Agustín Fernández Mallo

El otro día vi el programa Millennium, de La 2, dirigido por el siempre sólido y fiable Ramón Colom. El tema: la novela negra. En un momento dado, a colación de las diferentes expresiones que la violencia toma en la narrativa, la escritora Marta Sanz introdujo un asunto que me interesó de veras en tanto que desviaba ese concepto hacia un lugar mucho más sutil y estructural, que comparto: en ocasiones no sólo hay violencia en las tramas, sino también en los mecanismos que animan y hacen avanzar a las tramas. Ella puso el ejemplo de narrar a través de cadenas de causas y efectos -que yo en algún lugar he llamado "silogístico"-, en el cual el escritor pone una zanahoria al lector para que éste vaya tras una serie de pistas que muchas veces -y esto lo digo yo, no Marta Sanz- se revelan tan pueriles que las sientes como pérdida de tiempo -pongamos El código da Vinci-, o por el contrario, tan incomprensibles y abstrusas que tienes la seguridad de haber sido llevado por el engaño -pongamos a Pynchon-.



En mi opinión, el origen de la violencia implícita en tales mecanismos reside en que el escritor se pone por encima del lector. Le dice: "yo tengo la llave del secreto, arrebátamela si puedes". Es, en realidad, una relación de abuso de poder, extensión del matonismo que nada tiene que ver con la ficción sino con un pacto entre escritor y lector estipulado en clave de servidumbre. Y suele incurrir en petulancia: querer ser más listo que el lector. "Mira, voy siempre un paso por delante de ti." Para mí, la prosa más interesante nunca se pone por encima del lector sino que mediante técnicas que tienen que ver con la metáfora y la analogía crea estructuras que acompañan al lector en el discurrir de la ficción. Es la diferencia entre lo complicado -espeso bosque que suele ocultar incapacidad para crear empatía-, y la complejidad-redes que generan organismos vivos-.