Imagen de una salida escolar por el parque de la Vega, en Toledo.

Imagen de una salida escolar por el parque de la Vega, en Toledo. Javier Longobardo

Educación y Universidad

¿Por qué los profesores evitan las excursiones con tu hijo?: "No nos atrevemos; en estos viajes pueden pasar muchas cosas"

Las salidas de la escuela avivan el temor de los docentes por la responsabilidad contraída; la sucesión de planes convierte el "calendario en un queso gruyère".

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La participación del profesorado en las actividades educativas que se realizan fuera del centro de enseñanza emerge como un foco de "inseguridad y nerviosismo". El cuidado de grupos amplios en entornos desconocidos, la atención individualizada que algunos alumnos necesitan y el escaso valor pedagógico de ciertas salidas escaman a una parte del gremio. El debate sobre su utilidad alimenta la duda: ¿pervivirán los desplazamientos?

Las excursiones se han concebido como una puerta abierta al mundo para niños y adolescentes. Cuando concurren unas circunstancias favorables se consideran "experiencias muy positivas", según las define una profesora de secundaria destinada en un instituto próximo a Talavera de la Reina.

No obstante, se observa un patrón creciente: no todos los alumnos contribuyen al esfuerzo del centro, mientras el comportamiento de algunos asistentes contraviene el buen desarrollo de los viajes.

Una parte del alumnado percibe estas actividades como un día no lectivo "y entiende que, si no asiste a la excursión, tampoco debe acudir al centro", explica la docente.

Esta realidad se revela de forma significativa con las "salidas de carácter cultural", unas propuestas para las que no siempre se alcanza el cupo mínimo de participación. "Hay estudiantes que prefieren quedarse en casa, en ocasiones, con el consentimiento de las familias".

En todo caso, el interés selectivo de los jóvenes no es el principal motivo de preocupación. Las hipótesis más amenazantes surgen por la falta de una "normativa clara" ante imprevistos relacionados con la convivencia o la salud, lamenta un maestro destinado en uno de los colegios públicos más grandes de la región, muy cerca de la Comunidad de Madrid.

Los viajes de fin de curso, o aquellos que implican varios días fuera de casa, son las citas peor valoradas. "Nos hacemos cargo durante las 24 horas del día de un grupo de 70 u 80 menores de edad: sin padres o tutores legales, somos los responsables legales de todo lo que suceda durante ese viaje".

Estas actividades discurren "muy lejos del centro educativo del municipio donde residen los niños", subraya el docente. Sin embargo, el cuidado sobre las decenas de niños que tiene a su cargo "no entiende de descanso". La posibilidad del "imprevisto", añade, se ha materializado con algún golpe, caída o accidente.

"Son cosas que nos han pasado", recuerda este maestro oriundo de Ciudad Real. El bagaje de sus salidas más recientes incluye experiencias con un niño diabético —sus crisis habían sido difíciles de controlar en el aula— o el manejo de menores con trastorno del espectro autista, un grupo de alumnos que requieren de una atención "constante".

El peor caso, sin embargo, lo vivió durante un viaje a la Comunidad Valenciana. Era de madrugada, las 1:00 horas. "Un niño que debería estar ya durmiendo se puso a correr y se cayó, con la mala suerte de que se rajó en la rodilla y tuvimos que llevarlo a urgencias". Los sanitarios le aplicaron cuatro grapas. El menor y los profesores regresaron a las 4:00 horas a su alojamiento.

"Cuando me tocó llamar a la madre para contarle lo que le había pasado tuve miedo. Llegué a temer por si me generaba algún tipo de problema: por suerte, di con una familia bastante razonable", cuenta.

Cada vez son más los docentes que se niegan a participar en las excursiones que organizan sus centros. "No se atreven o no se sienten cómodos: son viajes en los que pueden pasar muchas cosas", subraya. "Hay inseguridad y nerviosismo".

Una utilidad discutible

Además de la incertidumbre que desencadenan las excursiones más duraderas y lejanas, los educadores cuestionan el valor de ciertas propuestas. Un profesor de Historia destinado en un centro de la comarca de Torrijos plantea la retirada de aquellas que tienen al mero entretenimiento como fin.

"En un instituto vamos a instruir a los alumnos: no somos gestores de tiempo libre ni monitores de ocio", proclama.

Este profesional divide las extraescolares en académicas y lúdicas. "Las que tienen un contenido académico, no solo diversión, estarían plenamente justificadas", agrega. En este grupo caben las visitas a museos o aquellas que se estructuren alrededor de "algo que tenga que ver con la asignatura".

Según su criterio, los planes que contemplan, por ejemplo, el traslado de los menores al cine, a un parque de atracciones o, incluso, a esquiar "están un poco fuera de lugar".

Para facilitar planes de ocio a niños y adolescentes "están las Concejalías de Juventud o las asociaciones juveniles", subraya al tiempo que define como "muy pobre y mediocre" la orientación que detecta en la administración educativa. "Parece que los niños se lo tienen que pasar bien: a partir de esa felicidad falsa y artificiosa nos toca priorizar el que socialicen".

La apuesta por algunos viajes de discutible calidad contribuye al "contagio" del absentismo. Quienes no se apuntan a la excursión "dicen a sus familias que no va a haber nadie en clase y se quedan en casa". Entretanto, "nos quitan dos o tres días que nos impiden agotar el temario".

La concatenación de eventos que afectan al normal desarrollo de la actividad docente "terminan convirtiendo el calendario escolar en un queso gruyère, con agujeros", explica de forma gráfica, una metáfora que recorre su claustro.

La asistencia a los actos que se ofertan en las respectivas casas de la cultura, a los teatros que promueven los departamentos más vinculados a la cultura o la participación en determinadas funciones promovidas por los ayuntamientos u otras instituciones "terminan desmontando buena parte de lo que se había planificado en la programación".

Asimismo, las extraescolares que se desarrollan "fuera del horario escolar" solidifican la brecha de nivel que se reproduce en cualquier aula. "Los que van bien van a ir bien siempre, pero a los que están entre medias les hubiera venido muy bien tener un tema o dos más para disponer de un margen de notas al que aferrarse para superar la asignatura".

En algunos casos, la diferencia entre aprobar y suspender "puede estar en esos días en los que no se ha podido dar clase porque algunos decidieron no venir mientras sus compañeros se habían ido de vacaciones disfrazadas".

Sin marco legal ni gratificación económica

El sindicato ANPE Castilla-La Mancha remitió el pasado lunes una nota de prensa en la que clamaba por la “situación de indefensión del profesorado cuando asume actividades complementarias, excursiones, intercambios o viajes escolares”. Estas iniciativas generan “una enorme carga de responsabilidad, sin cobertura legal y sin el respaldo necesario de la Administración”.

La organización ha pedido a la Consejería de Educación medidas para acabar con el "clima de miedo y desprotección" que acecha al profesorado "cada vez que participa en una actividad educativa fuera del aula".

Los representantes del gremio alertan de una problemática que despunta en estas fechas con la proliferación de los viajes de fin de curso. Al mismo tiempo, toman la causa abierta contra dos compañeros en Aragón por un presunto delito de homicidio por imprudencia profesional grave como el ejemplo más grave de un escenario a veces incontrolable.

"No se puede seguir trasladando al docente toda la presión jurídica, organizativa y moral de este tipo de actividades, especialmente cuando se desarrollan fuera del país y en contextos complejos", concluyen desde ANPE.

La participación del profesorado en las actividades extraescolares es voluntaria y no conlleva ninguna contraprestación económica.