Fernando Bonete, durante su intervención en el evento Aprender en la Era de la IA, organizado por Google.

Fernando Bonete, durante su intervención en el evento Aprender en la Era de la IA, organizado por Google. theGarage

Educación y Universidad INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Fernando Bonete, el experto en IA educativa al que escucha Google: "El profesor que hace bien su labor no será sustituido"

Natural de Almansa (Albacete) y docente universitario, desgrana en EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha el impacto del algoritmo en la enseñanza.

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El pasado 12 de mayo, Google organizó en Madrid el evento Aprender en la Era de la IA, un encuentro que profundizó en el impacto del algoritmo en los procesos educativos y que reunió a cuatro reconocidos expertos de los ámbitos de la enseñanza, la tecnología o la creación de contenidos.

Fernando Bonete (Almansa, Albacete, 1991) fue uno de los ponentes. Profesor titular en la Universidad de Nebrija, aboga por la alfabetización digital de docentes y alumnos, un esfuerzo que debe alumbrar una relación más eficaz entre la persona y la máquina. La guía del maestro, además, permitirá el hallazgo de las mejores soluciones y las respuestas más concretas.

Enamorado de la lectura, la escritura y la enseñanza, Bonete apuesta por un uso estructurado de la inteligencia artificial a partir del pensamiento crítico. "A eso estamos llamados los docentes: a estimular las preguntas adecuadas para nuestros estudiantes", subraya.

La inteligencia artificial irrumpió de forma masiva a partir de 2023. ¿Qué efectos se han producido en la docencia y la investigación universitaria?

Notamos un cambio muy rápido, aunque no radical. En esencia, lo que hacemos con la inteligencia artificial no deja de ser lo que ya hacíamos con otras herramientas de búsqueda o con los buscadores exhaustivos de información científica.

No es un cambio radical porque las dinámicas de búsqueda siguen siendo las mismas, aunque sí hay más velocidad y nuevas herramientas: antes consultábamos múltiples fuentes especializadas y una docena de buscadores científicos distintos; ahora podemos centralizar toda esa labor en una sola herramienta.

De hecho, ya no se trata solo de un buscador, sino de un agente que permite organizar la información de manera inteligente. Este cambio se ha producido en muy poco tiempo, y la comunidad investigadora ha respondido con agilidad.

¿Qué beneficios han traído modelos de lenguaje y conversación como Gemini o ChatGPT?

El principal impacto está en el ahorro de tiempo, especialmente en la construcción de los marcos teóricos, que era la fase más exigente en términos de localización, selección y análisis de información. Antes este proceso podía llevar semanas; ahora, en apenas una semana, es posible reunir gran parte del material necesario para una investigación.

En definitiva, se trata sobre todo de un cambio en los tiempos: se acelera la labor investigadora y se libera tiempo para centrarse en aspectos más sustantivos, como la metodología o los resultados propios de la investigación.

Y en las aulas de primaria y secundaria, ¿de qué forma se ha introducido el algoritmo?

Existe una diferencia entre lo que está pasando y hacia dónde queremos llevar lo que en el ámbito educativo está ocurriendo. De hecho, fue uno de los temas clave de la ponencia que tuvimos con Google la semana pasada y que juntó a docentes y estudiantes para hablar de este tema.

El cambio ha sido tan acelerado y tan rápido que no nos ha dado tiempo, en cierta manera, a situarnos —al menos todos y, sobre todo, los estudiantes— en lo que supone un cambio tan grande.

¿En qué situación estamos ahora? En el uso de la inteligencia artificial, en cómo usarla. Frente a la idea de usarla por usarla hay que avanzar hacia una forma más racional y organizada. Los profesores y los propios estudiantes se están dando cuenta de que llevar todo sin ningún tipo de raciocinio ni de sentido a la inteligencia artificial, solo por el hecho de hacerlo, tampoco tiene mucho sentido.

"Llevar todo sin ningún tipo de raciocinio ni de sentido a la inteligencia artificial tampoco tiene mucho sentido"

Entonces, ¿prescribe un uso moderado o, al menos, limitado?

Queremos llevar a los profesores y los estudiantes al punto en el que la inteligencia artificial se convierta en un acompañamiento, en un complemento a lo que ya hacíamos, en una herramienta que facilite las tareas que ya realizábamos, pero sin hacerlas por nosotros ni sustituirnos. En estos cuatro o cinco años hemos comprobado que usar la inteligencia artificial por usarla, para sustituir y no para aportar a una labor, no conduce a nada en el desarrollo personal del estudiante. Y, menos aún, en la labor docente.

Con carácter general, ¿qué papel juega en el estudio y la preparación de los alumnos?

Estamos en un momento de cambio y racionalización de estos procesos. Los estudiantes empiezan a darse cuenta —gracias a la formación que ya reciben para manejar correctamente estas herramientas— de que la inteligencia artificial puede ser una forma de acercarse a la materia que tienen que estudiar y facilitar ese estudio. Es una herramienta en la que pueden tener su temario, a la que pueden plantear dudas y que puede acompañarles en la preparación de exámenes.

De hecho, la herramienta más utilizada entre nuestros estudiantes para preparar exámenes es Google NotebookLM. Es una herramienta muy útil: no da las cosas hechas, sino que acompaña en el proceso de estudio y de realización de tareas, pero sin hacerlas por el alumno. Y eso es lo interesante.

¿Cómo ha cambiado la actitud del profesorado ante estas herramientas?

Los profesores también nos hemos dado cuenta de dónde estábamos: en un punto de gran división entre quienes no querían saber nada de inteligencia artificial y la prohibían en todos los aspectos, y quienes la incorporaban en todo. Ahora hemos entendido que la clave está en el punto intermedio y, de nuevo, en la forma en que se procesa.

Vamos a utilizar la inteligencia artificial allí donde realmente nos presta un servicio: nos permite tutorizar mejor a los alumnos en el tiempo que estamos con ellos, hacer un seguimiento más personalizado del desarrollo individual de cada estudiante y comprender mejor cómo están evolucionando. También vamos a utilizar estas herramientas para reducir la carga de gestión y burocracia. Pero no las utilizaremos donde no sea necesario.

¿Dónde no tiene sentido utilizarlas?

Dentro de clase, en momentos en los que se evalúan las capacidades del alumno, ¿es necesario utilizar inteligencia artificial? No, porque lo que queremos evaluar son sus propias competencias.

Entre los estudiantes y los profesores se ha producido un proceso de racionalización y de dar sentido a estas herramientas, un proceso que es normal que haya tardado tres o cuatro años en producirse. Los grandes cambios tecnológicos de la historia requieren tiempo para que nos acostumbremos a ellos y les encontremos sentido.

Pero, ¿qué pueden aportar los profesores —más allá de ese factor humano que inspira o ejemplariza— frente a unas máquinas que lo saben todo o que, en el peor de los casos, responden a todo?

Es que realmente la función del profesor no está en saberlo todo ni en dar todas las respuestas. La función del docente está en hacerse las preguntas adecuadas y animar a los estudiantes a que también se hagan estas preguntas por ellos mismos. Eso es el pensamiento crítico. Y a esto estamos llamados los docentes: a estimular las preguntas adecuadas por parte de nuestros estudiantes.

Bonete es profesor universitario y experto en IA en el ámbito educativo.

Bonete es profesor universitario y experto en IA en el ámbito educativo. theGarage

La vida que transcurre fuera de las aulas tampoco va de tener todas las respuestas, sino de plantearse las preguntas adecuadas en los momentos precisos. Para eso educamos en la universidad: para que los estudiantes puedan hacerse las preguntas adecuadas y poner en cuestión aquello que está sucediendo a su alrededor. Y que, para ello, utilicen todas las herramientas a su disposición, entre las cuales, la inteligencia artificial es una —aunque no la única— de las que permite encontrar las mejores respuestas.

La labor del profesor nunca será sustituida. O, al menos, no la será el profesor que hace bien su cometido. El trabajo de la inteligencia artificial y el trabajo del profesor son diametralmente distintos. Otra cosa es que el profesor lo haga mal. En este caso, la inteligencia artificial nos da una nueva oportunidad a los docentes para cuestionarnos nuestra labor y preguntarnos si los estamos haciendo bien.

¿El algoritmo cuestiona la pereza?

La inteligencia artificial nos ha venido muy bien en un tiempo en el que la docencia, y en concreto la universidad, estaba cayendo en un cierto desprestigio por una cierta dejación de sus funciones. Su aparición nos ha venido muy bien para darnos un toque de atención y nos ha obligado a plantearnos dónde estaba nuestro lugar para volver a recuperarlo.

Tenemos que dejar a las máquinas lo que es propio de ellas y nos facilita la vida. Y las personas tenemos que recuperar aquello que es, propiamente, nuestra vida.

Se ha reabierto la polémica sobre la baja asistencia del alumnado a determinadas clases de la universidad.

Esto nos lleva a un debate que se aleja en parte del tema de la inteligencia artificial, aunque esté relacionado. Tiene que ver con la idea, muy extendida hoy, de que todos los estudiantes que terminan bachillerato deben ir a la universidad. Sin embargo, la pregunta importante —y lo que deberían plantearse los jóvenes y sus familias— es si realmente su vocación es seguir estudiando.

En esa supuesta edad universitaria no todos quieren hacerlo. Hay jóvenes que prefieren incorporarse al mundo laboral o continuar su formación con un enfoque más práctico. Para eso está la formación profesional: las cifras de alumnado en FP no han dejado de crecer en los últimos años, lo que indica que quizá no era necesario que todos pasaran por la universidad.

En la universidad —o al menos en el ideal que debería ser— se estudia: hay muchas horas de lectura, pensamiento crítico, formulación de preguntas y trabajo intelectual. También hay personas que no se sienten inclinadas hacia ese tipo de actividad, y eso no es ni mejor ni peor; es, simplemente, otra forma de orientar la vida.

Algunas personas prefieren una relación más práctica y directa con el trabajo; otras disfrutan más del estudio y la reflexión. Elegir uno u otro camino no es positivo ni negativo, sino una respuesta a la propia vocación.

La percepción de una mala docencia se adivina como una razón principal.

Claro, se suman otros factores. Por ejemplo, cuando los docentes se alejan de su misión principal y se limitan a repetir contenidos de una presentación. O cuando llenan las clases de anécdotas personales sin fomentar el pensamiento crítico ni las preguntas. También influye el descenso en la capacidad de atención de los estudiantes para mantenerse concentrados durante periodos prolongados.

Hay, por tanto, múltiples razones que explican esta situación, pero muchas de ellas parten de esa cuestión inicial: la falta de alineación entre la vocación del estudiante y el camino que se le impone. Todo ello se refiere, en particular, al ámbito de la educación universitaria, que es el que conozco de primera mano.

A los jóvenes se les pide que hagan un buen uso de la tecnología, aunque no se sepa muy bien en qué consiste.

En el ámbito del aprendizaje y en relación con las tecnologías —y de vuelta a la misión esencial de la escuela y la universidad—, considero que lo fundamental es formar a los estudiantes en un buen uso de estas herramientas. Asumimos que saben utilizarlas bien, cuando no siempre es así. Saben usar Instagram, X o TikTok, redes sociales cuyo funcionamiento se basa en un gesto tan sencillo como levantar un dedo. Sin embargo, cuando hablamos de otras tecnologías como la inteligencia artificial, hablamos de un nivel de complejidad distinto.

"Los alumnos saben usar Instagram o TikTok, cuyo funcionamiento se basa en un gesto tan sencillo como levantar un dedo. Pero la IA tiene nivel de complejidad distinto"

Es necesario formar y educar a los estudiantes y, previamente, que los profesores se hayan formado en estas herramientas para poder transmitir ese buen uso. Ese buen empleo vuelve a estar en emplear la inteligencia artificial donde pueda ayudar a estudiar mejor, a acercar al contenido de las clases, a reforzar el aprendizaje, a encontrar nuevos enfoques o información, o, incluso, a contar con un interlocutor con el que debatir y poner en juego puntos de vista.

Por el contrario, cuando se entiende como una máquina que sustituye la labor del estudiante y realiza por él las actividades, hablamos de un mal uso.

¿Y cómo se podría evitar esa mala utilización en el aula?

Si el buen uso puede estimularse mediante el aprendizaje, la clave está en que el docente encuentre nuevas fórmulas de evaluación que no den pie a esa tentación. Es una responsabilidad del profesor: la inteligencia artificial no tiene voluntad ni deseos, es una herramienta que puede utilizarse bien o mal.

Natural de Almansa (Albacete), Bonete es creador de contenido cultural y lector empedernido.

Natural de Almansa (Albacete), Bonete es creador de contenido cultural y lector empedernido. theGarage

Por tanto, el docente debe buscar formas de evaluación que no lleven al estudiante a delegar la actividad en la inteligencia artificial. Ya no tiene sentido pedirle que redacte un texto sobre un tema en casa, porque la tentación de recurrir a estas herramientas es muy alta.

¿Por qué no plantearlo de otra manera? Por ejemplo: pedir al estudiante que se informe sobre un tema, que reúna toda la información posible —también con ayuda de la inteligencia artificial— y enseñarle, previamente, a hacerlo de forma fiable y segura. Y, una vez informado, que la redacción, el debate o el coloquio se desarrollen en clase, donde deberá exponer esa información.

De este modo, la inteligencia artificial se utiliza como herramienta de búsqueda, como tantas otras, pero no para la ejecución de la actividad, que tiene lugar en el aula, con las personas debatiendo y construyendo conocimiento.

Es profesor universitario. Quizá haya recibido algún trabajo hecho con inteligencia artificial.

Nunca planteo evaluaciones en la universidad en las que haya riesgo de que el estudiante acabe haciéndolas con una máquina: busco evaluaciones que permitan que el alumno ponga en juego sus propias capacidades. Enseño en el aula a utilizar estas herramientas de inteligencia artificial, animo y estimulo su uso en casa, pero a la hora de evaluar la capacidad de mis estudiantes, siempre elijo formas y ejercicios en los que no tienen ninguna posibilidad de entrar a ayudar.

¿Que, aun así, alguna vez se las hayan podido arreglar para hacer esa actividad con inteligencia artificial? Puede ser; y también que no lo haya detectado. Pero esto tampoco es nuevo en la historia de la humanidad. Engañarse a uno mismo o a los demás no lo ha inventado la inteligencia artificial, es una invención humana. Y es una falta de ética de la que, de nuevo, no es culpable la inteligencia artificial, sino quienes eligen cometerla, que somos los humanos.

¿Cuál es la fórmula más eficaz para hacer útil al algoritmo? Una instrucción excelente anticipa resultados brillantes, mientras que una orden poco definida genera soluciones mediocres.

Para que una máquina pueda actuar con una supuesta inteligencia, quien la utiliza debe ser inteligente para dar una instrucción que resulte en una respuesta inteligente, en una respuesta eficaz, fiable, veraz.

Pero quien primero tiene que actuar de esa manera es la persona que le da esa orden. Volvemos a la cuestión de fondo: no se puede demonizar ni convertir a la inteligencia artificial en el demonio, porque es una herramienta que está a nuestra disposición para utilizarla como queramos. Y, como otras muchas herramientas, no tiene voluntad propia, no tiene deseos, no tiene objetivos propios. En definitiva, somos nosotros los que actuamos correcta o incorrectamente con ella.

"La IA no tiene voluntad propia, no tiene deseos, no tiene objetivos propios: somos nosotros los que actuamos correcta o incorrectamente con ella"

Cuando alguien construye de manera inteligente un prompt [una instrucción], los resultados que ve son mejores. Y ocurre con la inteligencia artificial y también con los compañeros de trabajo. Cuando se da una instrucción respetuosa, cuidada, con muchos detalles, yendo al objetivo que se desea y mirando los resultados que se esperan obtener, la otra persona acompaña y hace su trabajo mejor. En este caso, el tratamiento es el mismo: cuantas más inteligentes sean las órdenes, más inteligentes serán los resultados.

En el ámbito educativo, los profesores enseñan a los estudiantes a que sepan redactar estas instrucciones con el cuidado y la inteligencia necesarios. Enseñamos a escribir a nuestros estudiantes, que es una cuestión muy universitaria y muy educativa: el hecho de aprovechar cualquier excusa, en este caso las labores de inteligencia artificial, para enseñar a escribir y a pensar.

Enciclopedias impresas, Encarta, Wikipedia y ahora las generativas Gemini y sus semejantes. La tentación de copiar y pegar siempre ha estado ahí. Y desde hace muchos años.

La inteligencia artificial no es una invención humana en el sentido de creación original; es una herramienta que puede generar resultados que no son propiamente humanos. El copia y pega —ya sea plagiar, cambiar algunas palabras o parafrasear— ya existía en aquellos tiempos de la enciclopedia o los primeros buscadores de información. Y sigue existiendo hoy con los buscadores inteligentes y la inteligencia artificial, no es algo nuevo.

Lo que debemos hacer es educar a nuestros estudiantes para que no lo hagan ni con inteligencia artificial, ni con ninguno de los métodos a su alcance. Hay que hacerles ver que construir conocimiento a partir de un conocimiento previo es lo más natural y adecuado, siempre que se reconozca la procedencia de ese saber que sirve de base.

"Construir conocimiento a partir de un conocimiento previo es lo más natural y adecuado, siempre que se reconozca la procedencia de ese saber de base"

No hay problema en utilizar la enciclopedia, Wikipedia o cualquier fuente de Internet para construir un trabajo propio. Tampoco lo hay en utilizar información procedente de la inteligencia artificial, siempre que se cite su origen y se reconozca de dónde procede.

Pero el algoritmo tiene un alcance infinitamente mayor.

Es importante enseñar a los estudiantes a no quedarse con la primera respuesta, sino a indagar en las bases del conocimiento y en los autores que lo han desarrollado. La propia inteligencia artificial puede ayudar en este proceso: permite no solo obtener información, sino también preguntar por sus fuentes, por los autores que han tratado un tema o por perspectivas alternativas.

Incluso se pueden utilizar herramientas específicas para rastrear el origen más básico y original de ese conocimiento. Pero, para usarlas correctamente, es imprescindible formar adecuadamente en el discurso y el criterio con el que se tienen que emplear.

Más allá del ámbito de las humanidades, la comunicación o las ciencias sociales, también hay aplicación en las ramas matemáticas o científicas.

NotebookLM también permite realizar muchos de estos cálculos sin dar la solución como tal, pero acompaña en el entrenamiento para la adquisición de esa solución. La herramienta puede salvar a un alumno de no dedicar tanto tiempo una tarde a hacer esos deberes. Pero el día del examen, ¿qué va a hacer?

Al final, los estudiantes no son tontos; se dan cuenta de estas cosas y saben que tienen que terminar haciéndolo y tienen que saber resolverlo ellos mismos. Son ellos mismos quienes solicitan que se les enseñe a utilizar la herramienta adecuada de la manera correcta para entrenar esas capacidades, no para que les dé la solución directamente.

Extrapolándolo al ámbito profesional, esto no es óbice para que haya muchas profesiones que se vayan a reformular porque son más mecánicas o más técnicas. Y en esas labores la máquina puede entrar de manera más fácil a resolver según qué tareas.

¿Qué despliegue tiene la inteligencia artificial en las diferentes regiones?

Hay comunidades autónomas más restrictivas que otras con respecto al uso de la tecnología en el aula. Y hay comunidades autónomas, como la Comunidad de Madrid, que restringe el uso de esos dispositivos por completo o casi por completo. Otras regiones no solo no lo prohíben, sino que lo estimulan y dejan que esas tecnologías estén presentes en el aula.

Pero, con independencia de las restricciones y los múltiples escenarios que podemos encontrar en distintas comunidades autónomas, al final lo esencial no cambia. La directriz no es distinta, y es: debemos enseñar a los estudiantes a utilizar correctamente estas herramientas, a comunicarse correctamente con estas herramientas porque tienen un nivel de complejidad que no tiene nada que ver con las redes sociales.

No podemos meter todas las tecnologías en el mismo saco; la inteligencia artificial no está en el mismo saco que las redes sociales: tiene otra complejidad, otra seriedad y otro enfoque que necesita de docentes enseñando a utilizarlo por una cuestión de alfabetización mediática e informacional básica.

Para enseñar a utilizar estas herramientas ni siquiera hace falta tener la propia herramienta en sí dentro del aula. Basta una pizarra y una tiza, porque basta con enseñar a escribir correctamente para dirigirte a esas herramientas. Basta con pensar o ayudar a pensar lo que se escribe. Y escribir y pensar son funciones básicas del aprendizaje en el aula, se tengan o no herramientas tecnológicas dentro.

"Para enseñar a utilizar estas herramientas ni siquiera hace falta tenerla dentro del aula: basta una pizarra y una tiza"

¿Cuándo debería empezar la alfabetización en inteligencia artificial?

Diría que cuanto antes, porque esto es consustancial al propio proceso de aprendizaje, como ya lo fue con otros medios. No soy experto en educación infantil, pero creo que en cuanto se observe que los alumnos tienen aptitudes o la capacidad necesaria es razonable incorporarlo. Cuando puedan manejar herramientas relacionadas con la escritura y la comunicación oral, están en condiciones de utilizarlas de forma inteligente.

En el momento en que la informática entra en el aula, la inteligencia artificial y el conocimiento científico deben entrar con ella.