El movimiento es un síntoma. Cuando todo va bien, no hay necesidad de moverse. Y cuando la inercia se rompe es porque el miedo, quizá el más antiguo y eficaz de los estímulos, hace acto de presencia.

Durante mucho tiempo, el entorno de Emiliano García-Page transmitía una seguridad que llegó a convencer a muchos de que las próximas elecciones autonómicas estaban prácticamente ganadas. Veías al presidente regional encantado de ocupar ese espacio de centralidad que su partido, cada vez más arrinconado en el tablero por sus pactos con la extrema izquierda y los separatistas, había dejado vacío. Page acudía a los desayunos informativos de Madrid, repartía en los corrillos algunos chascarrillos regionalpopulistas y, con eso, le bastaba para ganarse un par de editoriales y otras tantas crónicas llenas de elogios a su moderación y su supuesto sentido de Estado.

Y, mientras tanto, el tiempo pasaba.

Aunque los escándalos políticos, morales y judiciales se iban acumulando, al líder del PSOE de Castilla-La Mancha le bastaba con separarse un poco más de Sánchez, con elevar un decibelio el tono en cada rueda de prensa. Pero sin ir mucho más allá, claro. Al fin y al cabo, la PSOE es la PSOE.

Sin embargo, algo ha cambiado en las últimas semanas.

Lo de Zapatero ha sido la gota que parece haber colmado el vaso y desatado todos los nervios en Fuensalida, aunque los movimientos habían empezado antes. La única explicación razonable a este cambio de actitud es demoscópica. La encuesta, ya se sabe, es el aceite que engrasa el motor de cualquier político.

Y en las últimas semanas han comenzado a circular sondeos —algunos publicados y otros de consumo interno— que ponen en duda el famoso escaño 17, ese que permitiría a Page revalidar la mayoría absoluta. Ese número nunca había estado realmente amenazado en el entorno del presidente regional. Pero empieza a resultar evidente que, por muchos aspavientos de ruptura que haya hecho hasta ahora, a García-Page ya no le basta para distanciarse del aroma de cloaca que desprende Moncloa.

El último sondeo de Sigma Dos otorga al PSOE una horquilla de entre 15 y 17 escaños. El PP obtendría entre 11 y 12 parlamentarios y Vox alcanzaría los 5 o 6 diputados. Es decir: solo en el escenario más favorable, Page conservaría el poder. Pero es que hay otras encuestas en las que los socialistas no pasarían de 16 escaños. Y todo volvería a decidirse por unos cientos de votos, con la circunscripción de Guadalajara convertida, otra vez, en árbitro final.

El último capítulo de la degradación institucional a la que Sánchez y su entorno están sometiendo a nuestro país lo ha protagonizado Rodríguez Zapatero. Aunque ya es casi el penúltimo, toda vez que miembros de la UCO han pasado la mañana buscando documentación sobre los presuntos pagos que Ferraz habría realizado a su red de fontaneros.

Y todo apunta a que los acontecimientos recientes, esta vez sí, están empezando a tener efecto también en Castilla-La Mancha, donde normalmente nos cuesta más sumarnos a los trepidantes ritmos madrileños. Pero cuando la música suena tan ensordecedora, resulta imposible no escucharla.

Por eso el socialismo de la región ya se mueve. Ya ha captado las señales. Ya empieza a entender que quizá no baste con dar ruedas de prensa o poner gesto de enfado. Porque al final no hay discurso de moderación capaz de sobrevivir demasiado tiempo al derrumbe del partido que lo sostiene.