EL ALUMNO AVENTAJADO (1916)

El hijo del cartero Andreas Wanzl, Anton, tenía el rostro de niño más peculiar del mundo. Su carita alargada y pálida, con una nariz torcida y seria que exacerbaba los rasgos marcados, estaba coronada por un penacho de pelo amarillo blanquecino extraordinariamente escaso. Reinaba una frente alta, infundiendo respeto, sobre un par de cejas blancas apenas visibles y debajo dos ojitos profundos, de color azul pálido, miraban el mundo muy seria y precozmente. Los labios finos, pálidos y apretados se arrugaban en un gesto de obstinación y una barbilla hermosa y regular componía el formidable acabado del rostro. La cabeza estaba plantada sobre un cuello flaco, toda su constitución era endeble y delicada. El único contrapunto extraño a su figura lo daban las fuertes manos rojas, que se balanceaban en las muñecas escuálidas y quebradizas como si estuviesen sueltas. Anton Wanzl iba siempre vestido con pulcritud y limpieza. Nada de polvo en la chaqueta, ni un roto, siquiera el más pequeño, en los calcetines, ni una cicatriz, ni un rasguño en la carita tersa y pálida. Anton Wanzl rara vez jugaba, nunca se peleaba con otros chicos ni robaba las manzanas rojas del jardín del vecino. Anton Wanzl solo estudiaba. Estudiaba desde la mañana a altas horas de la noche. Sus libros y cuadernos estaban envueltos con sumo cuidado en un blanco papel crepitante. En la primera página, con una letra extrañamente pequeña y bonita para un niño, estaba escrito su nombre. Sus brillantes calificaciones estaban dobladas con solemnidad en un gran sobre de color rojo ladrillo, junto a un álbum con los maravillosos sellos por los cuales se envidiaba a Anton incluso más que por sus notas.

Anton Wanzl era el chico más tranquilo del lugar. En la escuela se sentaba en silencio, los brazos cruzados como estaba prescrito, y miraba fijamente con los ojitos precoces la boca del profesor. Era, por supuesto, el primero de la clase. Lo presentaban siempre ante los demás como el modelo a seguir, sus cuadernos escolares no mostraban ni un solo tachón rojo, con la excepción del poderoso diez que por lo general resaltaba al pie de sus trabajos. Anton daba respuestas tranquilas y pertinentes, siempre estaba listo, nunca enfermo. Se sentaba como si estuviera clavado al pupitre. Lo que más le desagradaba eran las pausas. Todos tenían que salir, la clase se ventilaba, solo el supervisor se quedaba dentro. Anton, sin embargo, salía al patio, se apoyaba en el muro, receloso, y no se atrevía a dar un paso por miedo a que lo derribara alguno de los chicos que correteaban y armaban escándalo. Cuando la campana volvía a sonar, Anton respiraba aliviado. Con cautela, como su director, entraba tras los muchachos apremiantes y ruidosos, con cautela se sentaba en el pupitre, no dirigía la palabra a nadie, se levantaba derecho como una vela y, en cuanto el profesor daba la orden —«¡siéntense!»—, se desplomaba automáticamente en su sitio.

Anton Wanzl no era un niño feliz. Una ambición ardiente lo consumía. Una voluntad férrea por brillar, por sobrepasar a todos sus compañeros, agotaba casi todas sus escasas fuerzas. Por lo pronto, Anton solo tenía un objetivo. Quería ser supervisor. Ahora lo era otro, un estudiante «menos bueno» que, sin embargo, era el mayor de la clase y cuya edad respetable había despertado la confianza de los profesores. El supervisor era una especie de suplente del maestro. En su ausencia, el alumno distinguido tenía que vigilar a sus compañeros, apuntar a los ruidosos e informar al profesor, mantener la pizarra reluciente, la esponja húmeda y las tizas afiladas, recolectar dinero para cuadernos, tinteros y para reparar paredes agrietadas y ventanas rotas. Al pequeño Anton le imponía un cargo así. En noches de insomnio, urdía planes furiosos, ardientes de venganza, cavilaba sin descanso sobre cómo derrocar al supervisor y hacerse cargo de aquel puesto tan honorable. Un día lo averiguó.

El supervisor tenía una extraña predilección por las tintas y los lápices de colores, los canarios, las palomas y los pollitos. Era fácil corromperle con regalos de ese tipo y quien se los daba podía hacer tanto ruido como le pidiese el cuerpo sin que le denunciara. Esto fue lo que Anton quiso aprovechar. Él mismo nunca hacía regalos. Pero también había otro chico que no pagaba tributo. Era el más pobre de la clase. Como el supervisor no podía denunciar a Anton, pues a Anton no había forma de atribuirle una travesura, el otro pobre era la víctima diaria de su furia delatora. Aquí Anton podía hacer un negocio redondo. Nadie sospecharía que quería convertirse en supervisor. No, si adoptaba a aquel chico pobre y apaleado sin tregua y le chivaba al profesor la vergonzosa corruptela del joven tirano, se diría que su comportamiento había sido justo, honesto y valiente. Después, solo Anton tendría posibilidades de ocupar la vacante. Así que un día se armó de coraje y desacreditó al supervisor. Tras la correspondiente administración de latigazos, este fue relevado del cargo y a Anton Wanzl se le nombró solemnemente «supervisor» en su lugar. Lo había conseguido.

A Anton Wanzl le gustaba mucho sentarse en la cátedra negra. Era una sensación deliciosa, otear la clase desde una altura respetable, garabatear con el lápiz, distribuir aquí y allá amonestaciones y jugar un poco a la Providencia al anotar a los alborotadores desprevenidos, impartir justicia y saber con antelación a quién alcanzaría el destino implacable. El profesor te tomaba confianza, te permitía llevar los cuadernos de ejercicios, parecías importante, disfrutabas de una reputación. Pero la ambición de Anton Wanzl no descansaba. Siempre tenía un nuevo objetivo en el horizonte. Y en él trabajaba con todas sus fuerzas.

De ningún modo podía decirse que fuera un adulón. Ante los demás conservaba siempre la dignidad, cada una de sus pequeñas acciones estaba bien pensada, dedicaba a los profesores discretas atenciones con un orgullo sereno, los ayudaba con el gabán sin perder la expresión severa y sus halagos no llamaban la atención y tenían carácter de acto oficial.

En casa lo llamaban con el diminutivo austríaco, «Tonerl», y lo consideraban una persona respetable. Su padre tenía la típica personalidad de un cartero de provincias, medio funcionario, medio secretario íntimo y confidente de variados secretos familiares, algo digno, algo servil, un poco orgulloso, un poco necesitado de propinas. Tenía el característico andar encorvado de los carteros, arrastraba los pies, era pequeño y flaco como un sastrecillo, llevaba una gorra oficial un poco grande y unos pantalones demasiado largos, pero, por lo demás, era una persona respetada y entre sus superiores y conciudadanos gozaba de cierta reputación.

El señor Wanzl le profesaba a su único hijo una gran admiración, como solo la sentía por el señor alcalde y por el señor jefe de correos. Sí, pensaba el señor Wanzl a menudo, en sus tardes ociosas de domingo: el señor jefe de correos no es más que un jefe de correos.

¡Pero a qué altas cotas podrá llegar mi Anton! ¿Alcalde, director de instituto, gobernador de distrito o —aquí el señor Wanzl pegaba un buen respingo— por qué no ministro? Cuando compartía estas reflexiones con su esposa, ella se llevaba los extremos del mandil azul a los ojos, primero el derecho, después el izquierdo, suspiraba un tanto y se limitaba a decir: «Ya, ya». Pues la señora Margarethe Wanzl sentía un respeto enorme por su marido y su hijo y, si ya ella valoraba a un cartero por encima de todo, ¿qué iba a pensar entonces de un ministro?

El pequeño Anton pagaba con muchísima obediencia a sus padres el cuidado y el amor que le profesaban. Por supuesto, no le resultaba muy difícil, pues, como sus padres mandaban poco, tenía poco que obedecer. Pero a la par que su ambición por ser el mejor estudiante corría su empeño por que lo llamaran «buen hijo». Cuando su madre lo elogiaba ante otras mujeres, en verano, afuera, delante de la puerta, en el banco de madera de color amarillo huevo, mientras estaba sentado con su libro en la jaula de los pollos, su corazón se henchía de orgullo. No obstante, mantenía la más indiferente de las expresiones, parecía, sumido en sus cosas, no estar escuchando una sola palabra de la conversación de las mujeres. Hasta en esto era Anton un diplomático taimado. Tan inteligente era que no podía ser bueno.

No, Anton Wanzl no era bueno. No albergaba amor, no tenía corazón. Hacía solo lo que le parecía inteligente y práctico. No daba amor ni lo reclamaba. Nunca tuvo necesidad de ternura, de una caricia, nunca se quejaba, nunca lloraba. Anton Wanzl tampoco tenía lágrimas. Pues a un buen chico no se le permite llorar.

Así es como Anton se hizo mayor. O mejor: creció.

Pues Anton nunca había sido joven.

Anton Wanzl tampoco cambió en el instituto. Solo se volvió más cuidadoso en su aspecto. Todavía era el alumno aventajado, el chico modélico, aplicado, decente y virtuoso, dominaba todas las materias por igual y no estaba encariñado con ninguna, pues en él no había nada relacionado con el cariño. Sin embargo, declamaba las baladas de Schiller con pathos fogoso y brío artístico, interpretaba obras de teatro en distintas fiestas escolares, hablaba con gran precocidad y sabiduría del amor, pero él mismo jamás se enamoraba e interpretaba el aburrido papel de mentor o pedagogo frente a las muchachas. Pero era un bailarín exquisito, buscado en las celebraciones, de maneras y botas impecables, de comportamiento y pantalones sin mácula, y la pechera de su camisa compensaba en pureza lo que de este rasgo le faltaba a su carácter. A sus compañeros los ayudaba siempre, pero no porque quisiera ayudar, sino por temor a necesitarlos algún día. A sus profesores los seguía ayudando con los gabanes, siempre cerca cuando se lo necesitaba, pero sin llamar la atención, y a pesar de su aspecto enfermizo nunca enfermaba.

Tras pasar con honores la prueba de madurez, las obligadas felicitaciones y los parabienes, los abrazos y besos de sus padres, Anton Wanzl reflexionó sobre la subsiguiente orientación de sus estudios. ¡Teología! Quizás fuera lo mejor para él, su pura hipocresía lo capacitaba. Pero… ¿Teología? ¡Con qué facilidad podía ponerse uno en un compromiso! No, mejor no. Podría hacerse médico, pero no amaba lo suficiente a las personas. Abogado le gustaría, fiscal lo que más, pero la jurisprudencia… no era noble, no se consideraba lo ideal. Uno era idealista, en cambio, si estudiaba Filosofía. O mejor: Literatura. «Profesión de mendigo», solía decirse. Pero al dinero y a la fama uno podía llegar si se daba maña. Y darse maña con algo… eso sí sabía hacerlo Anton.

Así que Anton ya era estudiante universitario. Y el mundo no había visto a uno tan serio. Anton Wanzl no fumaba, no bebía, no se peleaba. Sin embargo, tenía que pertenecer a una hermandad, estaba muy arraigado en su naturaleza. Necesitaba compañeros a los que superar, tenía que brillar, tener un cargo, dar discursos. Y aunque es verdad que los demás miembros de la hermandad se reían en su cara, lo llamaban plomazo y empollón, en secreto respetaban mucho a ese joven que, aunque estaba en sus primeros semestres, tenía ya una vasta sabiduría.

También estaba bien considerado entre los profesores. Se veía a la legua que era listo. Se trataba, por cierto, de una obra de consulta extraordinariamente necesaria, un diccionario andante, conocía todos los libros, autores, fechas, editoriales, estaba al tanto de las ediciones más recientes y mejores, era curioso y un ratón de biblioteca. Tenía también un talento muy acusado para hacer asociaciones, cierto es que un poquito al modo de los papagayos, aunque lo que más agradaba a los profesores era otro don innato y en verdad precioso. Y es que era capaz de asentir con la cabeza durante horas, sin cansarse. Siempre daba la razón. Jamás contrariaba al profesor. Así fue como Anton Wanzl se convirtió en una personalidad conocida en los seminarios. Siempre era complaciente, siempre callado y bien dispuesto, encontraba libros imposibles de encontrar, escribía notas y anuncios de conferencias, y no dejaba de aguantar los gabanes, era el ujier, quien sostenía la puerta y quien acompañaba al profesor.

Solo en un aspecto no se había distinguido aún Anton Wanzl: en el amor. Pero no tenía ninguna necesidad de amor. Aunque, cuando lo pensaba en silencio, le parecía que solo la posesión de una chica le procuraría la más alta consideración entre amigos y compañeros. Solo entonces cesarían las burlas y entonces él, Anton, se pondría en pie, infundiendo respeto, apreciado por encima de todo, inalcanzable, el perfecto modelo de hombre.

También sus inconmensurables ansias de poder reclamaban una criatura que se le entregase por completo, que él pudiese amasar y moldear a su antojo. Hasta ahora, Anton Wanzl solo había obedecido. Por una vez quería mandar. Pero solo una mujer enamorada le obedecería en todo. Había que darse maña. Pero darse maña con algo… eso sí sabía hacerlo Anton.

La pequeña Mizzi Schinagl vendía corsés en Popper, Eibenschütz & Co. Era una jovencita simpática y oscura con ojazos marrones, naricilla impertinente y un labio superior algo corto por el que asomaba una brillante dentadura de ratón. Estaba ya medio prometida, concretamente con el señor Julius Reiner, dependiente y especialista en corbatas y pañuelos, también de Popper, Eibenschütz & Co. Es verdad que aquel joven bien parecido era bastante del gusto de Mizzi, pero ni su cabecita ni aún menos su corazón alcanzaban a imaginarse al señor Julius Reiner como el marido de Mizzi Schinagl. No, de ninguna manera podía convertirse en su marido el mismo joven que, apenas dos años antes, había encajado dos sonoras bofetadas del señor Markus Popper. Mizzi debía tener un esposo a quien admirar, un hombre honorable de más alta posición social. Su esencia genuinamente femenina, cuya delicadeza innata un hombre solo adquiere mediante la educación, le hacía percibir a Mizzi algunos aspectos desagradables, por partida doble, en el especialista en corbatas y pañuelos. Mizzi hubiera preferido un estudiante, uno de los muchos jóvenes con gorros coloridos que, al cierre del negocio, esperaban fuera al personal femenino. A Mizzi le habría encantado que un caballero la abordara en la calle si Julius Reiner no hubiese estado siempre tan horriblemente alerta.

Pero justo entonces su tía, la señora Marianne Wontek, recibió en Josefstadt a un nuevo y adorable huésped. El señor Anton Wanzl era muy serio e instruido, pero también de una educación exquisita, sobre todo hacia la señorita Mizzi Schinagl. Los domingos por la tarde le llevaba el café vespertino a su cuarto y el joven caballero lo agradecía siempre con una palabra amable y una mirada cálida. Sí, en una ocasión la invitó incluso a sentarse, pero Mizzi dio las gracias, murmuró algo como «no-quiero-importunar», se puso colorada y se deslizó algo confusa a la habitación de su tía. Cuando en una ocasión el señor Anton la saludó por la calle y se unió a ella, Mizzi lo acompañó encantada; dio incluso un pequeño rodeo para llegar a su apartamento, acordó una cita para el domingo con Anton Wanzl, estudiante de Filosofía, y a la mañana siguiente se peleó con Julius Reiner.

Anton Wanzl se presentó vestido con sencillez y elegancia, el pelo soso, descolorido, tenía hecha la raya mejor que nunca; una leve excitación se mostraba en el rostro blanco y frío como el mármol. Sentado en el Stadtpark junto a Mizzi Schinagl, hacía grandes esfuerzos por pensar qué debía decir. Jamás se había encontrado en una situación tan funesta. Pero Mizzi sabía conversar. Le contó esto y aquello, anocheció, la lila desprendía sus aromas, el mirlo cantaba, mayo se reía por lo bajo desde un matorral; entonces Mizzi se olvidó de sí misma y dijo de pronto: «Escucha, Anton. Te quiero». El señor Anton Wanzl se asustó un poco, Mizzi Shinagl aún más, quería esconder su carita candente en cualquier sitio, pero no encontró un escondite mejor que la solapa del abrigo del señor Anton Wanzl. Al señor Anton Wanzl esto no le había pasado nunca; la rígida pechera de la camisa crujió ostensiblemente, pero se recompuso enseguida, ¡alguna vez tenía que pasar!

En cuanto se hubo calmado, se le ocurrió algo extraordinario. «Soy tuyo, eres mía», citó a media voz. Y a esto añadió una breve exposición sobre el periodo de los trovadores germanos, habló con pathos de Walther von der Vogelweide, arribó a la primera y segunda mutación consonántica, de ahí a la belleza de nuestra lengua materna y, sin solución de continuidad, a la fidelidad de las mujeres alemanas. Mizzi lo escuchó con esfuerzo, no entendió una sola palabra, pero precisamente así era un erudito, así tenía que hablar un hombre como Anton Wanzl. Su exposición le pareció de una belleza pareja al silbido del mirlo y al gorjeo del ruiseñor. Sin embargo, no pudo soportar mucho tiempo tanto amor y tanta primavera e interrumpió la maravillosa exposición de Anton dándole un beso de lo más agradable en los labios finos y pálidos, el cual Wanzl encontró igualmente agradable de corresponder. Pronto le llovieron los besos, de los que el señor Wanzl ni podía ni quería defenderse. Y al final se fueron en silencio a casa, era mucho lo que Mizzi albergaba en su corazón; Anton, aunque discurría sin descanso, no supo encontrar las palabras adecuadas al momento. Estaba feliz cuando Mizzi, tras una docena de besos y abrazos ardientes, lo liberó al fin.

Desde ese día memorable se amaron el uno al otro. El señor Anton Wanzl encontró pronto su rutina. Entre semana se dedicaba al estudio y los domingos al amor. Halagaba su orgullo que algunos miembros de la hermandad le hubieran visto con Mizzi y lo hubieran saludado con una sonrisa ambigua. Era aplicado y perseverante y en poco tiempo era ya doctor.

Llegó al instituto como «candidato en pruebas», los padres le aclamaron y felicitaron por carta, los profesores le recomendaron «fervientemente», el director le dio una bienvenida calurosa.

El director del II Instituto Imperial y Real de Educación Secundaria era el consejero áulico Sabbäus Kreitmeyr, un filólogo de fama, con muchos contactos, como suele decirse, querido por los alumnos, bien visto por sus superiores y relacionado con la alta sociedad. Su mujer, Cäcilie, sabía cómo llevar una gran casa, organizaba veladas y bailes cuyo objetivo era casar a la única hijita del director, a quien este había llamado con el nombre algo inapropiado de Lavinia. El consejero áulico Sabbäus Kreitmeyr, como la mayoría de los eruditos chapados a la antigua, era un calzonazos, le parecía bien todo lo que su honorable esposa disponía y creía en ella como se cree en las sagradas reglas de la gramática latina. Su Lavinia era una niña muy obediente, no leía novelas, se ocupaba solo de mitología grecolatina y estaba enamorada, no obstante, de su joven profesor de piano, el virtuoso Hans Pauli.

Hans Pauli era un artista nato. La ingenua naturaleza infantil de Lavinia le fascinaba. Aún no tenía propiamente experiencia en el amor, Lavinia era la primera criatura del sexo femenino con la que se había sentado durante horas, en ella encontraba una admiración que no se le dispensaba a menudo; y aunque no podía decirse que la hija del consejero áulico fuese hermosa —tenía la frente un poco ancha y ojos acuosos, descoloridos—, tampoco podía decirse, siquiera por sus bellas proporciones, que fuese precisamente fea. Hans Pauli soñaba además con una mujer alemana, valoraba mucho la fidelidad y exigía, como la mayor parte de los artistas, una mujer femenina con quien pudiera desahogar sus humores y encontrar además consuelo y reposo. Lavinia le pareció la más apropiada y, como a su alrededor aún flotaba el encanto de la juventud en flor, su fantasía de artista le jugó una mala pasada y el incipiente virtuoso de fama se enamoró al instante de la señorita Lavinia Kreitmeyr. La primera noche que pasó en casa de los Kreitmeyr, el señor Anton Wanzl ya reparó en cómo eran las cosas entre ambos. Lavinia Kreitmeyr no le gustó en absoluto. Pero el instinto con que siempre están dotados los alumnos aventajados de la vida le indicó que Lavinia sería una mujer de lo más apropiada para él y el señor consejero áulico un suegro aún mejor. A ese ridículo artista podía mandarlo sin problema a tomar viento. Solo había que darse maña. Y darse maña con algo… eso sí sabía hacerlo Anton.

El señor Anton Wanzl tardó media hora en averiguar que era Cäcilie quien llevaba la voz cantante en la casa. Si quería la mano de la señorita Lavinia, tenía sobre todo que ganarse el corazón de la madre. Y como sabía más de entretener a viejas matriarcas que de hacer lo propio con jóvenes muchachas, combinó, de acuerdo a la vieja regla latina, lo dulce y lo utile y le hizo la corte a la señora del director. Le dedicaba los mismos tiernos halagos que Pauli, en su pura necedad, le habría dedicado a la señorita Lavinia. Y así no tardó en conquistar el corazón de la señora Cäcilie Kreitmeyr. Con su rival, Hans Pauli, Anton mostraba una audaz cortesía irónica. Al músico su sensibilidad artística le revelaba con quién estaba tratando. Él, el necio, el niño, tenía calado a Anton Wanzl mejor que cualquier profesor u hombre sabio. Pero Hans Pauli no era diplomático. Expresaba siempre su opinión a Anton Wanzl sin cortapisas. Anton permanecía frío y objetivo, Pauli se calentaba, Anton salía presto al campo de batalla con su armamento de erudición y a esas armas nada podía oponer Hans Pauli, pues, como tantísimos músicos, no tenía grandes conocimientos, su patosa naturaleza soñadora aplastaba en él lo que en sociedad se llama «espíritu», así que no le quedaba otra que batirse en retirada avergonzado.

Es cierto que la señorita Lavinia suspiraba por Bach y por Beethoven y por Mozart, pero, como buena hija de un filólogo de fama, sentía una veneración igual de grande por la ciencia. Hans Pauli le había parecido un Orfeo a quien Flora y Fauna tenían que escuchar con atención. Pero ahora había venido un Prometeo y había traído directamente el fuego del Olimpo a casa del consejero áulico Kreitmeyr. Hans Pauli se había puesto en evidencia varias veces y apenas contaba en sociedad. A Anton Wanzl, además, el consejero áulico lo tenía en la más alta estima y mamá le cubría de elogios. Lavinia era una hija obediente. Así que, cuando un día el señor Kreitmeyr le aconsejó entregar su mano para siempre al Dr. Wanzl, respondió: «Sí». Idéntico «sí» le fue dado escuchar al felicísimo Anton cuando, humildemente, le hizo la petición a la señorita Lavinia. Se fijó el compromiso para un día preciso, el del cumpleaños de Lavinia. Hans Pauli comprendió entonces la tragedia de su vida de artista. Le sumió en la desesperación que ella hubiese preferido a un Anton Wanzl cualquiera antes que a él, odiaba a los hombres, el mundo, a Dios. Se subió a un vapor y se fue a América, tocó en cines y espectáculos de varietés, se convirtió en un genio malogrado y al final murió de hambre en plena calle.

Una maravillosa tarde de julio se celebró el compromiso en casa del consejero áulico. La señora Cäcilie crujía en un vestido de seda gris, el señor consejero áulico Kreitmeyr se sentía incómodo en un frac que le sentaba mal y tiraba ora de la corbata ladeada, ora de los impecables puños postizos. El señor Anton resplandecía de alegría junto a la novia algo seria, vestida en colores claros; se convocaron brindis y se respondieron, sonaron las copas, retumbaron los vítores a través de las ventanas abiertas y se mezclaron con los bocinazos de los coches.

Afuera, las ondas del Danubio susurraban su canción inmemorial sobre crecer y morir. Llevaban consigo las estrellas y las nubecillas blancas, el cielo azul y la luna. En los setos de jazmín de intensos aromas yacía la noche y detenía el viento en sus brazos suaves para que ni el más leve soplo de aire anduviese por el sofocante mundo.

Mizzi Schinagl estaba en la orilla. No temía las aguas profundas y oscuras que tenía a sus pies. Dentro, todo sería agradable y suave, no se chocaría contra cantos y esquinas como pasaba arriba, en la tierra estúpida, y solo habría peces, criaturas mudas que no podían mentir, mentir terriblemente como los malvados seres humanos.

¡Peces mudos! ¡Mudos! También su hijito fue mudo, nació muerto. «Es mejor así», había dicho la tía Marianne. Sí, claro, realmente era lo mejor. ¡Y la vida era tan hermosa! Hoy hace un año. Sí, si el niño viviera, debería vivir también ella, la madre. ¡Pero ahora! El niño estaba muerto, y la vida muerta igual…

De pronto atravesó el silencio de la noche una canción entonada por profundas voces de hombres. Cánticos de las fraternidades, viejas canciones…, eran estudiantes.

¿Eran todos los estudiantes así? ¡No! ¡Wanzl no era así!

¡Ni siquiera era un estudiante como Dios manda! ¡Sí, ella lo conocía bien! ¡Un cobarde es lo que era, un hipócrita, un impostor! ¡Cómo lo odiaba!

Las canciones sonaban cada vez más cercanas. Se oían claramente los pasos.

Los miembros de la hermandad de Anton volvían de una fiesta de verano. El señor Xandl Hummer, estudiante de leyes, cerca ya de los cuarenta, en su decimoctavo semestre, apodado Barril de cerveza, no se emborrachaba fácilmente y en ese momento tomaba impulso con brío. Sus ojillos atisbaban a lo lejos, en la orilla, una figura femenina.

—¡Epa! Camaradas, hay una vida que salvar —dijo—. Señorita —alzó la voz—, ¡espere un momento! ¡Ya llego!

Mizzi Schinagl lanzó una mirada turbia a la cara hinchada de Xandl. Una idea repentina le atravesó la mente. Y si…, sí, claro, ¡se vengaría! ¡Se vengaría del mundo, de la sociedad!

Mizzi Schinagl se rio. Una risa chillona, penetrante. Así se reía una…, pensó. Aún echó un último vistazo al agua. Y después se quedó un rato mirando fijamente a la nada.

No escuchaba las bromas vulgares del estudiante. Xandl la tomó del brazo. Triunfalmente, se la llevó a su cuchitril.

La mañana siguiente, Barril de cerveza la llevó a la pensión de la tía Waclawa Jancic, en el Spittel.

El señor Anton regresó con su joven esposa del viaje de bodas y de las vacaciones. Era un profesor escrupuloso, severo, justo. Crecía a ojos de los superiores, tenía su importancia en la mejor sociedad y estaba trabajando en una obra científica. Su sueldo subía y subía, pasaba de una categoría a la siguiente. Sus padres le habían hecho el favor de morirse casi al mismo tiempo, poco después de su boda. El señor Anton Wanzl, sin embargo, para estupor de todos, pidió que lo trasladaran a su ciudad natal.

Allí administraba el pequeño instituto un viejo director, un hombre despreocupado, soltero, sin mujer ni hijos, que vivía solo en el pasado y no se ocupaba de sus deberes. Sin embargo, le gustaba su puesto, necesitaba ver a su alrededor caras sonrientes y jóvenes, cuidar los árboles del parque grande, que los ciudadanos de la pequeña ciudad le saludaran con respeto. El anciano daba pena a los del consejo escolar provincial, que ya solo esperaban su muerte.

Anton Wanzl llegó y pronto tuvo en su mano la administración de la escuela. Como era el más antiguo en su rango, se convirtió en secretario, redactaba informes para el consejo escolar, administraba la caja, supervisaba las clases y las reparaciones, imponía orden. De tanto en tanto, iba a Viena y en las veladas que, si bien cada vez con menos frecuencia, aún organizaba su suegra, tenía ocasión a veces de informar de palabra a algún caballero del Gobierno civil. Se le daba a las mil maravillas llamar la atención sobre su trabajo, hablar de su director con un sutil tono compasivo en la voz y acompañar sus palabras con un elocuente encogimiento de hombros. La señora Cäcilie Kreitmeyr hacía lo demás.

Un día, el viejo señor director estaba dando un paseo con su secretario, el Dr. Wanzl, en los hermosos jardines del instituto. El anciano disfrutaba viendo los árboles, de cuando en cuando pasaba a toda prisa un rostro joven y fresco y volvía a desaparecer. El anciano corazón del director se sentía feliz.

En ese momento, apareció el conserje por el paseo, saludó y le entregó una carta muy voluminosa. El señor director abrió el gran sobre blanco con mucho cuidado, sacó la hoja con el gran sello oficial y empezó a leer. Una expresión de horror vivificó de pronto sus rasgos viejos y flácidos. Hizo un movimiento, como si quisiera agarrarse el corazón, se tambaleó y cayó. Pocos minutos después estaba muerto en los brazos de su secretario.

Al señor director Dr. Anton Wanzl le iban bien las cosas. Su ambición dormía desde hacía años. Cierto es que a veces pensaba en la cátedra universitaria que podría haber alcanzado, aunque pronto volvía a dejarlo estar. Se sentía muy satisfecho consigo mismo. Y aún más con las personas. A veces, en el rincón más recóndito de su corazón, se reía de la credulidad del mundo. Pero sus labios pálidos permanecían cerrados. Ni siquiera solo, entre sus cuatro paredes, reía en alto. Temía que los muros tuviesen no solo oídos, sino también ojos, y pudieran traicionarlo.

No tenía niños, tampoco los deseaba. Era el amo de la casa, su esposa lo tenía en un pedestal, sus alumnos lo veneraban. Pero hacía años que no iba a Viena.

Allí le había ocurrido una gran fatalidad. Volviendo una noche de la ópera con su mujer, le salió al paso en una esquina una mujerzuela emperifollada, lanzó una mirada a Lavinia y se rio estridentemente. Durante mucho tiempo resonó esa risa salvaje en los oídos del señor Anton Wanzl.

El director Wanzl aún vivió feliz una larga temporada junto a su mujer. Pero, poco a poco, sus fuerzas, que tanta tensión habían soportado, fueron cediendo. Su sobrecargado organismo se vengaba. Su debilidad, tanto tiempo contenida por el poder de una voluntad rigurosa, se manifestó de pronto. Una pulmonía severa mandó a Anton Wanzl a un hospital que ya no abandonaría. Después de algunas semanas de graves sufrimientos, Anton Wanzl murió.

Vinieron todos los alumnos, todos los habitantes de la pequeña ciudad, coronas con lazos negros cubrían la tumba, se dieron discursos, se pronunciaron palabras de despedida.

Pero Anton Wanzl yacía dentro, en lo más profundo del ataúd negro de metal, y reía. Anton Wanzl reía por primera vez. Se reía de la credulidad de las personas, de la estupidez del mundo. Ahí podía reír. Las paredes de su caja negra no podían traicionarle. Y Anton Wanzl reía. Reía fuerte y de todo corazón.

Sus alumnos insistieron en poner a su venerado  y querido director una lápida de mármol. Sobre ella, bajo el nombre del finado, estaban los siguientes versos:

«¡Practica siempre la lealtad y la honradez / hasta la fría tumba!»

Traducción de Alberto Gordo Moral