Rogelio Núñez
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Un contexto internacional propicio y un capital humano e institucional adecuados para canalizar las demandas sociales son los dos pilares donde una democracia puede sostenerse y prosperar. Sin embargo, en la actual coyuntura, los vientos internacionales no contribuyen a la expansión de estos sistemas políticos, ni en Latinoamérica ni en el mundo.

Lo ponen en evidencia hechos, como la consolidación como potencia de China, una dictadura de partido único; el expansionismo autoritario de la Rusia de Putin o el avance de las ultraderechas.

Mucho más grave es que la nación que fue un modelo democrático (los EEUU de Trump) no abandere esa propuesta (en Venezuela, por ejemplo), sino que se incline por un neoimperialismo intervencionista en el que la democracia no es una prioridad.

Como recuerda Ricardo Hausmann (2026): "[Trump] habla como si las vastas reservas petroleras de Venezuela hicieran innecesaria la democracia... Es un engaño, incluso en sus propios términos. Los mayores éxitos de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial no se debieron a la extracción de recursos de Europa o Japón, sino a la provisión de bienes públicos: seguridad, reconstrucción institucional y un orden basado en normas que permitiera la prosperidad de las sociedades. La estrategia generó enormes beneficios para los beneficiarios, y para el propio Estados Unidos".

Igualmente, Carlota García Encina y Carlos Malamud (2026) recuerdan que la intervención de Washington no parece tener como fin último la democratización del país, ya que "para la Administración Trump, la transición es básicamente el desembarco de un nuevo gobierno tras un cambio de régimen, pero no sentar las bases de una verdadera reconstrucción del país en torno a unas sólidas instituciones democráticas tras 25 años de dictadura chavista".

Democracias ineficientes

Además de un contexto internacional favorable, la institucionalidad democrática tiene ante sí un doble reto para no perder el apoyo social: la necesidad de apostar por la infraestructura institucional, así como en la calidad tanto de los representantes políticos como en la formación de la ciudadanía.

Es el desafío para solucionar el problema de raíz de las democracias latinoamericanas y mundiales: el no ser eficientes para dar respuesta a las demandas sociales. El intelectual chileno José Joaquín Brunner (2025) advierte que "la democracia no puede con la velocidad del capitalismo actual. Se trata del problema clave del siglo XXI: cómo se compatibiliza una superestructura institucional democrática con una revolución industrial".

Ese talón de Aquiles de las democracias actuales lo señala también Luis Pásara (2025) cuando dice que "incluso en los ejemplos degenerativos de perversión, el origen no ha estado en 'democracias fatigadas', sino en democracias fracasadas que no ofrecen resultados positivos para la vida de sus ciudadanos. De ahí que, junto con la insatisfacción, las encuestas detecten la pérdida de fe democrática entre los ciudadanos".

Igualmente, Melissa Ayala (2025) apunta que "no basta con que haya elecciones, tribunales o leyes en vigor. Una democracia funciona cuando sus instituciones resuelven conflictos de manera apegada al derecho".

Un problema que es de vieja data. "En el XIX —afirma Alberto Vergara (2025)— esto se debía principalmente a la inexistencia del Estado; en el siglo XXI lo tenemos más por la atrofia segmentada del Estado. Me explico: hoy el Estado no es materialmente inexistente en las periferias del país y, sin embargo, fracasa en imponer la ley".

La polarización

Esa ineficiencia de las democracias alimenta la desafección ciudadana e incentiva una polarización por donde penetran las propuestas iliberales.

Además, esta tiene unas características diferentes a las tradicionales. Marcela Ríos Tobar, directora regional para América Latina y el Caribe del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional) (2025), sostiene que "lo que vemos en las sociedades más que polarización estrictamente ideológica, entendido en términos tradicionales, es que hay un fuerte descontento con la política".

"La población puede votar por la izquierda y después por la derecha, porque tiene una insatisfacción respecto de los resultados de la democracia (...) en términos de las desigualdades económicas, de las condiciones de vida, de la salud, de la educación, de las pensiones y también por los temas de corrupción", añade (Astorga, 2026).

Además, es una polarización potenciada por las nuevas tecnologías. Para Manuel Alcántara (2025), se debe al "exacerbado uso de las emociones, siempre presentes en la liza pública, pero hoy soliviantadas por un nuevo tipo de comunicación más directa, inmediata, masiva y universal".

Ilustración creada por la OEI.

Ilustración creada por la OEI. OEI

Se trata de un problema que hiere los pilares de la convivencia y, por lo tanto, de la democracia. Wilson Gomes (2025) cree que se está produciendo "la erosión del pluralismo. Tanto en la derecha como en la izquierda, existe una creciente dificultad para aceptar la disidencia como un elemento legítimo de la democracia".

Una polarización calificada como tóxica porque destruye lazos y vínculos sociales y hasta familiares. Patricio Navia (2025) señala que existe un problema de convivencia democrática por "la falta de amistad cívica que hoy existe en el país, es un problema mucho más grande e inmediato que la desigualdad, que tanto preocupa a la izquierda, o la permisología, que tanto molesta a la derecha".

"Sin amistad cívica, Chile difícilmente podrá retomar el sendero del desarrollo sostenido, la inclusión y la economía y la paz social. Nadie pide que todos pensemos lo mismo. La enemistad que existe entre adversarios políticos rápidamente se torna en violencia verbal y gruesas descalificaciones. La tarea de un político es ponerse de acuerdo con otros políticos que piensan distinto para encontrar puntos de encuentro que permitan llevar al país a un mejor lugar", continúa.

Invertir en ciudadanía y en política

La ineficacia de las democracias y el desafío de las propuestas iliberales, alimentadas en la polarización, exige mejorar la institucionalidad liberal-democrática. Requiere de un doble trabajo: invertir en capital humano (formar mejores profesionales —políticos— y elevar la formación cultural e intelectual de la ciudadanía) y dotar de mayores herramientas a las instituciones democráticas y a su brazo ejecutor, las administraciones.

A las actuales democracias les faltan dirigentes con altura de estadistas. Julio María Sanguinetti (expresidente de Uruguay) (2025) subraya que "en el medio de esas tensiones está la política. La han ejercido grandes, como Franklin Delano Roosevelt… No se ve en la escena personajes de ese calibre".

Manuel Alcántara (2025) confirma esa falta de "cerebros", ya que "en la política contemporánea, la calidad individual de quienes ejercen la presidencia parece pesar cada vez menos, desplazada por el poder creciente de asesores que moldean el rumbo de los gobiernos".

Una falta de líderes que está vinculada a la existencia de unas élites que, en general, carecen de un proyecto de país y han tenido históricamente un carácter extractivista, amparados en una débil y corrupta institucionalidad. El caso más evidente es el de Haití.

Reginald Surin apunta que "la palabra 'élites' actúa como una distracción nacional, una catarsis conveniente que evita cuestionar el propio marco institucional. Se culpa a familias, clanes e individuos, pero se olvida que no es su origen, ni su riqueza, ni su personalidad lo que determina su comportamiento. Es la arquitectura de incentivos que los precede, los moldea, los selecciona y, sobre todo, los recompensa… Haití necesita ingeniería institucional".

Los liderazgos y las élites son importantes. Y lo son también las instituciones desde las que poder construir políticas de largo plazo. Como apunta Melissa Ayala (2025), "la democracia no funciona por inercia. Requiere instituciones conscientes de su papel, actores políticos dispuestos a aceptar límites y una ciudadanía que no renuncie a exigir razones".

Finalmente, los líderes, las élites y las instituciones necesitan de un cuerpo social que los acompañe. La cultura política de una sociedad puede ser el basamento de una democracia o, por el contrario, provocar su progresivo deterioro.

Fernando Luiz Abrucio (2026) sostiene que "la lucha contra el monstruo patrimonialista continúa porque nuestro ADN político y social está fuertemente marcado por la defensa de la desigualdad de derechos. Toda esta agenda de reforma institucional depende del apoyo de la sociedad. El Estado no es el único villano en esta historia, todo lo contrario".

En esa misma línea, Luciano Román (2025) concluye que "la impaciencia social también es una marca de estos tiempos, y la dirigencia en general debe lidiar con ella. En ese contexto, hay, como siempre, un desafío para la política, pero también para la sociedad".

Democracia con déficits pero resiliente

La democracia, que sin duda necesita reformas y capacidad para adaptarse a los nuevos tiempos, es más resiliente de lo que en ocasiones se percibe. La institucionalidad y la cultura democrática son dos escudos frente a la amenaza iliberal. Una institucionalidad democrática que puede acabar aggiornando a esas alternativas.

Sergio Berensztein (2025) recuerda que "en otros contextos (la Argentina antes de 1983, muchos países de Europa continental en el período de entreguerras o incluso después, como en Portugal), esta suma de variables terminaba en una interrupción del orden constitucional y en el surgimiento de gobiernos 'de excepción' o autoritarios. O incluso en autoproclamadas 'revoluciones'. Ahora se procesan estos cambios, tensiones y demandas insatisfechas dentro del juego democrático".