Estar estable no es una condición suficiente, ni siquiera necesariamente buena. Se puede estar estable en la UCI. En política, la estabilidad no es ni siquiera un valor fundamental de una democracia, es —quizá— una consecuencia deseada, en el mejor de los casos. La participación política sí es fundamental. Como la transparencia, la rendición de cuentas y el cumplimiento de la legalidad. Eso sí es esencialmente democrático y se sitúa muy por encima de la estabilidad.
Siento el ejemplo extremo, pero es que las dictaduras son muy estables. A veces, incluso, hacen crecer los datos macro de las economías de los países. No por ello son buenas, aceptables ni convenientes.
Tampoco es sano confundir lo estable con la indiferencia. Que todo le dé igual a Sánchez no significa que no pase nada y que no haya consecuencias, no supone que esté todo bien. Todo lo contrario; la acumulación de casos de presunta corrupción, de investigaciones, de imputaciones, de encarcelados, de indicios y de pruebas debería suponer —cada uno de ellos— un punto y aparte. Si no ocurre es porque nuestro sistema político, lejos de ser estable, es rehén de la polarización, la estigmatización y la intolerancia.
Al poner un muro que nos separa, quienes se quedan a un lado están atrapados, incomunicados. No se puede pasar de un lado del muro al otro sin ser acusado de traición, de ser facha, fascista o similar. La trinchera divide, eterniza el conflicto, alimenta el enfrentamiento del que viven algunos. La política debería ser todo lo contrario, algo más parecido a un puente que nos acerque.
Acostumbrar a la sociedad a vivir en tensión por la acumulación de casos investigados, hasta el punto de que algunos diarios deberían empezar a valorar recuperar las ediciones vespertinas, no es estabilidad tampoco.
Es muy difícil que socios como Junts, ERC o PNV permitan una moción de censura. Ni les interesa ponerse al lado de Vox, ni les conviene perder a un Sánchez tan débil. A los socios les sale rentable esa dependencia, aunque arrastre las siglas del Partido Socialista.
En cambio, la "infantería del PSOE" y los cientos de militantes que no comparten las decisiones del presidente, no pueden dejar pasar más tiempo. Su reacción ya es extremadamente tardía, pero seguir postergándola podría hacerla irreparable. El Partido Socialista no puede soportar más "sanchismo", por mera supervivencia de sus siglas, su historia y sus logros. Porque España necesita una socialdemocracia normal, que anteponga su país y sus instituciones democráticas al partido o al líder del partido.
Hace falta ese PSOE porque es probable que en algún momento gobierne el PP. Se llama democracia. Cuando gobierne la derecha hará falta una izquierda capaz y con la suficiencia moral para poder denunciar los errores que cometa el PP.
Serán necesarios políticos socialistas que puedan criticar —si ocurre— que Feijóo nombre a alguien poco neutral en el CIS, que señalen lo inconveniente de la posible tentación de controlar la Fiscalía, que puedan seguir criticando la Kitchen o que puedan pedir dimisiones ante cualquier posible caso de corrupción.
Y este PSOE de Sánchez, desgraciadamente, no podría hacer ninguna de esas críticas sin que suene a cachondeo.