Vista aérea del sistema de riego de pivote de riego agrícola.

Vista aérea del sistema de riego de pivote de riego agrícola. iStock

Historias

El regadío enfrenta el desafío de alimentar a un país más cálido y seco: "La tecnología no crea agua, pero permite gestionarla"

España afronta un contexto de temperaturas altas y precipitaicones desiguales, mientras la ONU sitúa el regadío entre las inversiones más necesarias.

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645 millones de personas padecieron hambre en 2025, según el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026 (SOFI) de Naciones Unidas.

Junto a ese mismo escenario, en España, junio de 2026 dejó otra cifra que afecta directamente a la capacidad de producir alimentos. Fue el segundo más cálido y el tercero más seco desde 1961, con una temperatura media 3,2 ºC superior al promedio de referencia y unas precipitaciones equivalentes al 39% de lo habitual.

El contraste dibuja uno de los grandes retos de la agricultura en los próximos años. Mientras el hambre mundial disminuye por tercer año consecutivo, la producción alimentaria sigue expuesta a fenómenos meteorológicos extremos capaces de reducir cosechas, alterar mercados y encarecer los alimentos.

El SOFI 2026 calcula además que 2.700 millones de personas no pueden permitirse una dieta saludable y reclama inversiones en infraestructuras agroalimentarias, entre ellas el regadío, para reforzar la resistencia de los sistemas alimentarios.

En España, la cuestión adquiere una dimensión propia. El agua disponible presenta una distribución desigual y las precipitaciones llegan con mayor irregularidad. Para María Cruz Díaz, presidenta del Instituto de la Ingeniería de España y de la Asociación Nacional de Ingenieros Agrónomos, el problema agrícola se resume en cómo se reparte esa lluvia.

Los periodos secos pueden prolongarse y las precipitaciones concentrarse en episodios intensos, una combinación poco favorable para cultivos que necesitan agua en momentos concretos de su desarrollo.

Esa variabilidad obliga a combinar gestión hídrica, elección de variedades, conservación del suelo y planificación para evitar que los cambios del clima se traduzcan directamente en oscilaciones de la producción.

Aspersor agrícola en un campo de trigo.

Aspersor agrícola en un campo de trigo. iStock

La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) registró en junio una precipitación media de 12,4 milímetros sobre la España peninsular. El dato supone apenas el 39% del valor normal para ese mes. En cuanto a temperatura, la media alcanzó 23,3 ºC. El día 23 las máximas llegaron a situarse alrededor de 9 ºC por encima de lo habitual y el 22 se alcanzaron 42,9 ºC en Lleida.

La agricultura española parte, sin embargo, de una experiencia acumulada en territorios donde la escasez de agua ya forma parte de la realidad productiva. De ahí que Díaz rechace plantear el futuro desde el catastrofismo y señale que España cuenta con agricultores profesionalizados, ingeniería, investigación y tecnología.

El objetivo, sin embargo, pasa por conseguir que una mayor variabilidad climática no implique una producción igualmente variable.

Un seguro frente a la irregularidad

En ese escenario, el regadío adquiere una función diferente a la tradicional. Su valor está ligado, según Díaz, a aportar estabilidad cuando la lluvia no garantiza el agua necesaria.

Los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) ayudan a medir el peso de esta actividad. En España, el 22,12% de la superficie cultivada corresponde a regadío, pero en ella se obtiene alrededor del 71% de la producción final agrícola, con un valor cercano a 26.000 millones de euros.

El Ministerio también señala que una hectárea de regadío puede producir seis veces más que una de secano. Razón de más por la que la cuestión que plantea el nuevo escenario climático sea cómo mantener esa capacidad productiva sin aumentar la presión sobre unos recursos hídricos limitados.

Para Díaz, la respuesta pasa por entender el regadío moderno como una herramienta de precisión. Y es que los sensores de humedad, las estaciones meteorológicas, la telemetría, las imágenes de satélite y los sistemas automatizados permiten conocer mejor el estado del suelo y del cultivo y ajustar el agua a las necesidades reales.

La presidenta del Instituto de la Ingeniería de España lo resume explicando que se trata de "poner el agua justa, en el sitio adecuado y cuando hace falta". Es decir, el cambio supone pasar de programar el riego siguiendo calendarios generales a tomar decisiones con información sobre la humedad, la temperatura, la evapotranspiración y la previsión meteorológica.

La inteligencia artificial puede añadir capacidad predictiva al sistema. Su utilidad está en cruzar grandes cantidades de información para anticipar necesidades, detectar señales de estrés hídrico o ajustar las dosis. Pero, en cualquier caso, Díaz advierte de que estas herramientas no sustituyen al agricultor, aunque sí le permiten tomar decisiones con más información.

El salto tecnológico tampoco puede limitarse a las parcelas. Y es que las redes de distribución, las balsas, los sistemas de regulación y el mantenimiento de las infraestructuras condicionan la eficiencia final.

Tractor fertilizando campo agrícola verde.

Tractor fertilizando campo agrícola verde. iStock

En ese sentido, España tiene en marcha un programa de modernización de regadíos que movilizará más de 2.400 millones de euros hasta 2027, con actuaciones relacionadas con redes presurizadas, digitalización, telecontrol, energías renovables y aguas no convencionales. El plan contempla actuaciones sobre unas 700.000 hectáreas y más de 200.000 regantes.

Díaz considera que el país está entrando en una segunda etapa de modernización. El objetivo ya no consiste únicamente en sustituir una acequia por una tubería o implantar sistemas de goteo. La nueva fase incorpora sensores, automatización, información, eficiencia energética y capacidad para gestionar el agua según la disponibilidad real de cada territorio.

Las diferencias entre zonas siguen siendo importantes. Algunas comunidades de regantes y explotaciones están en niveles tecnológicos muy elevados, mientras otras necesitan renovar redes, reducir pérdidas o incorporar sistemas de control. También existe una tarea menos visible, pero esencial, el mantenimiento de las infraestructuras ya construidas.

Murcia como laboratorio

La Región de Murcia concentra buena parte de las soluciones que Díaz considera relevantes. El 87% de su superficie de regadío utiliza sistemas de riego localizado, frente a una media nacional del 57% según los datos publicados por la Administración regional.

La región también ha convertido la reutilización en uno de sus principales recursos. La Administración murciana sitúa en el 98% la proporción de aguas urbanas depuradas que se reutilizan, una cifra muy superior a las medias nacional y europea.

El Ministerio de Agricultura señala, en cambio, que a escala estatal las aguas regeneradas representan alrededor del 1,6% del agua utilizada en agricultura y permiten irrigar más de 57.000 hectáreas, lo que evidencia el amplio margen de crecimiento de este recurso en España.

Para Díaz, Murcia demuestra que la escasez puede impulsar soluciones tecnológicas y organizativas. Pues, pese a que la región no dispone de abundancia hídrica, ha desarrollado herramientas para obtener mayor rendimiento de los recursos disponibles mediante riego localizado, reutilización y sistemas avanzados de gestión.

El límite, sin embargo, sigue siendo físico. "La tecnología no crea agua", advierte Díaz. Una explotación puede reducir sus consumos, pero la disponibilidad de una cuenca depende de las entradas de agua, los acuíferos, las necesidades ambientales, la capacidad de almacenamiento y el coste de obtener recursos alternativos.

Esa distinción resulta clave para medir la verdadera eficiencia. Y es que ahorrar agua en una parcela no significa automáticamente que el mismo volumen quede disponible en la cuenca. Los retornos, las recargas y el conjunto del balance hidrológico deben incorporarse a la evaluación.

Para Díaz, cuanto mayor es la tecnificación, mayor importancia adquiere una gestión del agua realizada a escala de sistema.

Infraestructuras para el extremo

El diseño de las infraestructuras también tendrá que cambiar. Díaz plantea que ya no resulta suficiente proyectarlas a partir de medias climáticas.

Si aumentan los periodos secos y los episodios de lluvia intensa, las redes deberán ofrecer mayor flexibilidad, capacidad de regulación y almacenamiento cuando sea viable, además de sistemas de control que permitan combinar distintas fuentes de agua.

La gestión de los episodios de lluvia será parte de esa adaptación. Una precipitación torrencial no puede almacenarse por completo ni conviene intentar hacerlo en todos los territorios, pero sí existen posibilidades de mejorar la regulación, la recarga, el almacenamiento y la reutilización.

El objetivo es aprovechar mejor el agua cuando está disponible sin ignorar las limitaciones ambientales y físicas de cada cuenca.

Aspersor rociando agua húmeda fresca en un campo verde.

Aspersor rociando agua húmeda fresca en un campo verde. iStock

El Ministerio de Agricultura está incorporando las aguas regeneradas a esta estrategia. En junio de 2026 señaló que el agua regenerada supone alrededor del 1,6% del agua utilizada en la agricultura española y que había más de 57.000 hectáreas irrigadas con este recurso.

El plan estatal contempla más de 216 millones de euros para 19 actuaciones vinculadas a aguas no convencionales, que beneficiarán a más de 52.000 hectáreas y cerca de 33.000 agricultores.

La energía constituye otro de los elementos del nuevo regadío. El bombeo representa un coste relevante para las explotaciones y las comunidades de regantes, por lo que la incorporación de energías renovables y equipos más eficientes puede reducir tanto el gasto como la dependencia energética.

Para Díaz, agua y energía deben gestionarse de manera conjunta si se quiere elevar el rendimiento de cada recurso empleado para producir alimentos.

La adaptación tampoco puede reducirse al agua. Los cultivos tendrán que responder mediante variedades mejor adaptadas, cambios en los calendarios, conservación del suelo y técnicas capaces de reducir la evaporación.

Los cultivos de secano quedan especialmente expuestos cuando una fase crítica coincide con un periodo sin precipitaciones, mientras que los cultivos leñosos plantean un reto añadido porque permanecen durante años en el mismo terreno.

Por eso Díaz evita establecer un ranking cerrado de cultivos más vulnerables. La exposición depende del territorio, el suelo, la variedad y el momento en que se produce el episodio extremo.

El regadío de apoyo puede aumentar la capacidad de reacción en muchos casos, pero forma parte de un conjunto de medidas que también incluye genética, manejo del suelo y planificación.

De España al mundo

La dimensión del problema trasciende las fronteras españolas. El SOFI 2026 confirma que el hambre mundial descendió por tercer año consecutivo y estima que 645 millones de personas padecieron hambre en 2025, casi 14 millones menos que en 2024 y 43 millones menos que en 2022.

Sin embargo, el informe advierte de que el avance sigue siendo frágil y que cerca de un tercio de la población mundial no puede permitirse una dieta saludable.

El documento relaciona el precio de los alimentos con problemas que se acumulan a lo largo de toda la cadena. El almacenamiento, el transporte, la energía, las carreteras y las cadenas de frío influyen en el coste final.

Entre las inversiones que Naciones Unidas considera necesarias para reforzar la resistencia de los sistemas alimentarios aparece el regadío junto a los sistemas de almacenamiento, las cadenas de frío, el transporte y las herramientas de alerta temprana.

Ingeniero agrónomo de pie en el campo de trigo debajo del sistema de riego.

Ingeniero agrónomo de pie en el campo de trigo debajo del sistema de riego. iStock

Para Díaz, esa conexión convierte la gestión del agua agrícola en una cuestión económica y estratégica.

Una sequía que reduzca la producción de una gran región agrícola puede disminuir la oferta y trasladar tensión a los mercados. Si varios territorios productores sufren episodios extremos al mismo tiempo, el efecto puede alcanzar a los precios y al abastecimiento.

La respuesta española, según la presidenta del Instituto de la Ingeniería de España, pasa por reducir vulnerabilidades. Y es que mantener una producción propia sólida permite afrontar con mayor capacidad las alteraciones de los mercados internacionales y los episodios climáticos que afecten simultáneamente a varios países.

El concepto central pasa así de la cantidad de agua disponible a la productividad del agua. "Tenemos que preguntarnos no solo cuánta agua empleamos, sino cuánto alimento obtenemos con cada metro cúbico", sostiene Díaz. El objetivo consiste en elevar la producción y el valor generado sin que el consumo de agua crezca en la misma proporción.

España parte de una posición favorable para afrontar ese cambio. La modernización del regadío, la investigación, la ingeniería y la experiencia acumulada en territorios con escasez han permitido desarrollar soluciones que ya despiertan interés internacional.

Antes de que llegue la crisis

La extensión de estas soluciones exige una actuación sostenida de las administraciones. Díaz reclama inversiones estables en infraestructuras y mantenimiento, apoyo a la digitalización, investigación, formación y transferencia tecnológica.

También considera necesario facilitar el uso de aguas regeneradas cuando las condiciones técnicas y sanitarias lo permitan y promover las energías renovables vinculadas al regadío.

La planificación debe incorporar las condiciones de cada territorio. Según Díaz se trata de proporcionar información, infraestructuras, seguridad jurídica e incentivos que permitan tomar decisiones viables desde el punto de vista técnico y económico.

El factor temporal resulta determinante. Las infraestructuras hidráulicas requieren años de planificación y ejecución, mientras que las sequías, las olas de calor o las lluvias torrenciales pueden llegar en cuestión de días. "A la ingeniería no hay que llamarla solo cuando el problema ya se ha producido", sostiene la presidenta del Instituto de la Ingeniería de España.

El riesgo de retrasar esa adaptación tiene una traducción concreta. Una agricultura más expuesta puede registrar campañas más variables, aumentar su dependencia exterior y quedar más condicionada por las oscilaciones de los mercados internacionales.

En el ámbito doméstico, eso puede afectar a la disponibilidad y al precio de determinados alimentos cuando los problemas climáticos coincidan con dificultades productivas en otros países.

La respuesta, sin embargo, no parte de cero. España dispone de agricultores profesionalizados, centros de investigación, universidades, empresas tecnológicas, comunidades de regantes y sistemas de riego que ya incorporan herramientas avanzadas.

El desafío está en extender las soluciones que funcionan, mejorar las infraestructuras que todavía presentan carencias y adaptar la producción a la disponibilidad real de cada territorio.