El miedo a decepcionar y a ser rechazado no es una debilidad: una herida aprendida desde la infancia.

El miedo a decepcionar y a ser rechazado no es una debilidad: una herida aprendida desde la infancia.

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El miedo a decepcionar y ser rechazado no es una debilidad: una herida aprendida desde la infancia

La psicóloga Ana M. Ángel Esteban analiza el temor de algunas personas a ser rechazado.

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La psicóloga y sexóloga toledana Ana M. Ángel Esteban vuelve con una nueva entrega de su consultorio en EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha, un espacio en el que trata cuestiones sobre la mente, las emociones y la sexualidad.

En esta ocasión, la experta aborda el asunto del miedo a decepcionar y ser rechazado. "Hay personas que nunca dicen que no. Que piden perdón sin haber hecho nada mal. Revisan un mensaje diez veces antes de enviarlo, atormentadas ante la posibilidad de molestar. Detrás de esa hipervigilancia no hay inseguridad ni falta de carácter, sino un sistema nervioso que aprendió, muy pronto, que decepcionar a los demás era peligroso", expresa.

La toledana apunta a la infancia, ya que "aprendemos a estar patológicamente atentos a posibles señales de falta de cariño y aprobación por parte de nuestros padres y creamos comportamientos que les gusten".

1. ¿Por qué hay personas que tienen tanto miedo a decepcionar a los demás, incluso cuando racionalmente saben que no han hecho nada malo?

Porque ese miedo no actúa desde la razón, sino desde el sistema de alarma aprendido del cerebro. Para una persona que creció en un entorno donde el afecto dependía de portarse bien, no molestar, cumplir expectativas de los demás, de los padres en primer lugar, donde el ambiente se tensaba y el cariño se retiraba, se desarrolla un sistema nervioso que en la vida adulta sigue tratando cualquier señal de desaprobación como si fuera una emergencia a controlar.

Por eso la reacción es inmediata e intensa y muy difícil de controlar, llega antes que el pensamiento.

2. ¿Cómo determina este miedo nuestra vida cotidiana? ¿En qué situaciones lo vemos más claramente?

Lo vemos en todas partes, aunque muchas veces no lo reconocemos como miedo. Lo vemos en la persona que acepta un trabajo que no quiere porque no sabe decirle que no a su jefe. En quien aguanta una relación que le hace daño porque teme que la otra persona se derrumbe si ella se va. Y en quien no opina en una reunión aunque tenga ideas muy claras, por si le juzgan o critican.

También lo vemos en el perfeccionismo extremo. En esa necesidad de hacerlo todo tan bien que nadie pueda criticar. Y en la procrastinación, que muchas veces no es pereza sino pánico a intentarlo y fallar.

Y lo vemos en el cuerpo: en la tensión permanente de los hombros, en el nudo en el estómago antes de una conversación difícil, en el agotamiento crónico de quien lleva años viviendo para los demás, por costumbre, a pesar del malestar propio.

3. Desde la neurociencia, ¿qué está pasando exactamente en el cerebro de alguien que experimenta este miedo de forma intensa?

El rechazo social activa exactamente las mismas regiones cerebrales que el dolor físico. No es una metáfora, sino que el cerebro lo procesa como una herida. Por eso el sufrimiento es tan real y tan desproporcionado a los ojos de quienes lo rodean.

Y el organismo lleva años segregando más cortisol del que debería, lo que tiene consecuencias físicas reales: problemas de sueño, tensión muscular, digestión alterada, problemas psicosomáticos…

La aprobación de los demás activa el circuito de recompensa del cerebro, el mismo que activan las sustancias adictivas. Por eso la búsqueda de validación se convierte en un patrón tan compulsivo. No es vanidad. Es neurobiología y aprendizaje involuntario.

4. ¿Tiene tratamiento? ¿Qué puede hacer la terapia por alguien así?

Sí y con muy buenos resultados. No basta con decirle a alguien "aprende a decir que no" o "no tienes que gustarle a todo el mundo". Eso es como decirle a alguien con fobia a las alturas que suba a un tejado y piense en positivo.

El sistema nervioso necesita aprender que hay espacios seguros, que no todo es una amenaza.

Después viene el trabajo más profundo, tratar la creencia tan arraigada de que soy inadecuada o insuficiente. Finalmente, hacer pequeños experimentos en la vida real donde la persona se atreve a decir que no, a mostrar una opinión diferente, a decepcionar en situaciones de bajo riesgo. Y la relación sobrevive. Cada vez que eso ocurre, el cerebro actualiza su estructura de peligro y empieza a remodelarse.

5. ¿Qué le diría a alguien que se reconoce en todo esto pero que no sabe si su problema "es suficientemente grave" para ir a terapia?

La persona que teme decepcionar también teme decepcionar al psicólogo pensando que su caso seguro que no es tan malo. Si tu vida está siendo gobernada por el miedo a lo que otros piensan de ti, si dices que sí cuando quieres decir que no de forma sistemática, si el agotamiento de vivir para los demás te está costando tu propia identidad, es un problema a tratar.

Y lo más importante y fundamental para entender este patrón sin sentir vergüenza es que el miedo al rechazo no es un fallo de personalidad. Es una respuesta muy inteligente y antigua, pero hay que aprender uno nuevo para la persona que eres ahora.

"El miedo al rechazo no es una debilidad de carácter sino una solución adaptativa a un entorno temprano donde el amor era condicional, una solución que, en la vida adulta, se convierte en prisión. Así que ahora tu prioridad es no seguir decepcionándote a ti mismo", sentencia la experta.

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