Fermín Cabal es uno de los nombres grandes del teatro español actual. Un reguero de éxitos -Esta noche gran velada, Entre tinieblas, Castillos en el aire- acompaña su carrera escénica. Así es que acudí al teatro alternativo Nueve Norte para ver y escuchar Tejas verdes, obra de la que guardaba vago recuerdo cuando la vi en su primera versión en Triángulo hace cinco o seis años. Reconozco que entré en Nueve Norte de forma demasiado provocadora, no solo con chaqueta sino incluso agresivamente encorbatado ante el estupor del público que abarrotaba el teatro, todo él vestido de forma zarrapastrosa como la moda manda.

Fermín Cabal enfrenta al espectador con las torturas atroces del régimen de Pinochet. Su testimonio resulta estremecedor. Con grave acento de verdad expone el trato inhumano al que los sicarios del dictador someten a Colorina, jovencita encantadora, novia de un activista antipinochetista. El dramaturgo, a través de un juego escénico acertado y original, persigue con los espectadores las huellas fugitivas de los desmanes que padeció Chile tras la victoria de Pinochet en 1973.

Ernesto Ekaizer, en un libro definitivo sobre el dictador, Yo, Augusto, escudriña la sociedad de la época. Una situación de miseria, provocada de forma deliberada al menos en parte, anunciaba la dictadura. Bien la dictadura del proletariado, es decir, el comunismo; bien la dictadura de la clase media, es decir el fascismo. Triunfó el Ejército y Pinochet implantó el fascismo. A diferencia de lo que ocurrió en España en 1936, las Fuerzas Armadas chilenas se mantuvieron unidas y no hubo guerra incivil. El médico al que se llamó de urgencia, Augusto Pinochet, se quedó de cabecera, imponiendo una dictadura cruel. Fermín Cabal ha puesto el espejo teatral ante la tortura y los asesinatos. El público sigue estremecido el desarrollo de lo que se cuenta en escena. Estamos ante una obra excelente, bien dirigida por el autor, con excepcional interpretación de Nagore Gemes Alfaro en el papel de Colorina y actuación impecable a cargo de María Segalerva, Isabel Torrevejano y María Felices, albriciadas todas por el fondo musical de canciones de Violeta Parra.

Fermín Cabal me trajo al recuerdo la suerte que tuve en aquella época al mantener intensa amistad con Pablo Neruda, el poeta inmenso fallecido unos días después del golpe del general Pinochet. Años más tarde inauguré el edificio de la agencia Efe en Santiago de Chile. En el estrado, enlacé por la cintura a Alicia Urutia, la viuda de Pablo, y abrazado a ella pronuncié el discurso de inauguración. Cuando afirmé "a una nación más le vale tener periódicos libres aún sin Gobierno que un Gobierno sin periodistas libres", se levantó airado el general que el dictador Pinochet había enviado al acto y se fue.

Y como yo estoy, al estilo Vargas Llosa, contra todas las dictaduras, sean del signo que sean, cuento esta historia para reafirmar a continuación que rechazo lo mismo a Stalin de Rusia, a Castro de Cuba o a Kim de Corea que a Pinochet de Chile.

ZIGZAG

Resiste la comparación con Picasso, con Miró, con Marc Chagall, con Francis Bacon. Lo de menos es que un cuadro suyo se vendiera por 135 millones de dólares. Lo de más es que se trata de un pintor que estremece por su descarga expresiva, por la torrentera del color, por la imaginación desbordada. Me refiero, claro, a Gustav Klimt (1862-1918). Algunos de sus retratos de mujeres se exponen estos días en Viena junto a los de Kokoschka y Schiele. Klimt, que vertebra la Viena modernista con su pintura ciertamente genial, pintó a Alma Mahler y retrató su alma, "dada a la melancolía y por eso mismo delicada y profunda". Adele Bloch-Bauer, María Zimmermann o Hilde Roth, de fugaz celebridad en su época, se enredaron también en los pinceles de Klimt. Entre los más grandes del siglo XX, el autor de El beso, cuadro que se puede contemplar en la Galería Belvedere, se ha convertido en una estrella que enciende la capital austriaca. Es uno de los pintores más cotizados por la crítica exigente. Por otra parte, quien sea propietario de un Klimt tiene una fortuna. Por sus cuadros se pagan cantidades desmesuradas y cada año que pasa su cotización crece de forma acelerada.