Pero reconoce que "si no me hubieran obligado, probablemente hoy no estaría aquí". "Cuando tú crees que ya no hay salida y te has rendido, o tienes a alguien que tira de ti o es muy complicado sobreponerse", añade.

Valera consideró el apoyo profesional igual de importante que el de su entorno. Aunque confiesa que podría haber sido mejor. En su caso, no tuvo a un nutricionista que le guiara en su dieta. En el hospital de día en el que estuvo ingresada durante años "no se hablaba de comida", explica. "No sabía cuánto y qué tenía que comer", añade. 

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Ahora, para poder ayudar a las personas con TCA en su alimentación, está estudiando un programa de coaching para la recuperación de TCA del Instituto Carolyn Costin. Al preguntarle cuál es la forma de mantener una buena relación con la comida, Valera es tajante: "Hay que desprenderse de las etiquetas de alimentos buenos y malos y no sucumbir a la sobreinformación". 

Así, afirma Valera, se podrían reducir los comportamientos disfuncionales con la comida que pueden derivarse de patologías como la carbofobia o la ortorexia, dos condiciones que ella misma ha vivido. Y también insiste en que hay que tirar por tierra los prejuicios sobre los TCA: "No solo hay que verlos como enfermedades de niñas superficiales, van más allá”, señala. "En algunos casos, como el mío, también es un trastorno adaptativo".