Viene la primavera uncida entre morantes y samueles, dos nuevas flores de la botánica para las que sólo tendría nombre Rubén. Morante de la Puebla reapareció en Sevilla. Sin haberse ido, o habiéndose ido pero rumiando la voz de la desesperación, decidió volver en su lejanía. Y cuajó una tarde espléndida, de las que vuelven a encender los candiles de la agonía, esa misma que el torero siente cuando se encuentra lejos de su destino.

Morante es como Don Quijote, quien ha descubierto que la vida sin caballería no vale nada. La mejor interpretación de la obra de Cervantes se la leí a Umbral y nadie me ha sacado de ahí. Lo que demuestra la novela más universal de todos los tiempos es que el hombre ha de vivir su vida, tal como la siente, de lo hondo de sus entrañas, porque si no, sencillamente, no es vida.

Le pasó a Alonso Quijano cuando recuperó la lucidez en las playas de Barcelona. Recupérese vuesa merced y nos iremos a vivir nuevas aventuras de caballería, le decía un Sancho reconvertido ya tardíamente. Y Don Quijote murió, porque vio que su obra ya no tenía sentido sin creerse el personaje que encarnó. Para eso sirve la locura.

Yo no sé si Amón ha sido Sancho, que no le cuadra, pero ha vuelto Morante, que es lo que importa. Quién fuera como tú, Rubén. Gracias por estar de nuestro lado. Tu sabiduría y discurso dignifican la tauromaquia. Morante es el vuelo de la mariposa en Sevilla que catapulta Australia.

Así son las cosas y los pelos los sigue poniendo de punta. Habló Amón en su pregón sevillano de los kuwaitíes que venían de nuevas. Era como Ramón cuando hablaba del Prado por vez primera. Qué suerte guardar la mirada primigenia, la del niño que descubre por vez primera el arte.

Como Samuel, Samuel Navalón, el niño que hemos visto crecer entre Ayora y Hellín, Albacete y Valencia, la Albufera y el Pincho. Lo sé, esto es muy mío, pero soy yo el que escribe. Samuel es mi torero y el samuelismo, mi religión. Será gran figura, porque piensa en torero, duerme en torero, siente en torero.

El sábado abrió la puerta grande de Hellín y fue triunfador de las Fallas. Desde el primer día que lo vi, gracias a Emilio del Rey, decano de los cronistas taurinos de Albacete, en Tarazona de la Mancha. Vi a un hombre jugarse la vida. Y con eso ya tuve suficiente.

El propio Morante y Manzanares se hacían de cruces. En una plaza histórica, de piedra, de verdad. Como el toreo. Qué grandes palabras las de Rubén para condenar al nacionalismo y la izquierda. Cómo han orillado la tauromaquia y la han sepultado. O lo han pretendido. Alberti, que era de izquierdas. Federico, que era de izquierdas. Sabina, que es de izquierdas. Pero no contaban que, en el último momento, siempre hay una voz mediterránea que salta hacia atrás y de espaldas, como la rana. Quizá a eso nos veamos conminados ibéricamente, a ser anfibios que esquivan como pueden la muerte.

Abril se deshace en lunas de Federico y Carlos Cano. La de Parasceve se ha cumplido y ha recordado el leño del que venimos y en el que nos quebrantamos. Ahora llega la gloria y sus juglares. De Madrid a Sevilla, pasando por la Mancha. De Ayuso a Bonilla, pasando por Page. A ver quién mantiene la plaza, si no los tres. Y el caballo blanco de Santiago. Dios proveerá. Porque la primavera ha dictado sentencia y encumbra al trono a tres nuevos profetas. Rubén, Morante y Samuel. Lo que venga después, ya se verá.