El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados.
El pasado viernes el Congreso volvió a intentarlo. Dos decretos de vivienda, nacidos de la indignación social que provocó el desahucio de Maricarmen, llegaban con la etiqueta de "urgentes" y con buena parte de la sociedad pendiente del resultado. No hubo acuerdo. Grupos antagonistas que tenían delante la oportunidad perfecta para cooperar y que prefirieron no hacerlo.
Hay un juego, muy estudiado en psicología y economía, que, salvando todas las distancias, podría aplicarse a lo ocurrido. Imaginemos dos partes que deben decidir sin saber qué hará la otra, cooperar o no cooperar. Si las dos cooperan, ambas ganan. Si las dos se cierran en banda, las dos pierden. Pero si una coopera y la otra no, quien no coopera sale ganando a costa de la otra. El resultado es que, mirado solo desde el interés inmediato, a cada parte le conviene no cooperar, aunque eso sea peor para las dos juntas. Esto es, en esencia, el dilema del prisionero, y explica por qué algo tan razonable como un pacto puede acabar sin firmarse.
El matemático y politólogo Robert Axelrod quiso averiguar, a finales de los años setenta, qué estrategia funciona mejor cuando dos personas juegan a este dilema una y otra vez, en lugar de una sola vez. Organizó torneos de ordenador en los que compitieron decenas de tácticas, algunas muy sofisticadas, calculadas para sacar ventaja del contrario en cuanto bajara la guardia. Ganó la más sencilla de todas: empezar cooperando y, a partir de ahí, responder con la misma moneda que haya usado la otra parte en la ronda anterior. Si coopera, coopero. Si traiciona, respondo igual, pero en cuanto vuelve a cooperar, yo también vuelvo. Desde entonces, esta regla se repite en estudios de psicología, biología y economía como la explicación más sólida de por qué dos partes enfrentadas acaban cooperando cuando saben que se van a volver a encontrar.
Pasa a menudo fuera del laboratorio. Dos periodistas que compiten desde la misma franja por la misma audiencia y, en cuanto acaban sus programas, se van juntos a cenar. Un ayuntamiento y una diputación de distinto signo que colaboran para tener la capital de provincia hecha un pincel y sextuplican su población durante una feria gastronómica.
En los dos casos hay algo en común que explica por qué funciona la cooperación: pocas partes implicadas, que se conocen y que saben que van a volver a encontrarse. Esa condición no se cumple en el Congreso. En una negociación entre varios grupos parlamentarios, el mismo dilema se complica. Si el pacto fracasa, ningún partido concreto carga en solitario con el desgaste, porque la responsabilidad queda repartida entre todos. Además, resulta mucho más difícil comprobar quién ha cumplido realmente su parte cuando hay varias formaciones con exigencias cruzadas. Y aparece la tentación de beneficiarse de un acuerdo sin asumir el coste político de haberlo o no haberlo firmado. Cuantas más partes se sientan a negociar, menos se parece la situación a una cena entre rivales y más a una partida en la que cada uno juega sobre todo para sí mismo.
El dilema del prisionero tiene truco, para que funcione hace falta volver a verse. Los periodistas se encuentran cada día en las ruedas de prensa. El ayuntamiento y la diputación se necesitan para el siguiente evento que promocione la ciudad. El Congreso, en cambio, tiene dinámica propia: la próxima legislatura empezará desde cero, con otros números, otros pactos de investidura, posiblemente otras caras en el escaño de enfrente, y esta vez la pregunta ni siquiera es hipotética, porque ya se habla abiertamente de un adelanto electoral.
No sabemos si los grupos que no apoyaron los decretos calculaban así, o si simplemente obedecían a intereses que poco o nada tienen que ver con el beneficio social. El resultado se parece mucho al de cualquier partida sin revancha, cada cual jugó por su cuenta. Los miles de personas que sufren el problema representado por Maricarmen siguen esperando. Y aquella misma noche, con toda probabilidad, dos periodistas rivales volvieron a cenar juntos, sin que nadie tuviera que convencerles de que valía la pena.