Leo en este digital que el 85 % de los profesores de la región advierte de un aumento de la conflictividad en las aulas, según un informe del sindicato STE. Y eso no es todo, el 88,27 % de los docentes habla de un incremento de las agresiones por parte del alumnado, y un 81,81 % del aumento de estas mismas agresiones por parte de las familias. O dicho en otras palabras, ocho de cada diez profesores ve más que posible terminar el curso agredido por un alumno (o por el padre o la madre de ese alumno).

Aturdida por este dato, hablo con una amiga docente y le pido que me relate su experiencia. Según me dice, ella está teniendo suerte. "Hace un par de años me libré de la mano abierta de un alumno, que iba directa a estamparse contra mi cara" (bonito eufemismo para una torta de toda la vida). "Y, de momento, no me ha pasado nada más en los cinco años que llevo ejerciendo de profesora en la provincia de Toledo, tres de ellos en la complicada comarca de La Sagra", me asegura. Otros compañeros han tenido menos suerte, me explica. Empujones, amenazas de padres -"muy chungos"- a las puertas del instituto, insultos homófobos grafiteados en las paredes del centro, ruedas pinchadas, faros rotos, coches rayados con la versión menos elegante de la palabra meretriz… En su corta experiencia, ya ha visto un poco de todo. "Gajes del oficio", suspira.

Como denuncia STE, la violencia está presente en los centros educativos y genera "un elevado nivel de estrés y un aumento de las bajas vinculadas a la salud mental" entre el profesorado. Sinceramente, poco me parece. Que un empleado público, ejerciendo un servicio esencial como es la educación, se lleve como premio por su trabajo un par de guantazos, no es ni medio normal. Así, sinceramente, no se puede trabajar.

El problema lo vemos todos: la violencia en las aulas es ya un hecho. Lo que hace unas décadas era cosa de las películas americanas (véase 'Mentes criminales' o similares), ahora está cada vez más cerca de ser el día a día de los centros educativos de nuestros pueblos y ciudades. "La violencia está en los pasillos. Empujones, peleas a la salida del centro… siempre ha habido cosas, la diferencia es que ahora las agresiones y las broncas son continuas", concluye mi amiga.

¿La solución? Complicada. Sinceramente, creo que estamos fallando en la educación desde las casas. Le estamos dando de todo a nuestros hijos, pero no estamos transmitiendo lo fundamental: respeto, empatía y responsabilidad.

Tampoco sé en qué momento se perdió el respeto por el profesorado. Lo cierto es que hoy es uno de los colectivos más denostados. ¡Qué lance la primera piedra quién no haya dicho nunca eso de que los maestros tienen muchas vacaciones o menuda vidorra se dan los profesores de los institutos! Pocas vacaciones tienen…visto lo visto.

Desde STE también se pone el foco en aspectos más concretos, como la falta de protocolos claros y de respaldo efectivo cuando se producen agresiones, que "deja al profesorado en una situación de vulnerabilidad que no es aceptable". O dicho de otra manera, nuestros docentes están 'solos ante el peligro', parafraseando el título del famoso Western .

No sé qué piensa usted, querido lector, ¿se le ocurre alguna solución? En mi opinión, la educación necesita un pacto. Obvio que este pacto falla en lo político -y no veo en estos momentos propósito de enmienda alguno-, pero también en lo social. ¿Estamos dispuestos como sociedad a tirar a la basura la educación de nuestros hijos? Se verá.