Hemos vuelto a tener una desgracia en la lucha contra el narcotráfico, el Gobierno se inhibe y siquiera es capaz de ir al entierro con familiares de los agentes. Ya estamos como en Adamuz, tres meses antes, cuando a punto está de que María Jesús descienda a los infiernos el día de la Ascensión.

El sanchismo nació y morirá en Dos Hermanas, entre catapultas de lodo, saunas, paradores y omertá. La oportunidad que tienen los electores andaluces dentro de una semana para cambiar las cosas en España es épica. Ni Aragón, Extremadura o Castilla y León hacen tanto daño como Despeñaperros abajo.

Una catarsis en Andalucía llegaría hasta el mismo colchón de Moncloa y haría arder el manual de Calígula y su resistencia. Pero eso tendrán que ser los andaluces y el temple moderado de Juanma Moreno.

No adelantemos acontecimientos, si bien el votante de Cádiz podrá explicar a María Jesús Montero el principio de ordinalidad desde el Sur, ya que ella no fue capaz de hacerlo desde el Norte. La semana que viene lo veremos, pero es la única opción del Psoe para cambiar los calendarios, un hostión pantagruélico en las andaluzas.

Sólo el votante ideologizado hasta las trancas puede ya salvar a Sánchez, entre galgo de Paiporta y ausente en Adamuz, con Guardia Civil al fondo.

Mientras tanto, asisto en Ciudad Real a una de las pocas delicatessen que quedan en tertulias y foros. La Cámara de Comercio invitó a García Margallo para disertar sobre el cambio de los ejes en política global y geoestrategia.

No defraudó, lo dejó todo meridianamente claro. Con la magistral conducción de Rafa Latorre, uno de los periodistas con mayor proyección que existen hoy en el panorama nacional, Margallo citó al Papa León XIV para decir que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época. Y se retrotrayó al Imperio romano y su caída, nada menos.

Expurgó los liderazgos y el papel que desempeñan ahora mismo las tres grandes potencias que existen. Pese a Trump, convino que nuestro aliado natural ha de ser Estados Unidos. Si bien no desdeñó el acercamiento a China que puede realizarse puntualmente, él habló más de motivos personales de Pedro Sánchez que interés de Estado.

Escucharlo es gloria, pese a su verborrea indómita, pues conduce el discurso trufado de anécdotas y lo hace entretenido. Recordó la famosa anécdota de la democracia cristiana, cuando reivindicó su legado. "No desdeñe usted a los democristianos, que tienen dos mil años, comenzaron doce, hubo un traidor y al líder lo echaron del partido".

Así las cosas, sólo quedan momentos como los de Margallo o el fiscal Luzón que dibujó un trampantojo fabuloso en sus conclusiones del juicio a Ábalos. Le dijo al tribunal que él no podía pedir la rebaja de condena a Aldama y que ya lo hicieran ellos, pues su jefa le había marcado el camino de sumisión sanchista.

Entre la lealtad y la traición ha andado el juicio de las Salesas, en un Estado de Derecho que ya sólo defienden algunos funcionarios que no se doblan ante presiones ni consignas. Grande Marlaska será recordado como un felón, pero la Guardia Civil siempre permanecerá enhiesta frente al delito y en defensa de España, aunque les den barquitos de juguete y pistolas de fogueo.