Agustín Fernández Mallo



Ahora sabemos que el estudio de cualquier objeto no puede llevarse a cabo sin tener en cuenta lo que le rodea. Llamamos a eso complejidad, y al objeto que estemos estudiando, sistema complejo. El objeto más complejo descubierto hasta la fecha es el cerebro. De eso trata el magnífico libro, Incógnito, las vidas secretas del cerebro (Anagrama), del neurocientífico David Eagleman. Hace años, otro neurocientífico y escritor, Germán Sierra, me dijo, "todo organismo es una hipótesis; especialmente el cerebro". En efecto, el órgano gris se pasa las veinticuatro horas del día -incluso mientras dormimos-, proponiéndose a sí mismo futuros problemas y ensayando posibles soluciones. El cerebro es el gran simulador. El mundo que percibimos a través de los sentidos es un lugar en el que nunca hemos estado, ni tan siquiera de pic-nic.



El libro de Eagleman hace buena gala a su título, Incógnito, pues plantea la importancia y complejidad del "cerebro inconsciente". La mayoría de los actos cotidianos responden a esa parte del cerebro que no controlamos -acelerar o frenar en el coche, el movimiento de manos al cepillarnos los dientes, la atracción o rechazo hacia una persona con sólo mirarla- y casi siempre acierta. Pero a veces también se confunde. Eagleman, pionero en el estudio de neurociencia y derecho, plantea un nuevo campo de investigación que involucra la responsabilidad de los actos. Si el cerebro inconsciente es quien manda, ¿cómo puedo ser responsable de ese ataque de ira? Pero también -especulo-, si el cerebro inconsciente es lo que históricamente se ha denominado "inspiración" en artistas y científicos, ¿no cabría entonces retirarles la autoría de sus obras?