Inma en su tienda de Gálvez.
Inma, florista en un pueblo de Toledo: "Desde los Santos hasta San Valentín es muy triste. Hay días en que no entra nadie"
Apenas un 18 % de los menores de 35 años compra plantas vivas al año.
Más información: Ángel, floricultor: "Hace 20 años en invierno hacía 80.000 pensamientos, ahora solo 30.000, ha caído más del 50 %"
Los floristas viven un momento convulso en España. La venta de flores naturales ha disminuido un 43 % en la última década y apenas un 18 % de los menores de 35 años compra plantas vivas al año, según el último informe de Consumo Verde 2025 de la Confederación Española de Floristas.
'El Jardín de Inma' es un reflejo de la cruda realidad de este sector que depende de tres fechas clave a lo largo del año: el Día de la Madre, San Valentín y el Día de Todos los Santos. "Sobrevivo estos meses gracias a los Santos, cuadriplico mis ventas", confiesa Inma Pérez a EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha.
Esta emprendedora apostó todo por el proyecto de su vida: montar una floristería en su pueblo, localidad toledana de Gálvez. "Los vecinos nos quedamos sin floristerías y la verdad es que era un mundo que me llamaba mucho la atención", detalla.
Inma en su tienda.
Su método de trabajo en estas semanas funciona bajo encargo y con un cupo limitado que le permite garantizar un resultado óptimo. Al trabajar con flores frescas como el clavel colombiano, Inma cuida cada detalle del proceso. Desde el corte del tallo hasta el mantenimiento en cámara.
Flores más duraderas
Flores de 'El Jardín de Inma'.
Para esos clientes que buscan tallos de alta durabilidad para llevar al cementerio esta florista recomienda clavel, crisantemo y la margarita. La otra cara de la moneda es el largo invierno. "Desde ahora en Todos los Santos hasta San Valentín es muy triste. Hay días en que no entra nadie", lamenta.
Esta marcada estacionalidad obliga a Inma a realizar una gestión casi milimétrica para mantenerse a flote el resto del año. Al respecto, uno de los mayores desafíos es hacer entender al cliente el valor real de un centro floral.
"La gente se piensa que solo valen dinero las flores y que el verde me lo regalan. No, no, el verde está carísimo y cada vez ha subido más", subraya. A esto hay que sumarle las esponjas, tarrinas y sobre todo, un tiempo y un trabajo artesanal que a menudo no se repercuten en el precio final.
Una de las estanterías de la tienda.
"Si yo tuviese que cobrar el tiempo que dedico aquí, tendría que poner unos precios elevadísimos", señala la florista. Desde que abrió el local hace diez años, todo ha cambiado mucho. "Un centro que antes vendía por 20 o 25 euros, ahora ronda los 30", expresa.
Este encarecimiento ha convertido a las flores en un artículo casi de lujo. Esto se une a que el perfil del cliente en un pueblo sigue siendo muy tradicional y las nuevas generaciones tienen menor apego a la tradición de comprar flores naturales.
A pesar de amar su trabajo, Inma es realista. "No es un negocio muy seguro para tener un sueldo fijo todos los meses", reflexiona. El día a día de esta galveña lo sufren miles de autónomos que sostienen la economía y la vida de los pueblos como mucho sacrificio con el único fin de salir adelante y volver a florecer.