Hay una vieja tentación en la política española: creer que la política exterior puede convertirse en un escenario para exhibir superioridad moral, como si bastara con proclamarse pacifista para situarse automáticamente en una posición más elevada que el resto de las democracias occidentales. Es una tentación antigua, y ahora parece haber seducido de nuevo a Pedro Sánchez igual que lo hizo en su día a Rodríguez Zapatero.
Nadie quiere una guerra con Irán. Nadie con un mínimo de sensatez desea que Oriente Medio vuelva a convertirse en el epicentro de una escalada militar imprevisible, pero precisamente por eso resulta tan desconcertante la actitud del Gobierno español, empeñado en convertir una cuestión estratégica en una exhibición de voluntarismo político.
Negarse a participar en un conflicto es una decisión soberana. Lo que resulta mucho más difícil de explicar es la aparente voluntad de marcar distancias incluso con los propios aliados, como si España pudiera permitirse el lujo de adoptar una especie de neutralidad altiva en mitad de una crisis internacional.
Hay algo elemental: las bases militares que operan en territorio español no son un elemento ornamental ni un simple símbolo diplomático; forman parte de una arquitectura de seguridad construida durante décadas con nuestros socios. Son compromisos estratégicos que trascienden a los gobiernos y que se sostienen sobre un principio básico: la confianza.
Cuando un país empieza a transmitir que esos compromisos dependen del estado de ánimo político, la confianza se resiente y entre todos pagamos la ocurrencia del supuesto líder.
La política exterior, a diferencia de la política interna, no admite demasiadas improvisaciones. Los gestos simbólicos que dentro de casa pueden resultar rentables, el discurso solemne, la distancia moral, la pose de independencia, fuera se interpretan de otra manera: como señales de imprevisibilidad.
En política internacional la imprevisibilidad rara vez es vista como valentía, más bien como ocurrencia o provocación.
Resulta difícil no ver en esta estrategia un eco de la política exterior practicada durante los años de José Luis Rodríguez Zapatero, cuando España pareció descubrir una peculiar vocación por situarse siempre un paso moral por encima de sus propios aliados. Aquella actitud no fortaleció la influencia española, la diluyó.
Hoy el contexto es todavía más delicado. El tablero internacional se ha vuelto más inestable, más competitivo y mucho menos indulgente con los gestos simbólicos.
Por eso sorprende que el Gobierno español parezca empeñado en interpretar este momento con una lógica casi doméstica, como si bastara con pronunciar la palabra "paz" con la suficiente solemnidad para resolver una crisis geopolítica.
El problema es que la política internacional no funciona por proclamaciones, sino por equilibrios, y en esos equilibrios la credibilidad cuenta tanto como la prudencia.
España puede decidir no participar en una guerra. Lo que no debería hacer es proyectar la imagen de un país que convierte sus compromisos estratégicos en un instrumento de posicionamiento ideológico.
Cuando un gobierno confunde política exterior con relato político interno, el resultado suele ser el mismo: mucho gesto, mucha retórica… y una influencia cada vez menor.
Señor Sánchez, los países que pierden influencia en el mundo, tarde o temprano, el mundo deja de escucharlos. Y los países que no son escuchados, simplemente dejan de contar para el resto.