Eloy Tizón

De Hitchcock siempre se aprende algo. La exposición que le dedica la Fundación Telefónica, comisariada por el cineasta Pablo Llorca, resulta un tanto confusa. Todo está un poco apretujado: aquí un croquis de rodaje, ahí un vestido verde, allí un pájaro disecado... Más allá de eso, queda claro que Hitchcock es un esteta de la narración y un manipulador de primera. Lo más interesante de esta muestra, quizá, sea la larga entrevista televisiva en la que confiesa algunas de sus obsesiones y fobias. Ver su gran cabeza de patata cocida, con su dicción ralentizada y los ojos glotones de emoción mientras diserta sobre dos de sus grandes amores, el lenguaje visual y los homicidios, supone siempre un placer, al tiempo que una enseñanza. Igual que escuchar a dos de sus colaboradores más decisivos, Saul Bass y Bernard Herrmann, sin cuyas aportaciones su cine sería menos hermoso.



Hitchcock no filma la vida, sino los sueños. Es el antirrealista por excelencia. Por eso su legado no pertenece a la sociología, sino al espíritu de la cinefilia. No sabemos cómo se las ha arreglado para pasar de director taquillero a caviar para exquisitos. Sus imágenes poseen ese latido onírico de un cuervo picando a un niño en la frente o la persecución de una avioneta en un campo de maíz. Él mismo constituye su secreto más hermético, enterrado con todo cuidado bajo su figura oronda de americanas cruzadas y su disfraz de bromista que se esconde tras la puerta para pegarnos un susto.



Hitchcock es un costurero de alta costura cinematográfica. Su mayor talento fue encriptar su psicosis personal de parafilias sexuales en un envoltorio de apariencia voluptuosa, mediante comedias macabras de falsos culpables, ventanas indiscretas, extraños en un tren y rubias demasiado altas y sobre todo demasiado rubias. Resulta que los mejores besos del cine los soñó para nosotros un monje trapense.