El espacio se mece en el alambre que señala lo ausente. El tiempo, que no envejece, se desangra en la voz de Juan Ramón Jiménez y en el temblor lírico de los jardines dolientes. Juan Barja no quiere saber adónde vamos ni de dónde venimos. Sus versos son un día sin voz. El otoño se apaga en el bosque dormido de sus manos. Es el llanto del alma y del espejo, el tenaz horizonte del óxido, el arca devastada de Dios.

Entre los brillos fatigados del oro, el poeta se derrumba en el destiempo y la desmemoria. Junto al mar, ciego de azul, Barja abre el manantial de sus versos. El silencio y la ausencia consumen su vida porque sobre el leñoso nudo de la piedra, hincada en el molar, solo se contempla el esqueleto ruinoso del mundo. Carlos Bousoño, en su subida al amor, lo explica muy bien. Oda en la ceniza, le asombra la inexplicable inmortalidad del esqueleto.

Barja siente el aguijón en la carne, el calambre desnudo de la forma, las esquinas rojas de la sed. No hay nada tras la oscura penumbra del más allá. El sueño no alumbra otra cosa que el alma mortal. Entre la luz cegada y el cansancio azul, el poeta asiste desolado a la vida que se va. Es la luz ciega de su último libro. Sabe que no hay tres, hay solo uno y cada uno dentro de su no. El nihilismo le azota. El ser es un ser para la nada, es un ser para la muerte. Sartre tenía razón. Se acerca el poeta al encendido rescoldo del origen, pero las brasas se hacen lodo y el lodo se enfanga en el grito infinito de su canto. “Quebrado cielo, blanco, a la deriva -escribe- luz del sur, oro azul, caído cielo sobre el ronco horizonte demorado...”. En el mar sin orillas de la luz, fue el sueño oscuro que promete nunca despertar.

Sobre el borde dormido de la edad, desde el ciego edificio del recuerdo, Barja habla del aroma estremecido, del crecimiento del cuarzo en su temblor, de la memoria del humo. Retorno y olvido entre la niebla, las horas azules del asombro le reclinan contra el filo del tiempo. No es fácil escribir atravesando las grietas del viento. Barja lo intenta porque le acosa la fatiga del origen vacío, las palabras sopladas por el huracán, el esplendor del incendio, tanto amor perdido, tanto amor perdido... “No hay morada ni signo -escribe- no hay aliento ni ciprés encendido, ni la curva escondida del ángel, el anuncio sobre el suelo sangriento del otoño”. Y se queda atónito ante la inquieta sinfonía de la máscara, desde el centro del coro, entre la espesa reserva de su umbral, en el silencio inquieto de su rostro innumerable.

La palabra yacente acaricia las manos infinitas de la tierra. En el cielo sin flor de las raíces se redime el aliento. Bajo la encendida ala de la luz no quedan ya hogueras escondidas ni navajas contra el cielo ni el regreso destrenzado de lo ausente, de la ausente. Seca está el agua como la vida que se vacía sin perfiles ni horizontes en el centro devastado donde se refugia el espacio. “¿Puede cerrarse el canto como una flor, en medio de la noche?”. Enmudece, en fin, el poeta cegado por la luz negra de los versos desolados.

ZIGZAG

Asombra la frivolidad con que se habla del bosón de Higgs. La confirmación de su existencia ha desmontado una buena parte de las teorías sobre el principio del Universo. El bosón de Higgs, la partícula que confiere a la materia su masa, le ha replanteado a Stephen Hawking qué pasa al principio del tiempo. Según el físico británico el bosón de Higgs no es una amenaza en sí mismo pero podría destruir el Universo. El campo de Higgs, según Hawking “podría no estar en el estado más bajo de energía. Si ese fuera el caso, el campo estaría en un estado de falso vacío y podría dar lugar a una burbuja de vacío verdadero, que se expandiría a la velocidad de la luz. No lo veríamos acercándose, pero sí nos golpearía, nos destruiría”. El tiempo de escala del decaimiento del falso vacío es, para Hawking, más amplio que la edad del propio Universo.