Fernando Aramburu



Obsesionados con el tránsito incesante, con la balanza de pagos, con el agua del río que no vuelve y es, a cada instante, distinta, postergamos el ejercicio de aquellas aptitudes nuestras que no consideramos directamente lucrativas para el domingo, para después de la jubilación, para la gloria eterna. Y mientras tanto, nos dicen, todo es ficción, imagen de nuestro cerebro, perspectiva; aunque no por ello duelan menos los golpes contra la pared. Bien mirado, toda virtud se asienta sobre un fondo de serenidad. Quizá el vocablo "virtud" pinche un poco en los oídos actuales. Pongamos, entonces, cualidad. La que aplicamos a la verdad (o a las verdades), la franqueza. O a la belleza, el arte que tantos niegan. O a la moral, la bondad sin la cual es inconcebible el hombre soportable. Hay en el mundo no pocas personas que reúnen todo eso. Es de sabios convivir con ellas.