Desde chica asumí que debía cuidar a mi madre y mantenerme sola lo antes posible. Esto fue reforzado por el mensaje de mi abuelo, que siendo el patriarca incuestionable de mi familia, comprendía la desventaja de ser mujer y quiso darme las armas para que nunca tuviera que depender. Pasé los primeros ocho años de mi vida bajo su tutela volví a vivir con él a los dieciséis, cuando el tío Ramón nos mandó a mis hermanos y a mí de vuelta a Chile. Estábamos viviendo en el Líbano, donde él era cónsul, cuando en 1958 una crisis política y religiosa amenazó con sumir al país en una guerra civil. Mis hermanos fueron a una escuela militar en Santiago y yo a casa de mi abuelo.

Mi tata Agustín empezó a trabajar a los catorce años a raíz de la muerte de su padre, que dejó a la familia desvalida. Para él la vida consistía en disciplina, esfuerzo y responsabilidad. Llevaba la cabeza en alto: el honor es lo primero. Crecí en su escuela estoica: evitar toda ostentación y despilfarro, no quejarse, aguantar, cumplir, no pedir ni esperar nada, valerse sola, ayudar y servir a otros sin hacer alarde.

Le oí varias veces este cuento: había una vez un hombre que tenía un solo hijo al que amaba con toda su alma. Cuando el chico cumplió doce años, el padre le dijo que se tirara del balcón del segundo piso sin miedo, porque él lo recibiría abajo. El hijo obedeció, pero el padre cruzó los brazos y permitió que el niño se rompiera varios huesos al estrellarse en el patio. La moraleja de ese cuento cruel es que no se debe confiar en nadie, ni siquiera en el padre.

A pesar de su rigidez, mi abuelo era muy querido por su generosidad y su incondicional servicio al prójimo. Yo lo adoraba. Recuerdo su melena blanca, su risa estruendosa de dientes amarillos, sus manos retorcidas por la artritis, su travieso sentido del humor y el hecho irrefutable, aunque jamás admitido, de que yo era su nieta favorita. Sin duda hubiera deseado que yo fuera varón, pero se resignó a quererme a pesar de mi género, porque yo le recordaba a su mujer, mi abuela Isabel, de quien tengo el nombre y la expresión de los ojos.

En la adolescencia fue evidente que y no calzaba en ninguna parte y le tocó a mi pobre abuelo lidiar conmigo. No es que yo fuera perezosa o atrevida, por el contrario, era muy buena alumna y obedecía las reglas de convivencia sin protestar, pero vivía sumida en un estad  de furia contenida que no se manifestaba en pataletas o portazos sino en un eterno silencio acusador. Era un nudo de complejos; me sentía fea, impotente, invisible  presa en un presente chato y muy sola. No pertenecía a un grupo; me sentía diferente y excluida. Combatía la soledad leyendo vorazmente y escribiéndole a diario a mi madre, quien del Líbano fue a dar  a Turquía. Ella también me escribía muy seguido y no nos importaba que las cartas demoraran varias semanas en llegar. Así comenzó la correspondencia que mantuvimos siempre.

Desde chica tuve una consciencia aguda de las injusticias del mundo. Recuerdo que en mi infancia las empleadas domésticas trabajaban de sol a sol, salían muy poco, ganaban una miseria y dormían en celdas sin ventana con un camastro y una cómoda desvencijada por todo mobiliario. (Eso era en los años cuarenta y cincuenta, por supuesto que ya no es así en Chile.) En la adolescencia mi inquietud por la justicia se acentuó tanto que mientras otras muchachas andaban pendientes de su apariencia y de atrapar novios, yo predicaba el socialismo y feminismo. Con razón no tenía amigas. Me indignaba la desigualdad, que en Chile era enorme en materia de clase social, oportunidades e ingresos.

La peor discriminación es contra los pobres —siempre lo es—, pero a mí me pesaba más la que soportaban las mujeres, porque me parecía que a veces se puede salir de la pobreza, pero nunca de la condición determinada por el género. Nadie soñaba entonces con la posibilidad de cambiar de sexo. Aunque siempre tuvimos luchadoras que consiguieron el voto femenino y otros derechos, mejoraron la educación y participaron en política, en salud pública, y en las ciencias y las artes, estábamos a años luz de los movimientos feministas de Europa y Estados Unidos. Nadie en mi ambiente hablaba de la situación de la mujer, ni en mi casa ni en el colegio ni en la prensa, así es que no sé dónde adquirí esa consciencia en aquella época.

Permítanme hacer una breve digresión sobre la desigualdad. Hasta 2019, Chile se consideraba el oasis de América Latina, un país próspero y estable en un continente sacudido por vaivenes políticos y violencia. El 1 de octubre de ese año el país y el mundo se llevaron una sorpresa cuan- do estalló la ira popular. Las cifras económicas optimistas no mostraban la distribución de los recursos ni el hecho de que la desigualdad en Chile es una de las más altas del mundo. El modelo económico de neoliberalismo extremo, impuesto por la dictadura del general Pinochet en los años setenta y ochenta, privatizó casi todo, incluso los servicios básicos como el agua potable, y le dio carta blanca al capital, mientras la fuerza laboral estaba duramente reprimida. Eso produjo un boom económico durante un tiempo y permitió el enriquecimiento desenfrenado de unos pocos, mientras el resto de la población sobrevive con dificultad a crédito. Es cierto que la pobreza disminuyó a menos del 10 %, pero esa cifra no revela la extensa pobreza disimulada de la clase media baja, la clase trabajadora y los jubilados, que reciben pensiones miserables. El descontento se acumuló durante más de treinta años.

En los meses siguientes a octubre de 2019, millones de personas salieron a protestar en las calles de todas las ciudades importantes del país, al comienzo en forma pacífica, pero pronto empezaron actos de vandalismo. La policía reaccionó con una brutalidad que no se había visto desde la época de la dictadura.

Al movimiento de protesta, que no tenía líderes visibles ni estaba ligado a partidos políticos, se fueron sumando di- versos sectores de la sociedad que exigían sus propias reivindicaciones, desde los pueblos originarios hasta estudiantes, sindicatos, colegios profesionales, etc., y, por supuesto, grupos feministas.

«Vas a recibir mucha agresión y pagarás un precio muy alto por tus ideas», me advertía mi madre, preocupada. Con mi carácter nunca iba a conseguir un marido y la peor suerte era quedarse solterona; ese rótulo se aplicaba más o menos a partir de los veinticinco años. Había que apurarse. Nos esmerábamos en echarle el lazo a un novio y casarnos deprisa, antes de que otras chicas más listas atraparan a los mejores partidos. «A mí también me revienta el machismo, Isabel, pero qué le vamos a hacer, el mundo es así y ha sido siempre igual», me decía Panchita. Yo era buena lectora y había aprendido en los libros que el mundo cambia constantemente y la humanidad evoluciona, pero los cambios no llegan solos, se obtienen con mucha guerra.

Soy impaciente; ahora comprendo que pretendía inyectarle feminismo a mi madre contra su voluntad, sin tener en cuenta que ella venía de otra época. Pertenezco a la generación de transición entre nuestras madres y nuestras hijas y nietas, la que imaginó e impulsó la revolución más importante del siglo xx. Se podría alegar que la Revolución rusa de 1917 fue la más notable, pero la del feminismo ha sido más profunda y duradera, afecta a la mitad de la humanidad, se ha extendido y tocado a millones y millones de personas y es la esperanza más sólida de que la civilización en que vivimos puede ser reemplazada por otra más evolucionada. Eso fascinaba y asustaba a mi madre. La habían criado con otro de los axiomas de mi tata Agustín: más vale malo conocido que bueno por conocer.

Tal vez les he dado la impresión de que mi madre era una de esas matronas convencionales típicas de su medio social y su generación. No era así. Panchita escapaba al molde habitual de las señoras de su medio. Si temía por mí, no era por pudibunda o por anticuada, sino por lo mucho que me quería y por su experiencia personal. Estoy segura de que sin saberlo plantó en mí la semilla de rebelión. La diferencia entre nosotras es que ella no pudo hacer la vida que hubiera preferido —en el campo, rodeada de animales, pintando y paseando por los cerros—, sino que se plegó a los deseos de su marido, quien decidía las destinaciones diplomáticas, a vece  sin consultarla, e impuso un estilo de vida urbano y gregario. Tuvieron un amor muy largo, pero conflictivo, entre otras cosas porque la profesión de él tenía exigencias que iban contra la sensibilidad de ella. Yo, en cambio, fui independiente desde muy joven.

Panchita nació veinte años antes que yo y no alcanzó a elevarse con la ola del feminismo. Entendió el concepto y creo que lo deseaba para sí misma, al menos en teoría, pero demandaba demasiado esfuerzo. Le parecía una utopía peligrosa que acabaría por destruirme. Habrían de pasar casi cuarenta años para que comprendiera que lejos de destruirme, me había forjado y me permitió hacer casi todo lo que me propuse. A través de mí, Panchita pudo realizar algunos de sus sueños. A muchas hijas nos ha tocado vivir la vida que nuestras madres no pudieron vivir.

En una de nuestras largas conversaciones de la edad madura, después de mucha lucha, de algunos fracasos y ciertas victorias, le dije a Panchita que había soportado bastante agresión, como ella me advirtió, pero por cada golpe recibido, pude asestar dos. No habría podido vivir de otra manera, porque mi rabia de la infancia no hizo más que aumentar con el tiempo; nunca acepté el limitado rol femenino que me asignaron la familia, la sociedad, la cultura y la religión. A los quince años me alejé de la Iglesia para siempre, no por falta de fe en Dios —eso vino más tarde—, sino por el machismo inherente a  toda organización religiosa. No puedo ser miembro de una institución que me considera persona de segunda clase y cuyas autoridades, siempre hombres, imponen sus reglas con la fuerza del dogma y gozan de impunidad.

Me definí como mujer a mi manera, en mis propios términos, dando palos de ciega. Nada era claro, porque no tuve modelos para emular hasta más tarde, cuando comencé a trabajar como periodista. No fueron decisiones racionales o conscientes, me guio un impulso incontenible. «El precio que he pagado por una vida de feminismo es una verdadera ganga, mamá; volvería a pagarlo multiplicado por mil», le aseguré.

Llegó un momento en el que fue imposible callar mis ideas ante mi abuelo y entonces me llevé una sorpresa. Ese viejo orgulloso de su origen vasco, católico, anticuado, testarudo y maravilloso, un caballero de pura cepa, de esos que retiran las sillas y abren las puertas de las damas, se escandalizaba con las teorías de su nieta descabellada, pero al menos estaba dispuesto a escucharla, siempre que ella no alzara la voz; una señorita debe tener buenas maneras y decoro. Era más de lo que se podía esperar y más de lo que pude obtener del tío Ramón, quien era una generación más joven que mi tata Agustín, pero no tenía el menor interés en las obsesiones de una chiquilla y mucho menos en el feminismo.

El mundo del tío Ramón era perfecto; él estaba bien situado en el palo superior del gallinero, no tenía por qué cuestionar las reglas. Se había educado en los jesuitas y nada le producía tanto placer como una buena discusión. Argumentar, rebatir, convencer, ganar… ¡qué delicia! Conmigo discutía de todo, desde las vicisitudes de Job, el de la Biblia, a quien Dios y el Diablo pusieron a prueba (un babieca, según él, y un santo varón según yo), hasta Napoleón (a quien él admiraba y a mí me cargaba). Al final siempre me humillaba, porque no había manera de derrotarlo en la esgrima intelectual aprendida de los jesuitas. El tema del machismo lo aburría, así que de eso no hablábamos.

Una vez, en el Líbano, le conté al tío Ramón de Shamila, una chica de Pakistán que estaba interna en mi colegio y lloraba porque en las vacaciones tenía que ir donde su familia. En ese colegio inglés había niñas protestantes, católicas, maronitas, judías y algunas musulmanas, como Shamila. Me contó que su madre había muerto y su padre la puso interna lejos de su país porque era la única hija y temía que «se le arruinara». Un traspié de la hija sería un deshonor para la familia que solo se lavaba con sangre. La virginidad de Shamila era más valiosa que su vida.

Cuando ella llegó a su casa, vigilada por una dueña, su padre, un hombre muy tradicional, se horrorizó ante las costumbres occidentales que su hija había adquirido en el internado. Una niña decente y pura andaba cubierta, no podía mirar a los ojos, salir sola a ninguna parte, escuchar música, leer o comunicarse directamente con alguien del sexo opuesto; era propiedad de su padre. Shamila, que tenía catorce años, se atrevió a cuestionar la decisión  de casarla con un hombre treinta años mayor, un com ¡erciante que ella nunca había visto. Recibió una paliza y fue encerrada durante los dos meses de las vacacione . Las palizas se repitieron hasta quebrarle la voluntad.

Mi amiga volvió al colegio flaca, ojerosa y muda a recibir su diploma y recoger sus cosas; era una sombra de quien había sido. Acudí al tío Ramón, porque se me ocurrió que, para librarse de su suerte, Shamila debía escapar y pedir asilo en el consulado chileno. «De ninguna manera. Imagínate el problema internacional que sería si me acusan de escamotear a una menor de edad de la tutela de su familia, eso equivale a rapto. Me apena la situación de tu amiga, pero no puedes ayudarla. Agradece que esa no es tu realidad», me dijo, y procedió a tratar de convencerme de que abrazara una causa algo menos ambiciosa que cambiar la cultura imperante durante siglos en Pakistán.

Por cierto, el matrimonio prematuro y obligatorio todavía se practica en países como Yemen, Pakistán, India, Afganistán y algunos de África, generalmente en zonas rurales, pero también ocurre en Europa entre inmigrantes y en Estados Unidos en ciertos grupos religiosos, con dramáticas consecuencias físicas y psicológicas para las niñas. La activista Stephanie Sinclair ha dedicado buena parte de su vida a documentarlo con sus fotografías de niñitas casadas a la fuerza con hombres que podrían ser sus padres o abuelos y otras que son madres en la pubertad, antes de que sus cuerpos estén preparados para el embarazo y la maternidad. (Pueden ver su trabajo en <https://stephaniesincl  ir.com/>)

Mi primer empleo fue como secretaria copiando esta- dísticas forestales a los diecisiete años. Con mi primer sueldo le compré un par de perlas para las oreja  a mi madre y después empecé a ahorrar para casarme porque a pesar de los pronósticos fatalistas atrapé por casualidad a un novio. Miguel era estudiante de ingeniería, alto, tímido y medio extranjero; la madre era inglesa, el abuelo alemán y se había educado interno desde los siete años en un colegio inglés, donde le inculcaron a golpes de varilla el amor por Gran Bretaña y virtudes victorianas poco prácticas en Chile.

Me aferré a él con desesperación, porque era un tipo realmente bueno, soy romántica, estaba enamorada y, en abierta contradicción a mis prédicas feministas, temía quedarme solterona. Tenía veinte años cuando nos casamos. Mi madre suspiró aliviada y mi abuelo le advirtió al novio que iba a tener muchos problemas conmigo si no lograba domarme, como a los caballos. A mí me preguntó en tono sarcástico si en realidad pensaba cumplir los votos de fidelidad, respeto y obediencia hasta que la muerte nos separara.

Miguel y yo tuvimos dos niños, Paula y Nicolás. Hice un esfuerzo grande por cumplir con el papel de esposa y madre. No quería admitir que me estaba muriendo de tedio; el cerebro se me estaba convirtiendo en sopa de fideos. Me imponía mil tareas y andaba corriendo de un lado a otro como ratón envenenado para no pensar demasiado. Amaba a mi marido y recuerdo los primeros años de mis hijos como una época feliz, aunque por dentro me quemaba de inquietud.

Todo cambió para mí en 1967, cuando entré a colaborar como periodista en Paula, una revista  femenina/feminista que recién aparecía en el mercado. El nombre no tiene nada que ver con mi hija; Paula era uno de esos nombres que de pronto se ponen de moda. La directora era Delia Vergara, una periodista joven y hermosa, que había vivido un tiempo en Europa y tenía una visión muy clara del tipo de publicación que deseaba y con eso en mente formó su pequeño equipo. Esa revista me salvó de perecer sofocada por la frustración.

Éramos cuatro mueres de veintitantos años dispuestas a sacudir la mojigatería chilensis. Vivíamos en un país socialmente muy conservador y de mentalidad provinciana, don- de las costumbres no habían cambiado mucho desde el siglo anterior. Buscábamos inspiración en revistas y libros de Europa y Norteamérica. Leíamos a Sylvia Plath y Betty Friedan, después a Germaine Greer, Kate Millett y otras escritoras que nos ayudaron a afinar ideas y expresarlas de manera elocuente.

Opté por el humor, porque me di cuenta rápidamente de que las ideas más atrevidas eran aceptables si provocaban una sonrisa. Así nació mi columna Civilice a su troglodita, que ridiculizaba al machismo, y por una ironía del destino, era muy popular entre los hombres. «Tengo un amigo que es igual a tu troglodita», me decían. Siempre un amigo. Algunas lectoras, en cambio, solían sentirse amenazadas, porque esa columna sacudía el fundamento de su mundo doméstico.

Me sentí a gusto en mi piel por primera vez. No era una lunática solitaria, había millones de mujeres que compartían las mismas inquietudes; existía un movimiento de liberación femenina al otro lado de la cordillera de los Andes y nuestra revista pretendía difundirlo en Chile.

De esas intelectuales extranjeras  cuyos libros leíamos, aprendí que la rabia sin un propósito es inútil y hasta dañina, debía actuar si pretendía cambiar las cosas. La revista Paula me dio la oportunidad de transformar en acción el desasosiego tremendo que me atormentaba desde la infancia.

¡Podía escribir! Había cientos de tabúes que deseábamos romper en las páginas de la revista y que incumbían directamente a las mujeres: sexo, dinero, leyes discriminatorias, drogas, virginidad, menopausia, anticonceptivos, alcoholismo, aborto, prostitución, celos, etc. Cuestionábamos conceptos sagrados, como la maternidad, que exigía sacrificio y abnegación total de un solo miembro de la familia, y ventilábamos secretos como la violencia doméstica y la infidelidad femenina, de la cual no se hablaba jamás, eso era privativo de los varones, aunque bastaba hacer el cálculo para ver que las mujeres eran tan infieles como los hombres, si no ¿con quién se acostaban ellos? No podía ser siempre con el mismo grupo de voluntarias.

Mis tres compañeras y yo escribíamos con un cuchillo entre los dientes; éramos una pandilla temible. ¿Qué queríamos cambiar? Nada menos que el mundo, y con la arrogancia de la juventud, pensábamos que se podía hacer en unos diez o quince años. Estoy hablando de hace más de medio siglo y miren dónde estamos todavía, pero no he perdido la confianza de que se puede lograr y mis colegas de entonces, que ahora están tan viejas como yo, tampoco la han perdido. Disculpen por usar el término «vieja», que hoy parece ser peyorativo. Lo hago a propósito, porque estoy orgullosa de serlo.

Cada año vivido y cada nueva arruga cuentan mi historia.

Sylvia Plath, activista y poeta, decía que su mayor tragedia era haber nacido mujer. En mi caso ha sido una bendición. Me ha tocado participar en la revolución femenina, que  a medida que se consolida va cambiando la civilización, aun- que a lento paso de cangrejo. Mientras más vivo, más contenta estoy de pertenecer a mi género, sobre todo porque di a luz a Paula y Nicolás; esa experiencia trascendental, que hasta ahora los hombres no tienen, definió mi existencia. Los momentos más felices de mi vida fueron cuando sostuve a mis niños recién nacidos en mi pecho. Y el momento más doloroso fue cuando sostuve a Paula moribunda en mis brazos.

No siempre me gustó ser mujer, de chica quería ser hombre, porque era evidente que mis hermanos tenían un futuro más interesante que el mío. Me traicionaron las hormonas y a los doce años se me marcó la cintura y me salieron dos ciruelas sobre las costillas; entonces empecé a darle vueltas a la idea de que en vista de que no podía ser hombre, al menos iba a vivir como si lo fuera. Con tenacidad, esfuerzo y buena suerte lo he logrado.

Racionalmente, pocas mujeres podrían estar tan satisfechas como yo en su condición femenina, porque soportan una infinita injusticia como si fuera una maldición divina, pero resulta que a la mayoría nos gusta ser mujer, a pesar de todo. La alternativa nos parece peor. Por fortuna está creciendo el número de aquellas que logran vencer las limitaciones que se les impone. Se requiere una visión clara, un corazón apasionado y una voluntad heroica para enfrentar la fatiga y las derrotas del camino. Es lo que inculcar en nuestras hijas y nietas.