A menos de cuatro años de 2030, es inevitable preguntarnos hasta dónde seremos capaces de llegar. Los datos nos dicen que solo el 36% de las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible que pueden evaluarse está en camino de cumplirse o registra un progreso moderado.
Podemos mirar esas cifras desde la preocupación. O podemos hacer algo mucho más útil: ponerlas en perspectiva.
Porque la Agenda 2030 representa uno de los proyectos de transformación económica y social más ambiciosos que hemos emprendido a escala global. Estamos intentando cambiar, en años, una manera de producir, consumir, invertir y gestionar que se ha construido durante generaciones.
Los ODS plantean, en realidad, un cambio de paradigma.
Durante mucho tiempo hemos desarrollado nuestras economías sobre un modelo fundamentalmente lineal: extraer recursos, producir, consumir y desechar. Ahora sabemos que ese modelo tiene límites. Además, la población se ha más que triplicado en apenas 75 años. Esta dimensión demográfica ayuda a entender la verdadera magnitud del desafío.
Tenemos que generar bienestar, empleo, energía, alimentos, infraestructuras y oportunidades para una población mucho mayor, sabiendo al mismo tiempo que los recursos naturales son limitados.
Por eso los ODS representan mucho más que una agenda de objetivos. Son un instrumento para ayudarnos a transformar nuestra manera de gestionar los recursos y a evolucionar desde una economía fundamentalmente lineal hacia una economía cada vez más circular.
La magnitud del desafío es enorme. Y precisamente por eso también resulta apasionante.
Estamos ante una transformación que, por su alcance, puede compararse con algunos de los grandes cambios económicos y productivos que hemos vivido desde la Revolución Industrial. Transformar sistemas energéticos, modelos industriales, cadenas de suministro, ciudades, infraestructuras y hábitos de consumo mientras seguimos generando empleo, innovación, bienestar y oportunidades para una población mundial creciente.
Pretender que una transformación de esta dimensión pueda completarse en quince años sin dificultades, retrasos o correcciones sería poco realista. Lo verdaderamente extraordinario es todo lo que ya hemos sido capaces de avanzar.
Desde 2015, cerca de 1.000 millones de personas han conseguido acceso a agua potable; la electricidad llega ya al 92% de la población mundial y el acceso a internet ha pasado aproximadamente del 40% al 74%. Son cifras que representan algo mucho más importante que estadísticas. Representan millones de vidas que han cambiado. Y demuestran que avanzar es posible.
En el mundo de la empresa conocemos bien esta realidad: cuando emprendemos una transformación profunda, no abandonamos una estrategia porque todavía no hayamos alcanzado todos sus objetivos. Medimos. Aprendemos. Corregimos. Innovamos. Y aceleramos aquello que está funcionando. Eso es exactamente lo que debemos hacer ahora con la Agenda 2030.
Los ODS son un instrumento para ayudarnos a gestionar mejor el futuro. Nos permiten identificar algunos de los principales riesgos y oportunidades económicos, sociales y ambientales que tenemos delante. Y todos ellos terminan llegando, antes o después, a las empresas.
Una sequía deja de ser únicamente un problema medioambiental cuando afecta al precio y a la disponibilidad de materias primas. La desigualdad deja de ser exclusivamente un problema social cuando limita el talento, el consumo y la estabilidad.
Una empresa que utiliza menos recursos, aprovecha mejor los materiales, consume menos energía, reduce dependencias, anticipa riesgos y desarrolla soluciones más eficientes está construyendo una organización potencialmente más resistente y preparada para competir.
Por eso la sostenibilidad no es un asunto paralelo al negocio. Es una nueva manera de entender el negocio.
No necesitamos que todas las empresas hagan de todo. Necesitamos millones de empresas haciendo cada vez mejor aquello en lo que realmente pueden marcar una diferencia.
Las empresas tenemos una enorme capacidad para contribuir a esta transformación. Aportamos inversión, innovación, tecnología, empleo, capacidad industrial y cadenas de suministro que atraviesan países y continentes.
Y necesitamos también administraciones capaces de ofrecer estabilidad, reglas claras y marcos que favorezcan las inversiones de largo plazo. La colaboración entre empresas, instituciones y sociedad será determinante.
2030 se acerca. Pero nunca debería entenderse como una fecha de caducidad. Debe ser un hito dentro de una transformación mucho más profunda.
Cuando observamos la magnitud del desafío, lo conseguido hasta ahora no debería llevarnos al desánimo. Al contrario. Es una tarea ingente. Porque el verdadero éxito consistirá en haber cambiado nuestra manera de decidir, de producir, de invertir y de gestionar. Y esa transformación ya está en marcha. Ahora tenemos que acelerarla.
*** Clara Arpa, presidenta del Pacto Mundial de la ONU España.