Lo he escrito varias veces. Desde que desapareció Fernando Fernán Gómez, el mejor actor español es José Sacristán. Lo afirmo sin desdoro para los muchos que destacan también de forma sobresaliente. La voz de Sacristán descarga todos los matices, modula los tonos, ahonda el pensamiento germinal. El actor domina el movimiento escénico, se afirma en la expresión corporal. Es la mesura en el ademán, la credibilidad en el matiz más pequeño, la espontaneidad del gesto. A lo largo de mi dilatada vida profesional yo no recuerdo una interpretación más definitiva que aquella de José Sacristán en Las guerras de nuestros antepasados, por encima de El hombre de La Mancha, La muerte de un viajante o Almacenados.

Mario Vargas Llosa es el escritor en español más influyente del mundo. Siempre a favor de la libertad y en contra de todas las dictaduras, desde Pinochet a Fidel Castro, el novelista peruano, académico de la Real Academia Española, se alzó sobre un racimo de espléndidos relatos con el Premio Nobel de Literatura, con el Príncipe de Asturias, con el Cavia, con el politizado Cervantes... Los premios le sirven para bien poco a Vargas Llosa. Son sonajeros con los que hace ruido durante unas semanas. Luego, lo único que de verdad le importa es el trabajo nuestro de cada día. Y en ese trabajo, el autor ha dedicado atención notable al teatro. Aunque la huella profunda de su obra literaria la haya dejado en el rastro de la novela, sería injusto desdeñar la calidad del escritor para la escena. La verdad es que la arquitectura de su teatro se mantiene, año tras año, con creciente solidez.

El encuentro entre los dos genios -Vargas Llosa y Sacristán- era esperado y tal vez inevitable. Por debajo de los puentes del sectarismo y la exclusión, el autor y el actor se han dado la mano para recrear, con dirección de Tambascio, escenografía acongojante de Sánchez Cuerda y eficaz interpretación coral, con mención especial para Candela Serrat, El loco de los balcones, que es un canto a la tradición y al progreso, a las cosas antiguas y a las actuales que supongan una renovación de excelencia.

La calidad literaria de Vargas Llosa alcanza renovados fulgores cuando el profesor Brunelli acaricia la balaustrada carcomida de uno de esos balcones que definieron la arquitectura colonial limeña mientras explica a un borracho saltarín en qué consiste el alma de la madera desesperada en la Lima de los años cincuenta del siglo pasado. Esclavos de la negritud y artesanos indios construyeron las balconadas coloniales que conservan los aspavientos árabes y las agresiones barrocas de los artistas sevillanos.

Unidos por el silencio, los espectadores escuchan estremecidos la voz de naranjo enlutado de José Sacristán, impecable de principio a fin, sin un fallo, sin una raspadura, sin una vacilación, sin un momento de decadencia. Dije una vez que Fernando Fernán Gómez podía mantener al público expectante durante una hora recitando el listín telefónico. José Sacristán es capaz de leer en escena los discursos de Rajoy y que los espectadores le sigan interesados. Vargas Llosa, preocupado por la degradación moral y cultural del mundo de hoy, en la frontera del abismo, le dijo a Blanca Berasátegui en estas páginas: “Hay un tipo de estupidez contemporánea que tiene mucho que ver con la cultura audiovisual de nuestro tiempo”.

No se arrepentirán los aficionados al teatro que acudan a ver El loco de los balcones, obra articulada por la sabiduría teatral de Juan Carlos Pérez de la Fuente. La crítica especializada seguro que subrayará sus defectos. Yo no se los encontré, así es que no puedo relatarlos. José Sacristán interpretando a Vargas Llosa es en sí mismo un espectáculo inextinguible.

ZIGZAG

Cuando el dictador Franco me envió al exilio, tuve ocasión de asistir desde Hong Kong a la Revolución Cultural. Luo Ying publica en Visor un libro de esbelta prosa poética: Conejitos. En una serie de relatos, el autor cuenta su experiencia de la Revolución Cultural. Al aire de un incidente personal con Zhuo Wen resume la idea que Mao tomó de su amigo Lu Shin. Y es verdad. La habilidad básica de la Revolución Cultural era "hacer cada movimiento más despiadado que el anterior".