Niños recogiendo agua en la Franja de Gaza.

Niños recogiendo agua en la Franja de Gaza. Mohammed Salem REUTERS

Historias

640.000 menores sin acceso a la educación en una Gaza 'aniquilada': "Se examinan en la playa porque ya no hay aulas"

La destrucción del 90% de las escuelas, el desplazamiento masivo y el trauma psicológico dibujan una generación atrapada en la guerra.

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Allá por 1921, el publicista estadounidense Fred R. Barnard decía que "una imagen vale más que mil palabras" en la revista Printers' Ink para destacar el valor de los anuncios visuales en tranvías.

Barnard argumentaba que una ilustración impactaba más rápido que el texto. Un siglo después, ha vuelto a suceder. Pero esta vez el foco se localiza en Gaza, donde decenas de jóvenes se han visto en la obligación de trasladar sus pupitres a las playas del Mediterráneo mientras el mar golpea suavemente la orilla.

No es una escena simbólica, ni reivindicativa. Mucho menos un gesto artístico. Es Gaza. Es 2026. Y es, sobre todo, la evidencia de un sistema educativo que ha colapsado por completo.

"Las escuelas y universidades han sido arrasadas o han dejado de existir como espacios educativos. Por eso los estudiantes se examinan en la playa: porque ya no hay aulas, no hay edificios, no hay sistema", explica la corresponsal española y premio Maga de Magas a la mejor reportera Almudena Ariza.

Con experiencia sobre el terreno en Oriente Medio, aunque actualmente encargada de la cobertura de Latinoamérica, la periodista tiene claro el diagnóstico de la Franja: "Lo que estamos viviendo es un genocidio. No es solo una guerra ni una ofensiva militar: es la destrucción sistémica de un pueblo y de sus condiciones de vida".

Y es que esa escena, la de los estudiantes examinándose frente al mar, condensa una realidad de enorme magnitud. Gaza, en resumidas cuentas, vive un "colapso institucional absoluto" en el que la formación académica, uno de los bastiones de la sociedad, ha sido prácticamente erradicada.

Los datos son claros. Según cifras de Naciones Unidas y organizaciones humanitarias, cerca de 640.000 niños y niñas en edad escolar no tienen acceso sostenido a una educación formal y presencial.

El 93% de las escuelas están dañadas o destruidas, y en algunos análisis más detallados, como los realizados por el Grupo Temático de Educación de los Territorios Ocupados (oPt) de julio de 2025, el nivel de devastación es aún más extremo.

El 97% de los edificios escolares han sufrido daños, el 76,6% ha sido alcanzado directamente y el 91,8% requiere una reconstrucción total o una rehabilitación mayor.

"La magnitud de la destrucción de las infraestructuras educativas de Gaza no tiene precedentes", resume Jonathan Fowler, portavoz de la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo).

La consecuencia directa es evidente, pues, como indica Fowler, "ha impedido la realización de exámenes presenciales y la impartición de planes de estudios estructurados en el sentido convencional".

Cerca de 290.000 estudiantes han visto interrumpida su educación formal presencial, mientras que las alternativas apenas logran sostener un mínimo de continuidad.

La enseñanza a distancia alcanza al 92% de los alumnos registrados en la UNRWA, pero depende de condiciones casi inexistentes; como una electricidad intermitente, una conexión débil o una grave escasez de dispositivos. Solo 68.000 niños acceden a espacios de aprendizaje temporales, una cifra muy inferior a la posibilidad real.

"El enfoque actual es adaptativo y no se centra en reproducir la escolarización convencional en estas condiciones, sino en mantener el aprendizaje y la protección hasta que las condiciones permitan una restauración más segura y amplia de la educación formal", admite Fowler.

Una generación sin esperanza

El colapso educativo no puede entenderse sin el contexto general. Más del 90% de la población de Gaza ha sido desplazada internamente, y la infancia constituye una parte central de ese éxodo forzado.

Según datos de Aldeas Infantiles SOS, el 77% de la población —1,6 millones de personas— enfrenta niveles críticos de inseguridad alimentaria, mientras que 246.000 niños sufren desnutrición aguda en 2026.

La formación escolar, en este escenario, ha dejado de ser una prioridad operativa para convertirse en un lujo imposible. "Las fuertes necesidades humanitarias hacen que la respuesta tenga que combinar protección, educación y acceso a alimentación y servicios básicos", advierten desde la organización de atención directa a la infancia.

Las cifras de UNICEF refuerzan la gravedad de la cuestión. Pues, cerca de 700.000 niños suman ya dos cursos sin acceso sostenido a la enseñanza, en un marco donde solo el 48% de los servicios de salud funciona parcialmente. Pero el impacto va más allá de la pérdida académica.

"La ausencia de un entorno educativo estable no significa solo dejar de aprender contenido: significa crecer sin rutina, sin juego compartido, sin espacios seguros y sin la interacción cotidiana con otros niños y adultos que sostiene el desarrollo", explica Mónica Revilla, directora de comunicación de Aldeas Infantiles SOS.

Este vacío se traduce en consecuencias de largo alcance. En la primera infancia, especialmente en los primeros 1.000 días de vida, el desarrollo cerebral depende en gran medida de la estabilidad, la interacción social y la seguridad. Sin embargo, en Gaza, esos pilares han desaparecido.

"El riesgo no es solo académico; es también cognitivo, emocional y social", advierte Revilla. Los síntomas son manifiestos y generalizados: "Miedo constante, ansiedad, episodios de pánico, tristeza profunda, pérdida de interés por el juego y las actividades diarias, aislamiento social, irritabilidad y agresividad".

En los más pequeños, incluso, se presenta con signos aún más evidentes: "Pesadillas, alteraciones del sueño, enuresis (es decir, la emisión involuntaria y repetida de orina durante el sueño en niños mayores de 5 años), llanto persistente, apego excesivo a sus cuidadores o silencio extremo".

Algunos niños, describe Revilla, "ni siquiera se atreven a terminar la comida del plato", una señal directa de "trauma, miedo y privación prolongada".

Unos niños lloran por la muerte de varios palestinos en un ataque israelí en el sur de Gaza. Mohammed Salem Reuters

Unos niños lloran por la muerte de varios palestinos en un ataque israelí en el sur de Gaza. Mohammed Salem Reuters

Según una publicación realizada por Amnistía Internacional, diversos estudios y organismos internacionales aseguran que alrededor de la mitad de los menores en Gaza presentan síntomas compatibles con trastorno de estrés postraumático, ansiedad o depresión.

En los casos más extremos, se han documentado fenómenos como la pérdida del habla, un mecanismo de defensa frente a la violencia constante.

Crisis sin precedentes

Aunque los conflictos armados suelen llevar implícita la interrupción de la educación, el caso de Gaza presenta características excepcionales. O, por lo menos, así lo describen los expertos.

"He visto conflictos donde la educación se interrumpe, donde los niños estudian en condiciones precarias. Pero aquí es distinto: aquí el sistema ha sido borrado", afirma Almudena Ariza. "No es una pausa, no es una crisis temporal. Es una aniquilación. No hay espacios seguros, no hay red, no hay alternativa".

Desde la UNRWA, coinciden en ese diagnóstico. Fowler subraya que, incluso en comparación con otras crisis prolongadas como Siria o Líbano, Gaza representa "una crisis educativa excepcionalmente grave", debido a la combinación de factores como la destrucción generalizada, los repetidos desplazamientos masivos, la escasez de recursos esenciales o la ausencia de espacios seguros.

Por su parte, Jesús Sevilla, técnico expatriado de Entreculturas en Líbano, identifica paralelismos como la "continua exposición a niveles altos de violencia, asesinatos a población civil, además de lesiones físicas, sinhogarismo, pérdida del hogar y bienes materiales, unido a la interrupción de la educación y lo que conlleva de cara al futuro laboral, aprendizajes y desarrollo emocional e intelectual".

Sin embargo, advierte que la intensidad y simultaneidad de esos factores en Gaza sitúan la situación en un nivel crítico. Pese a todo, la educación no ha desaparecido completamente. Ha mutado. Se ha fragmentado. Y sobrevive en condiciones extremas.

Los espacios temporales, las clases online, los materiales impresos o el apoyo psicosocial integrado en actividades educativas se han convertido en soluciones de emergencia que buscan evitar la pérdida total de una generación.

Desde Aldeas Infantiles SOS, por ejemplo, más de 2.200 niños han accedido a educación en espacios temporales, mientras que casi 35.000 han recibido apoyo psicosocial desde el inicio del conflicto.

Pero incluso estas iniciativas están limitadas por factores estructurales como los desplazamientos constantes, la inseguridad, la falta de recursos o la imposibilidad de garantizar continuidad.

"Los mayores obstáculos son la incertidumbre y el ataque a la población civil, que hacen difícil visualizar un escenario de seguridad", explica Sevilla.

Futuro incierto

Las consecuencias a medio y largo plazo son profundas. Incluso si las escuelas reabren, el daño acumulado no desaparecerá.

"El riesgo es muy real", advierte Revilla. "Cuando un niño vive traumas repetidos durante tanto tiempo, la recuperación es más lenta y exige apoyo continuado".

Las secuelas, explica, pueden traducirse en dificultades de aprendizaje, problemas emocionales, baja autoestima, incapacidad para relacionarse y una pérdida generalizada de oportunidades.

A nivel estructural, la interrupción educativa perpetúa ciclos de pobreza y dependencia. A nivel humano, deja cicatrices invisibles. Por ese motivo, la escena de los estudiantes examinándose en la playa no es únicamente una anomalía. Es un símbolo.

Niños palestinos juegan junto a los escombros en Gaza.

Niños palestinos juegan junto a los escombros en Gaza. Mahmoud Issa Reuters

"La imagen es devastadora porque lo resume todo: genocidio, destrucción, muerte... y, aun así, una generación que intenta seguir adelante", reflexiona Almudena Ariza. Pero también es una llamada de atención. "Es una escena que nos tendría que obligar a reaccionar", añade.

Por ahora, esa reacción no llega con la intensidad necesaria. Mientras tanto, en Gaza miles de niños siguen escribiendo en un pupitre sobre la arena, aferrándose a una educación que ya no existe, pero que aún resiste en su voluntad de aprender.

"El escenario más realista es seguir recurriendo a modalidades alternativas, combinando el aprendizaje a distancia con la educación no formal, al tiempo que se prepara un regreso gradual a una enseñanza más estructurada siempre que sea posible", concluye Fowler.