Unos niños buscan suministros durante un día de lluvia en Jan Yunis, Gaza.

Unos niños buscan suministros durante un día de lluvia en Jan Yunis, Gaza. Ramadan Abed Reuters

Historias

Hasta 150 millones de menores sobreviven a las violencias de la calle alrededor del mundo: "Creen que se merecen esa vida"

Pobreza, migraciones, violencia y falta de protección se aúnan para encaminar a la infancia a un escenario de abusos, explotación sexual, drogas y mafias.

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Más de 100 millones de niños, niñas y adolescentes viven hoy en las calles de todo el mundo, aunque algunas estimaciones elevan la cifra hasta los 150 millones.

No existe un censo oficial capaz de determinar cuántos son exactamente, pero las organizaciones internacionales y las entidades de protección a la infancia comparten que se trata de una de las formas más extremas de exclusión infantil del planeta.

La magnitud del fenómeno resulta difícil de medir precisamente porque muchos de estos menores "no existen" administrativamente.

Blanca Carazo, responsable de Programas Internacionales de UNICEF España, explica que numerosos niños en situación de calle nunca fueron registrados al nacer, no están escolarizados y permanecen fuera de cualquier sistema oficial de datos.

"Habitualmente prefieren pasar desapercibidos y mantener un perfil bajo por miedo a la discriminación y a las represalias de las fuerzas del orden", señala.

Como consecuencia de esta invisibilidad, los menores quedan fuera de las políticas públicas, de los sistemas sanitarios, de la educación y de los mecanismos de protección. Pues, sin identidad legal, sin hogar y sin adultos de referencia, sobreviven en un limbo donde la violencia y la explotación forman parte de la rutina diaria.

La realidad adquiere nombres concretos en los testimonios recogidos por Misiones Salesianas. André duerme en coches abandonados en República Democrática del Congo. Y Matu, de 11 años, vive en el mercado de Gikomba, en Nairobi, con un bote de pegamento como única vía para soportar el hambre.

Por su parte, Ibrahim sobrevive en el puerto de Freetown; Raúl, entre basureros de Lima; y Jaidev, en una estación de trenes en Bangalore. Y así, de un modo u otro, la calle termina por robarles la infancia, tal y como resume Ana Muñoz, portavoz de Misiones Salesianas. "Son niños y niñas que dejan de serlo".

Niños recogiendo agua en la Franja de Gaza. Mohammed Salem Reuters

Niños recogiendo agua en la Franja de Gaza. Mohammed Salem Reuters

Las causas que empujan a que un menor termine viviendo en la calle son múltiples y casi siempre acumulativas.

La pobreza sigue siendo el principal detonante, pero rara vez actúa solo. La destrucción familiar, la violencia intrafamiliar, los abusos, los conflictos armados, las migraciones forzadas o la ausencia de oportunidades terminan empujándolos fuera de sus hogares.

Sin embargo, Jennifer Zuppiroli, especialista de incidencia política en migraciones de Save the Children, advierte de que la infancia "no desarrolla señales", simplemente "el sistema la empuja a acabar en la calle cuando no cuenta con una estructura familiar que la proteja".

La experta apunta además al colapso progresivo de muchos sistemas de protección y alerta sobre la cronificación de estas situaciones si no se fuerzan las medidas preventivas.

Espacio de supervivencia extrema

La vida en la calle transforma por completo el desarrollo físico, emocional y psicológico de un menor, dado que dormir a la intemperie, alimentarse de manera irregular y vivir bajo amenaza permanente deja secuelas profundas.

"Supone estar alerta constantemente, lo que puede provocar niveles máximos de estrés y ansiedad", explica Zuppiroli.

La cuestión es que los menores expuestos durante años a contextos de supervivencia desarrollan dinámicas marcadas por la violencia, la desconfianza y la ausencia total de estabilidad.

Por ese motivo, Ana Muñoz relata que muchos niños "no han sentido afecto, no tienen rutinas ni saben de horarios, y se relacionan a través de la violencia". De ahí que el proceso de recuperación implique entonces "desaprender" todo aquello que la calle les obligó a normalizar.

A las heridas psicológicas se suman las físicas: enfermedades infecciosas, lesiones, malnutrición, adicciones y agresiones constantes.

UNICEF alerta además del riesgo elevado de explotación sexual, trata, reclutamiento por grupos armados y abuso de sustancias. "Se trata de una situación que amenaza todos los ámbitos del desarrollo y que a menudo implica riesgos para su supervivencia", sostiene Blanca Carazo.

El impacto educativo es igualmente devastador. La mayoría abandona la escuela o, directamente, jamás llega a acceder a ella. Esa exclusión limita de forma radical las posibilidades futuras de empleo, integración social y autonomía.

De hecho, para las organizaciones que trabajan sobre el terreno, la enseñanza aparece de forma reiterada como la principal herramienta para romper el ciclo de la calle.

"Nuestra receta es la educación", resume Ana Muñoz. "Sabemos que si permanecen en la escuela su vida será diferente".

Por esa razón, los programas de reintegración impulsados por organizaciones sociales suelen comenzar cubriendo necesidades básicas —comida, higiene, refugio o atención médica— para posteriormente introducir acompañamiento psicológico y formación educativa o profesional.

En muchos casos, el proceso resulta largo y lleno de recaídas. "No siempre llevan un proceso lineal [...] vuelven a la calle o no lo consiguen", reconoce Muñoz.

Sin embargo, también existen historias de recuperación completa. Es decir, menores que terminan estudios universitarios, trabajan en empresas o incluso se convierten en profesores, actores o deportistas reconocidos, tal y como asegura la portavoz de Misiones Salesianas.

La violencia sexual

Dentro de la infancia en situación de calle existe una realidad todavía más oculta, y esta es la de las niñas migrantes no acompañadas.

Según Sucely Donis, especialista multinacional en violencia sexual y de género de Plan Internacional, son ellas quienes enfrentan una vulnerabilidad "desproporcionada" debido a la combinación de género, edad, pobreza, movilidad humana e irregularidad migratoria.

"Muchas son captadas por redes criminales transnacionales que instrumentalizan las condiciones de necesidad y desprotección para ejercer control, explotación y violencia continuada", advierte Donis.

La experta identifica riesgos permanentes de trata, explotación sexual comercial, coerción sexual o relaciones de supervivencia en las que comida, alojamiento o protección dependen de intercambios desiguales.

A diferencia de los niños, cuya presencia suele ser más visible en la mendicidad o los trabajos informales, las menores permanecen ocultas en redes de explotación doméstica o sexual; y esa invisibilidad es la que dificulta enormemente la intervención institucional y la creación de políticas específicas de protección.

Un grupo de niñas sirias en el campo de refugiados de Al Qaa en Líbano.

Un grupo de niñas sirias en el campo de refugiados de Al Qaa en Líbano. Ximena Borrazas ACNUR

"No hay suficientes datos oficiales sobre esas niñas en contextos de movilidad humana y situaciones de calle", explica Donis. "Lo que no se ven y no se registra difícilmente se prioriza en las políticas públicas". De ahí que los especialistas insistan en la necesidad de crear sistemas de protección "flexibles, inclusivos y con enfoque de derechos humanos".

La violencia sexual atraviesa toda la experiencia migratoria de estas menores, desde el trayecto hasta los lugares de tránsito o destino. De hecho, en muchos casos, los espacios seguros creados por organizaciones humanitarias representan el único punto de contacto real con sistemas de protección.

Plan Internacional subraya además la importancia de los programas de salud mental y apoyo psicosocial para reconstruir vínculos protectores y evitar nuevas formas de violencia. Razón por la que la reunificación familiar, cuando existen antecedentes de abusos o negligencia, se convierte en uno de los desafíos más complejos.

Crisis incrementada

El fenómeno de los menores en situación de calle se concentra especialmente en regiones del Sur Global afectadas por urbanización acelerada, desigualdad y pobreza estructural.

África, Asia y América Latina aparecen como los territorios donde la problemática resulta más visible, aunque las organizaciones advierten de que ningún país está completamente al margen.

España tampoco escapa de las dinámicas de vulnerabilidad infantil. Según la Plataforma de Infancia, el el 32,2% de los niños y adolescentes españoles se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social. Además, uno de cada cinco vive en situación de hacinamiento en sus hogares.

La entidad alerta de la estrecha relación entre pobreza infantil y vivienda. Pues, más de la mitad viven en hogares con dificultades para llegar a fin de mes y el 16,1% sufre pobreza energética.

De ahí que Ricardo Ibarra, director de la Plataforma de Infancia, reclame "políticas públicas que aborden los diversos problemas asociados a la vivienda que enfrenta la infancia más vulnerable".

Las organizaciones coinciden en que la crisis podría agravarse en los próximos años, dado que los conflictos armados, el desplazamiento forzado, el incremento de la desigualdad y la emergencia climática están intensificando muchas de las causas estructurales que empujan a los menores hacia la calle.

UNICEF advierte además de que los recortes en ayuda internacional amenazan con frenar avances logrados durante años de protección infantil. "Es fundamental mantener y ampliar programas que protejan a la infancia", sostiene Blanca Carazo.

Mientras tanto, en mercados, puertos, basureros o estaciones de tren de todo el mundo, millones de niños siguen sobreviviendo al margen de cualquier red de seguridad.

Algunos inhalan pegamento para soportar el hambre. Otros duermen bajo puentes, entre residuos o dentro de coches abandonados. Pero todos comparten la ausencia de una infancia protegida.