La vuelta de vacaciones de este año está siendo especialmente dura. Cuesta asimilar la reciente noticia del fallecimiento de Álvaro de la Paz, con el que compartí redacción en La Tribuna y con el que había vuelto a coincidir en estas ‘páginas’ de El Español. Buen profesional y, por encima de todo, buena gente. Se ha ido demasiado pronto.

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que me crucé con Álvaro en una redacción. Sería un mes de julio de hace ya la tira de años. Él acababa de incorporarse como becario y yo, por entonces, ejercía de redactora jefa. Se me acercó a mi mesa con sonrisa tímida, su eterna raya al lado y el diseño de una doble página en las manos para que le diera el visto bueno. Lo despaché rápido: “Álvaro, esto no es un periódico del siglo XIX, sobran letras, faltan fotos, quita la mitad”.

Se fue en silencio, sin protestar, para regresar al rato con el trabajo corregido. Bien escrito, sin faltas, no se notaba apenas la ‘tijera’ que le había obligado a meterle al texto. Lo vi enseguida: Álvaro sería un periodista de oficio, buena pluma, currante y dispuesto a echar horas para sacar a la calle la mejor versión de cada historia.

Alguna vez me lo recordó como anécdota y, gracias a ella, nos echamos unas risas de compañeros, ya sin jerarquía. Me arrepiento de no haberle hablado nunca de la segunda parte de la historia, la que me está llevando a contar lo que estoy escribiendo aquí. Querido lector, un consejo: si tiene algo bueno que decirle a una persona, dígaselo, no se deje nada nunca en el tintero.

Por esto también quiero aprovechar estas líneas para poner en valor al periodista de oficio. En este mundo de tertulianos que opinan de todo y de nada, y de estrellas mediáticas sin más titulación que la de crear bronca y difundir argumentarios partidistas, el trabajo del periodista de calle está más vigente que nunca.

Este periodista de calle está presente, especialmente, en la prensa local, la que nos habla de nuestros barrios, de nuestros problemas, de lo que le pasa a nuestros vecinos. Se le reconoce porque se sabe de ‘pe a pa’ la historia de nuestros pueblos y ciudades, es capaz de decirte el nombre de ese concejal del que ya ni Google se acordaba y, en la mayoría de los casos, la nómina a fin de mes no le da ni pa’ pipas.

En definitiva, periodista con oficio es aquel -y aquella- que sabe que su trabajo consiste en contar historias de la forma más honesta posible, frente a los que se dedican a transcribir las versiones tergiversadas con las que nos acribillan los políticos a diario. En estos días inciertos, me siento orgullosa de haber podido llamar compañeros a periodistas de oficio como Álvaro de la Paz.

El periodismo existirá mientras sigan existiendo periodistas con ganas de contar las historias de la gente. Llevo escuchando desde que entré en la Facultad que este oficio tenía los días contados. 30 años después, me sigo negando a creerlo, aunque últimamente parece que está ganando la partida a la veracidad eso que algunos llaman ‘el relato’. Se verá…