Hace diez años, cuando la Asociación Española de Fundaciones creó DEMOS como foro de encuentro para el sector fundacional, no sabíamos qué pruebas nos esperaban. No conocíamos los nombres de las crisis que vendrían ni las nuevas formas de vulnerabilidad que aparecerían.

Sí teníamos una certeza: las fundaciones podían llegar más lejos si se escuchaban, aprendían unas de otras y eran capaces de actuar juntas. Diez ediciones después, esa convicción forma parte de nuestro ADN.

En una década hemos vivido una pandemia, una emergencia climática cada vez más visible, guerras, desplazamientos, una revolución tecnológica y nuevas formas de soledad y desigualdad.

Las fundaciones han estado ahí: investigando enfermedades, acompañando a personas mayores, acercando la cultura, defendiendo derechos, creando oportunidades educativas y laborales, protegiendo el medio ambiente. Su diversidad es una fortaleza si sabemos ponerla en relación.

La primera lección de estos años es que la filantropía no pertenece a un solo ámbito de la vida. Está presente en todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La encontramos allí donde se combate la pobreza, se cuida la salud o se impulsa la educación, pero también en la igualdad, el acceso a la cultura, la investigación, la protección de los ecosistemas y la construcción de comunidades más habitables.

Porque un problema social rara vez llega solo. Una niña con dificultades para continuar sus estudios puede necesitar, al mismo tiempo, apoyo para su salud mental, estabilidad en su hogar y perspectivas de futuro para su familia.

En DEMOS hemos aprendido a mirar más allá del territorio conocido por cada organización. Quien trabaja en discapacidad tiene algo que decir sobre tecnología; quien se dedica a la cultura puede abrir caminos de inclusión; quien investiga el cambio climático puede ayudar a entender nuevas formas de vulnerabilidad.

Nadie posee una visión completa de una sociedad tan compleja. Por eso el valor de un encuentro no reside únicamente en lo que se escucha desde un escenario. A veces está en una conversación posterior, cuando dos personas descubren que sus conocimientos encajan.

La pandemia hizo especialmente visible otra lección: ante una crisis, la voluntad de ayudar importa, pero también importan las redes construidas antes. En 2020, cuando las fundaciones tuvieron que adaptar su trabajo a una situación desconocida, DEMOS fue un espacio para compartir respuestas.

Nos recordó que ninguna organización tenía todas las soluciones y que la experiencia de una podía ahorrar tiempo, incertidumbre y errores a otra. Cuando el mundo pareció detenerse, el trabajo fundacional tuvo que continuar. Aprendimos que encontrarnos también sirve para estar mejor preparados cuando todo cambia.

Con el tiempo hemos aprendido también que colaborar exige algo más que buenas intenciones. Hay que compartir conocimiento, aceptar que otros conocen mejor una parte del problema y estar dispuestos a cambiar de opinión. Hay que crear confianza entre organizaciones grandes y pequeñas, entre quienes aportan recursos y quienes conocen de cerca una realidad.

Y, sobre todo, hay que escuchar a las personas a las que queremos acompañar. No basta con hablar sobre ellas. Si una respuesta se diseña sin su experiencia, corre el riesgo de dejar fuera justamente aquello que pretendía resolver.

Ahí cobra sentido el ODS 17, dedicado a las alianzas. No porque la filantropía pueda reducirse a ese objetivo, sino porque las alianzas permiten que su contribución a todos los demás sea mayor. Cuando una fundación comparte sus datos con otra, cuando un centro de investigación dialoga con una entidad de barrio o cuando administraciones y sociedad civil unen capacidades, el trabajo deja de avanzar por caminos aislados. Permiten hacer mejores preguntas y sostener respuestas que nadie podría ofrecer por sí solo.

También hemos tenido que revisar la idea de que filantropía equivale exclusivamente a dinero. Hacen falta recursos, por supuesto, pero son igualmente valiosos el tiempo, la experiencia, una red de contactos, un espacio disponible o el acompañamiento a una entidad que empieza.

La confianza hace posible que esos recursos circulen. Ese aprendizaje nos obliga a preguntarnos no solo cuánto podemos dar, sino qué sabemos hacer y con quién deberíamos compartirlo.

Celebrar un aniversario invita a recordar. Pero sería insuficiente convertir estos diez años en una colección de fotografías y discursos. Lo que merece ser celebrado es la posibilidad de que una idea escuchada en Madrid encuentre aliados en Valencia, Sevilla o Barcelona; de que una fundación pequeña sea escuchada por otra con más medios; de que alguien regrese a su trabajo con una pregunta que le obligue a hacerlo mejor.

No podemos contar cada alianza nacida de una conversación, ni atribuir al encuentro todo lo que sus participantes construyen después. Sí sabemos que, para construir algo juntos, antes hay que haberse encontrado.

Quizá esa sea la enseñanza que reúne a todas las demás. La filantropía nace cuando sentimos que lo que les ocurre a los demás también nos incumbe. Crece cuando esa decisión se comparte. Y adquiere toda su fuerza cuando personas y organizaciones que podrían caminar solas eligen escucharse, aprender y avanzar juntas. Eso es lo que DEMOS ha conseguido durante diez años y lo que quiere seguir haciendo, al menos, en los próximos diez.

*** Pilar García Ceballos-Zúñiga es presidenta de la Asociación Española de Fundaciones.