Luis María Anson

El cuello del Capeto se enhebra entre las "feroces mandíbulas de madera" de la guillotina. La cuchilla de la igualdad, el "hacha ciclópea" de Carlyle, reverbera al caer y la cabeza de Luis XVI rueda sobre el cadalso entre los rugidos de la turba en erección. Eran las 10 horas y 22 minutos, el temblor de los relojes del día 21 de enero de 1793. Desde esa fecha hasta el golpe de Estado contra la Convención trascurre el medio año políticamente más apasionante de la Historia Universal. En un París efervescente, con poco más de 600.000 habitantes, se va a producir el primer naufragio de la democracia por la incapacidad de los girondinos para organizar la moderación mientras los jacobinos pactan con los enragés, con los indignados, pagando el precio de la demagogia económica que exigen los agitadores callejeros.



Mes a mes, semana a semana, día a día, minuto a minuto, Pedro J. Ramírez desmenuza lo que ocurrió en aquel tiempo, recreando el clima de la ciudad luz a través de un arsenal de datos, grandes y pequeños, que reproducen la vida política y cotidiana tal y como fue. Recuerdo que en un almuerzo en mi casa, Sánchez Albornoz y Sainz Rodríguez, académicos de la Historia los dos, se enzarzaron en un cordial debate. A Sainz Rodríguez le interesaba la filosofía de la Historia, la de Giambattista Vico, que granó dos siglos después con Spengler, Huizinga y Toynbee. Albornoz afirmó que la Historia científica en las postrimerías del XX se encontraba, sobre todo, en las monografías. Pues bien, Pedro J. Ramírez ha escrito una admirable monografía científica. El primer naufragio, con su millar de páginas encendidas en una investigación personal de diez años, ha convertido de golpe al autor en uno de los historiadores más destacados de la España actual. Y afirmo esto, pese a quien pese. Desde España, un enigma histórico, no se ha publicado en nuestra nación y en materia de Historia un libro especializado de más densidad científica.



La muerte de Luis XVI fue aprobada en la Asamblea por 361 diputados; 360 se opusieron a ella. El voto del príncipe Philippe, el regicida, duque de Orléans, primo del rey, fue decisivo. Ramírez toma la mano a un aristócrata granadino, Andrés María de Guzmán, grande de España, que era un joputa travestido de revolucionario feroz, para entrar en Nôtre-Dame y asistir, en el gran bourdon de la torre meridional, al control revolucionario de la campana bautizada en 1685 ante Luis XIV, diez toneladas de bronce con un badajo de 300 kilos. Su repique se convirtió en el tocsín que convocaba al pueblo a la insurrección o le advertía de un peligro inminente. Estudiado por Baroja y por Díaz-Plaja, el granuja Guzmán, que jugó un papel de relieve en aquellos meses, fue guillotinado un año después, el 8 de junio de 1794, cuando el Terror se adueñó de Francia.



El tocsín "es la señal temida y esperada. Es el sonido martilleante y febril que invita a los ciudadanos a acudir a sus secciones movilizando a los sans-culottes y sembrando la inquietud en los barrios más acomodados. Es el anuncio de que la legalidad queda en suspenso y todo -personas, propiedades y derechos- vuelve a estar en el aire. Como el 10 de agosto". Pedro J. Ramírez demuestra la estulticia nefelibata de los moderados. "Procedían del 14 de julio (toma de la Bastilla), exaltaban el 10 de agosto (asalto a las Tullerías) y aborrecían el 2 de septiembre (comienzo de las masacres). Pero había quienes pensaban que el 2 de septiembre era la secuela del 10 de agosto, como el 10 de agosto lo era del 14 de julio". Eso lo explica muy bien Pierre Gaxotte en La Revolución Francesa. "Pronto se enterarán los moderados -afirma el autor de El primer naufragio- de que un golpe de Estado se da, única y exclusivamente, para conquistar el poder. Ni el granuja ni el lunático recibirán su parte".



Tras empapar al lector con la sangre vertida en enero de 1793, Pedro J. Ramírez se dispone a transitar a través del pillaje de febrero y de los acontecimientos de marzo, de abril, de mayo, de junio, hasta el alba del golpe de Estado. A mí me vienen a la memoria para subrayar la calidad de El primer naufragio, las palabras de Cervantes: "La Historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir".