En estos días pienso precisamente en las personas que han fallecido en Ceuta, en quienes deambulan por sus calles y en los propios ceutíes que, lejos de recuperar la mal llamada "normalidad", viven sumidos en la incertidumbre sobre su futuro.

Y es que la palabra "igualdad" parece haber evolucionado hasta el extremo de convertirse en un "igual da" que todo lo relativiza. Da igual que haya personas fallecidas; ya que nadie parece acordarse de ellas. Da igual que existan responsabilidades que exigir, dimisiones que reclamar o explicaciones que ofrecer, ya sea en un país o en otro.

¿Acaso nadie es responsable? ¿De verdad sus vidas valen tan poco?

Igual da cuando hablamos de quienes, tras entrar irregularmente en un país ajeno, deambulan por sus calles sin rumbo y en medio del desconcierto. ¿De verdad da igual, ante la ley, vulnerar una frontera, acampar en una playa o encender fogatas?

Lo planteo porque, si hablamos de igualdad, muchas de esas conductas están prohibidas para cualquier ciudadano europeo en buena parte del territorio. No pretendo con ello cuestionar la crisis humanitaria que atraviesa el continente africano, ni mucho menos ignorar las circunstancias que empujan a tantas personas a abandonar sus hogares.

Pretendo ir un paso más allá: preguntarme por qué, bajo el principio de igualdad, terminamos tolerando que determinadas normas de convivencia y disposiciones legales se apliquen de manera diferente según quién las incumpla. Porque si la igualdad significa algo, debería significar precisamente eso: que la dignidad de una vida no depende de su origen y que la ley no debería tener distintos pesos según la persona sobre la que recaiga.

Desde hace bastante tiempo, en Europa nos hemos acostumbrado a considerarnos especiales frente a los demás (salvando, por supuesto, nuestras propias diferencias entre los países que la conforman), incurriendo así en una profunda contradicción respecto de aquello que proclamamos como igualdad.

Empiezo a pensar que expresiones como "¡Pobrecillos, bastante tienen!" o "¡Déjalos en paz!" pueden convertirse, incluso bajo una apariencia de compasión, en un manifiesto ideológico contrario a la propia idea de igualdad. Porque cuando realmente creemos que todos somos iguales, ¿por qué habríamos de relacionarnos con el otro de una manera distinta a como lo hacemos con los nuestros?

Un ejemplo aparentemente sencillo se encuentra en el uso de la palabra "hermano". No solemos emplearla con el vecino del quinto, pero sí recurrimos a ella con frecuencia para referirnos a personas en quienes percibimos una diferencia evidente de piel, acento, procedencia o frontera (distancias).

La intención puede ser afectuosa y sincera, pero también puede esconder una distancia que ni siquiera advertimos: al señalar constantemente aquello que nos diferencia, terminamos recordando que, en el fondo, no los percibimos como parte de nuestro mismo "nosotros".

Nos convencemos de que estos gestos nos hacen más cercanos, más solidarios o mejores personas, quizá porque nos permiten sentir empatía sin renunciar a la "distancia" que nos separa.

Pero ¿de dónde nace realmente esa condescendencia? ¿Por qué sentimos la necesidad de proteger, justificar o disculpar al otro en función de su origen? ¿Por qué no lo tratamos, sencillamente, como trataríamos a cualquier otra persona? Supongo que, en buena medida, la historia occidental de dominio sobre otros pueblos ha permitido alimentar entre muchos europeos una falsa idea de superioridad moral.

Esa misma posición ha llevado a algunos a viajar a África para fotografiarse con niños a cambio de dos barras de pan, en numerosos casos, como si la pobreza convirtiera automáticamente a esos menores en objetos sobre los que podemos proyectar nuestra compasión y donde claramente marcamos las diferencias.

Y, sin embargo, hacer exactamente lo mismo con 'nuestros' niños sería inimaginable: lo consideraríamos una vulneración de sus derechos, de su intimidad y de su dignidad. ¿Por qué entonces cambia nuestra percepción cuando la piel, el acento o la frontera son diferentes?

Empiezo a pensar que, si hoy los inmigrantes en situación irregular, con todos sus derechos humanos, pueden andar 'tranquilamente' por Ceuta, mientras determinadas normas parecen aplicarse de manera distinta según quién las incumpla, es simple y llanamente porque la ideología nos ha enseñado a verlos como diferentes. No como iguales.

Los hemos colocado en una categoría aparte: unas veces para compadecerlos, otras para justificarlos y otras para abandonarlos fuera de unas normas que, paradójicamente, sí exigimos a quienes consideramos nuestros iguales. Y esa es, precisamente, la mayor contradicción de todas: hablar de igualdad mientras tratamos que el otro siga siendo diferente para poder mantener nuestra autoridad moral.

Las ideologías lo invaden todo cada día más. Lejos de fomentar el libre pensamiento y de buscar la verdadera igualdad propia del siglo XXI, estamos rescatando viejos eslóganes que, lejos de aportar algo bueno, nos devuelven a debates que creíamos superados.

Sigo sin comprender por qué el ciudadano europeo tiene esa necesidad de aferrarse a una ideología por mero dogma de fe, en lugar de construir un discurso más profundo, objetivo y libre de sesgos.

La famosa 'dictadura del relativismo' que vaticinó Benedicto XVI parece estar haciendo mella, aunque lo haga de una forma todavía más hipócrita: hemos terminado creyendo que anteponer nuestro propio 'yo' y nuestros deseos superficiales es una muestra de libertad, cuando en realidad nos hemos entregado a las ideas de otros.

Hemos preferido vendernos a la ideología "bienpensante" de cumplir los sueños ajenos; así, todo sirve y todo se justifica en nombre de unas ideas huecas, alejadas de nuestra realidad e inconexas con nuestra propia vida.

Mientras en nuestro país hay personas excelentes que trabajan cada día por los más desfavorecidos, que los acompañan, los ayudan e incluso llegan a acogerlos en sus propias casas, otros se limitan a hacerlo "de boquilla", repitiendo consignas y aferrándose con convencimiento a una determinada ideología.

Y quizá esa sea la mayor contradicción: defender con vehemencia aquello que supuestamente nos importa, mientras en nuestra propia vida cotidiana no hacemos absolutamente nada por nadie. Porque es muy fácil luchar por los problemas del mundo desde el sofá, repetir eslóganes y sentirse moralmente superior; lo difícil es levantarse y hacer algo por la persona que tenemos delante.

Creemos que dar una mera limosna o pagar una sencilla suscripción nos da derecho a convertirnos en guardianes de la moral, cuando, en realidad, nuestro compromiso muchas veces se reduce a desprendernos de una mísera parte de aquello que nos sobra.

Durante mi época como estudiante de doctorado, visitaba en una residencia a ancianos que no recibían visitas, ya fuera porque no tenían familia o porque esta, sencillamente, los había olvidado. Fue durante aquella etapa cuando comprendí que, cuando estableces una relación con alguien, semana tras semana se va forjando un vínculo afectivo que termina siendo mucho más profundo de lo que uno imagina.

Un vínculo que se siente con especial intensidad cuando llega el final de su vida. Y quizá lo más duro fue descubrir que ese sentimiento, precisamente ese vínculo que llega incluso a doler, es algo que nadie quiere ni busca. Porque implica tiempo, compromiso, responsabilidad y, sobre todo, estar dispuesto a "pasarlo mal" cuando llegue el momento de despedirse.

Es mucho más fácil hacer una transferencia, pagar una suscripción o entregar una limosna y sentir que hemos cumplido con nuestra parte. Solos están hoy en Ceuta los inmigrantes irregulares que deambulan porque nadie los quiere verdaderamente.

Si los quisieran, serían tratados como el resto de ciudadanos: respondiendo ante la ley, no deambulando sin rumbo y recibiendo una solución rápida que demuestre que sus vidas realmente importan (ese es otro debate). Pero la ideología ha ido un paso más allá, hasta el punto de que quienes también son europeos parecen haber perdido, al menos parcialmente, sus propios derechos.

¿Por qué hacemos partícipes de esta situación a los ceutíes, coartando su estado de bienestar y sus libertades? ¿Tenemos realmente derecho a hacerlo?

Europa parece cada día más frustrada en su empeño por seguir siendo una especie de "madre" del mundo, mientras olvida que a las grandes potencias extranjeras poco les importa nuestra supuesta superioridad moral.

Y, en ese empeño, termina arrastrando a sus propios ciudadanos hacia políticas que, en muchos casos, generan nuevas desigualdades en lugar de facilitarles la vida. Queremos solucionar los problemas del mundo mientras dejamos de mirar a aquellos a los que representamos o verdaderamente nos importan como son nuestra familia, amigos y conocidos.

Yo sigo, y seguiré, siendo un firme defensor de Europa y de todo aquello que representa y que considero irrenunciable: la vida, la libertad, el respeto por nuestro entorno y, sobre todo, la igualdad de derechos y oportunidades.

Precisamente por eso me niego a aceptar una igualdad de conveniencia, una igualdad que dependa de quién tengamos delante o de qué ideología queramos defender. Porque si de verdad creemos en ella, la igualdad debe ser la misma para todos. Porque esta última, a mí, no me da igual.

*** Alberto García-Peñas es profesor titular de universidad en la Universidad Carlos III de Madrid.