Eloy Tizón

En alguna entrevista, Juan Benet recordaba (sin suscribirla del todo) aquella opinión de que en literatura la frase corta equivale a la lucidez y la frase larga a la pasión. Si damos por buena esta hipótesis de trabajo, debemos admitir que en su última novela, Alabanza, Alberto Olmos ha logrado sintentizar ambas, a base de ensanchar su prosa, lo que es tanto como decir que ha ensanchado su respiración. En esta novela bellamente elegíaca, Olmos ha estirado y acortado sus frases a conveniencia, se ha oxigenado, ha hiperventilado sus folios, se ha largado al pueblo a airearse, ahí os quedáis, para cantarnos al aire libre su novela unplugged, desenchufada, especulativa y provenzal, en torno a una pareja de enamorados cuya primera frase desmiente su propio enunciado:



"No estoy enamorado de ti".



Él y ella. Juntos y por separado. La construcción de un libro de relatos (él) corre paralela a la construcción de una relación de pareja (ella). En los alrededores de estos dos grandes mitos, literatura y amor, encuentra Olmos sus mejores aliados para indagar en la naturaleza problemática del presente, el pasado y quizá el futuro de una vocación kamikaze, descrita -ahora sí- con apasionada lucidez: "Uno escribía porque no vivía. La literatura era la cristalización de la soledad, la charla por escrito de un loco consigo mismo". Pese a lo cual: "La literatura podía estar muerta, pero la necesidad de su consuelo permanecía. Todo era literatura". Entre ambos extremos -la negación, el abrazo-, Olmos ha cuajado una novela vibrante, en la que se atreve a mostrarse más vulnerable que nunca, con pasajes de sabiduría demoledora (la entrevista entre el escritor y el editor debería ser de lectura obligatoria en los talleres de escritura), caligrafiada con esmero para sus numerosos lectores, cada día más, que no están -o no creen estarlo- enamorados de Alberto. Pero sí.