La primera vivienda de la humanidad fue una cueva. No tenía piscina, ni aerotermia, ni cocina americana. Tampoco vistas al mar. Pero cumplía una función revolucionaria: proteger a quien vivía dentro.
Miles de años después hemos perfeccionado el concepto. La cueva sigue existiendo, pero ahora cuesta 300.000 euros, tiene una hipoteca de cuarenta años y un comercial que la define como "acogedora" porque no cabe una mesa.
Hay algo admirable en nuestra capacidad para complicar lo sencillo. Convertimos el fuego en energía nuclear, el caballo en avión y el refugio en un producto financiero.
Nos dicen que la vivienda sube porque es una buena noticia. Curiosa teoría. Es como celebrar que el agua del desierto sea cada vez más cara porque demuestra que tiene mucha demanda.
La realidad es menos sofisticada. Cuando una necesidad básica se convierte en negocio, la justicia sale por la puerta de atrás. Porque alguien gana exactamente lo que otro deja de poder pagar.
El actual modelo inmobiliario se parece demasiado a Glovo: unos pocos observan cómo crecen los beneficios mientras miles pedalean sin llegar nunca al destino. La diferencia es que aquí el pedido es un techo.
Y conviene no ignorar una lección tan vieja como las propias cuevas, las sociedades soportan muchas cosas, pero no indefinidamente. Sobre todo, cuando trabajar deja de garantizar lo más elemental.
Quizá el problema no sea que la vivienda se haya convertido en un lujo. Quizá el problema sea que seguimos llamando progreso a que una cueva tenga precio de joyería.
Y las bombas sociales, como las de verdad, también hacen tic-tac. Sólo que nadie escucha el reloj mientras el mercado sigue celebrando.