Prólogo

Tras el Final llegó el Principio. Al Principio éramos ocho, luego nueve —esa era yo—, un número que ya no haría más que disminuir. Nos encontramos los unos a los otros en el camino, tras abandonar Nueva York en busca de la seguridad de los pastos del interior. Los habíamos visto en las películas, aunque no sabíamos en cuáles exactamente. Eran muchas las cosas que no ocurrían del mismo modo que en la pantalla.

Éramos expertos en marketing y abogados especializa­dos en propiedad y profesionales de recursos humanos y consultores financieros personales. No sabíamos cómo se hacía nada, así que lo buscábamos todo en Google. Busca­mos «cómo sobrevivir en la naturaleza», y Google nos devol­vió imágenes de hiedras tóxicas, huellas de oso e insectos de cuyo veneno era mejor alejarse. No estaba mal, pero quería­mos saber cómo ir a la ofensiva, en contra de todo. Buscamos «cómo hacer fuego» y vimos en YouTube vídeos de hogueras encendidas mediante el choque del pedernal y el acero, del pedernal y el pedernal, con lupas puestas al sol. No pudimos encontrar el pedernal, ni siquiera sabíamos cómo identifi­carlo, y ya habíamos probado con las gafas de Bob. Alguien encontró un mechero Bic en una chaqueta vaquera. Atrave­samos la noche con el fuego y dimos a una mañana que nos condujo a un Walmart desierto. Reunimos agua embotellada y crema exfoliante y también iPods y cervezas y bronceador y lo metimos todo en nuestros Jeeps robados. Al fondo en­contramos armas y munición, trajes de camuflaje, mirillas y cargadores. Buscamos en Google «cómo disparar», y cuando lo intentamos nos asustó el retroceso, el olor a sal y a humo, el drama litúrgico que suponía hacer todo aquello en el bos­que. Pero, aunque lo hiciéramos mal, con la mano blanda y sin dar al blanco, disfrutamos disparando aquellas armas. Bajo nuestros índices justicieros murieron botellas de cerve­za, murieron ejemplares de Vogue, murieron peluches, reto­ños de roble, ardillas y ciervos. Nos dimos un festín.

Google no nos duró mucho. Tampoco internet ni ningu­na otra infraestructura, pero al principio del Principio nos permitió alardear, aunque fuera —en ausencia de otros— ante nosotros mismos. ¿Quién nos iba a envidiar, quién esta­ría orgulloso de nosotros? Nuestras búsquedas en Google se volvieron más oscuras e introspectivas. Buscamos «pirámide de Maslow» para ver cuántas de las necesidades podíamos cubrir. Las dos primeras. Buscamos «supervivientes fiebre 2011» con la esperanza de que hubiera otros como nosotros, y todo lo que encontramos fueron los mismos artículos de siempre, desactualizados y poco concluyentes. Buscamos «siete etapas duelo» para saber en cuál estábamos. En la Ira, los más lentos en la Negación. Buscamos «¿Dios existe?» y le dimos a «Voy a tener suerte». Google nos envió a una página con un teléfono de prevención del suicidio. Durante los doce tonos que tardamos en colgar mantuvimos la respiración esperando a alguien, una voz que confirmara que —a pesar de las inflexibles afirmaciones de Bob— no éramos los únicos supervivientes. No hubo respuesta.

De este y otros episodios dedujimos que estábamos so­los. Realmente solos.

Tras semanas de locura y estancamiento nos reunimos para trazar un plan. Bob, un hombre bajo y robusto que ha­bía trabajado en el sector de la informática, se había auto­proclamado líder. Era algo mayor que el resto, aunque na­die sabía cuánto porque preguntarle habría sido una falta de respeto. Se ponía en plan gótico cuando le apetecía y sabía lo que era estar solo. Había jugado a cada edición del War­craft con un fervor casi religioso; era como si hubiera estado preparándose para esto, esta cosa, su vocación. Llevaba el brazo derecho en un cabestrillo pegado al pecho, metido en la camisa a causa de una cirugía chapucera del túnel carpia­no. Aun con esa tara se le daba muy bien dirigir a los demás según su voluntad. Y había cosas de las que ocuparse. Necesitábamos que nos dijeran qué había que hacer. Recibíamos sus órdenes, claras y concisas, como maná celestial.

—He encontrado un lugar en el que quedarnos —dijo Bob fumando de su cigarrillo electrónico. El aroma a vainilla francesa flotaba en el aire de la noche.

Nos sentamos a escuchar alrededor de la fogata. Nos contó que había comprado un gigantesco complejo de dos plantas en Chicago con algunos compañeros del instituto.

—¿Para qué? —preguntó Janelle con cierta indiferen­cia—. ¿Por si llegaba el Apocalipsis?

—Para cuando llegara el Apocalipsis —corrigió Bob—. Siempre supimos que pasaría. Aunque yo, personalmente, no pensé que fuera a ser tan pronto.

Bob dio otra calada a su cigarrillo electrónico antes de continuar.

—En las Instalaciones hay de todo —nos informó—. Hay techos altos y amplios. Una parte es de cristal, así que tiene mucha luz. También hay un cine. Quizá el proyector aún funcione. Cada uno tendría una habitación.

Nos pensamos lo de Chicago. El centro de las praderas de la región de los Grandes Lagos, a pesar de sus largos y duros inviernos, abunda en oportunidades para meter en conserva tubérculos y frutas de hueso. Todas las diversas sensibilidades del Medio Oeste encarnadas en la enorme y benéfica balan­za del diseño urbanístico, sobre todo en River North y en el centro, en las grandes manzanas, los amplios edificios y, al atardecer, en la rica luz dorada que choca con su arquitectura moderna y majestuosa, con estructuras que han sobrevivido a incendios e inundaciones, a tantos incendios e inundaciones...

—Un entorno así —explicó Bob— resultará beneficioso para nuestra condición privilegiada, para nuestra naturaleza de supervivientes. Podremos acampar al abrigo de la brisa del lago, echar raíces que sustenten nuestras nuevas vidas y procrear entre nosotros. Amaríamos incondicionalmente a la prole surgida de la combinación de nuestras diversas ofer­tas étnicas. Chicago es la más americana de las ciudades ame­ricanas. De hecho —se corrigió—, es Needling. Needling, Illinois. Está a las afueras de Chicago.

—No pienso vivir en la periferia —anunció Janelle.

—¿Por qué? ¿Tienes en mente un lugar mejor? —se bur­ló Todd.

Hacer planes nos animó y, como nos quedamos bebiendo hasta tarde, acabamos elucubrando sobre temas elevados. ¿Qué es internet sino memoria colectiva? Cualquier cosa que ya se haya hecho la podemos hacer mejor. La maniobra de Heimlich. El parto de nalgas. El foxtrot. Las bombas de glicerina. La fabri­cación de velas a medida. En nuestras limitadas reservas gené­ticas puede que acechen tumores cerebrales metastásicos y todo tipo de depresiones y fibrosis quísticas latentes, pero tam­bién altos coeficientes intelectuales y talento para las lenguas romances. Podríamos ir más allá. Podríamos ser mejores.

Cualquier cosa era mejor que lo que sentíamos en el fon­do: vergüenza, muchísima vergüenza por ser los únicos su­pervivientes. Otros —si es que había otros— también se sen­tirían así. Estábamos avergonzados por haber dejado gente atrás, por tomar lo que nos convenía allá donde lo encontrá­ramos, por robar a aquellos que no podían defenderse. Nos sabíamos cobardes e hipócritas, mentirosos, dañinos, y dar con la confirmación de esa sospecha no suponía un alivio sino un horror. Si el Final era la forma en que la Naturaleza nos castigaba para recordarnos cuál era nuestro lugar, había funcionado. Antes nada estaba claro; ahora sí.

La vergüenza nos unía. Por la mañana buscamos en Google «tatuajes caseros» y hervimos agujas de coser. Borra­chos y melancólicos, nos grabamos unos pequeños rayos en los antebrazos para simbolizar nuestro vínculo. Se decía que el jefe indio Caballo Loco había descubierto que saldría vic­torioso siempre que no se detuviera a saquear los restos de la batalla, y que para no olvidarlo había tatuado rayos tras las orejas de sus caballos. Golpea rápido, golpea primero.

La clave —nos recordamos a nosotros mismos— era no detenerse, continuar siempre en movimiento, incluso cuan­do el pasado nos llamara desde un tiempo al que todavía ten­díamos, al que aún cantábamos cuando estábamos tranqui­los. Los cañones de edificios de oficinas por toda la Quinta Avenida. Los empresarios suizos y japoneses que, ociosos, sorbían chocolate caliente en Bryant Park. El sol lánguido que atravesaba las ventanas de nuestras oficinas del midtown, cuando ya casi era la hora de huir hacia los placeres de la tarde: una cena frugal apoyados en la encimera de la cocina, un capítulo de una serie, un cóctel con los amigos.

La verdad es que yo no estuve allí desde el Principio. No estuve en los googleos ni en el asalto al Walmart ni en los festines ni en los tatuajes espontáneos y masivos. Fui la última en salir de Nueva York y la última en unirme al grupo. Para cuando me encontraron, las infraestructuras ya habían colapsado. Inter­net se había ido por el sumidero, la red eléctrica había dejado de funcionar y el grupo ya estaba de camino a las Instalaciones. Lo primero que vieron fue el amarillo nostálgico del ve­hículo que había aparcado junto a una carretera, en Pensilva­nia. En la puerta ponía NYC TAXI. Era un Ford Crown Victo­ria, un modelo antiguo que las empresas de taxis habían dejado de usar hacía tiempo. Bob me dijo más tarde que parecía que hubiera llegado allí con una máquina del tiempo, directamen­te desde los ochenta. Esa fue mi entrada. Las autopistas esta­ban atestadas de coches abandonados, pero era la primera vez que daban con un taxi de Nueva York en medio de la nada. El taxímetro aún funcionaba. La luz seguía encendida.

Me encontraron deshidratada y semiinconsciente en la parte de atrás. No hablaba.

Lo cierto es que me quedé en la ciudad tanto tiempo como me fue posible. Me resistía a marcharme. Creo que es­ peraba a que algo cambiara, a infectarme como todos los de­ más. No pasó nada. Esperé y esperé. Sigo esperando.

Ling Ma. Foto: AnjaliPinto

1

El Final no te da tiempo para que te prepares, sobreviene sin previo aviso. Tiene la forma de algo cotidiano. Había ido a Greenpoint a ver a mi novio nada más salir del trabajo. Me gustaba quedarme allí en las cálidas noches de verano porque vivía en un sótano oscuro y fresco. Hacíamos la cena: sofritos veganos con arroz. Nos duchábamos y veíamos una película proyectada en su pared.

Ese día tocaba Manhattan. Yo no la había visto y, aun­que la diferencia de edad entre Woody Allen y Mariel He­mingway me daba un poco de grima, me gustaron las tomas iniciales de Nueva York con la música de Gershwin, y tam­bién la escena en la que Woody Allen y Diane Keaton se quedan atrapados bajo la lluvia en Central Park y buscan refugio en el Museo de Historia Natural, húmedos y a cobijo en la oscuridad cavernosa del planetario. Viéndola en la pantalla, Nueva York me parecía una ciudad desconocida, y volví a verla como la había visto en el instituto: romántica, desaliña­da, aún sin gentrificar del todo, llena de promesas. Tras ha­ber pasado allí cinco años, sentí nostalgia más por su imagen que por la verdadera Nueva York. Cuando la película termi­nó y apagamos las luces, nos tumbamos en su colchón, y pensé que Nueva York es probablemente el único lugar don­ de, en cierto sentido, todo el mundo ha estado ya, gracias al imaginario común, antes de poner un pie en la ciudad.

Estaba contándole algo así a la masa informe que yacía a mi lado en la oscuridad cuando dijo:

—Escúchame. Mírame. Tengo algo que decirte.

Se llamaba Jonathan y le gustaba salir de fiesta. Bueno, no tanto. Se llamaba Jonathan y tenía los bolsillos agujerea­dos. Sus posesiones eran un portátil, una cafetera y un pro­yector; el resto se le iba en pagar el alquiler. Comía aire y polvo. Estábamos juntos desde hacía más de cinco años, más o menos el mismo tiempo que yo llevaba trabajando. Jona­than no estaba hecho para un empleo de ocho horas. Sobre­vivía con las faenas que le encargaban y así podía dedicar el resto del tiempo a escribir. Libre de otras obligaciones, vivía con poco y trabajaba solo cuando le hacía falta. Una vez lo contrataron en un club secreto de Wall Street para abofetear a hombres de mediana edad. En ese tiempo yo apretaba su cara entre mis manos, su cara forjada en la preocupación, su ansiedad insaciable.

—Vale —dije—. ¿Qué pasa?

Se quitó el aparato dental de la boca. No lo colocó en la taza que tenía en el suelo, así que iba a ser una conversación corta. Dijo:

—Me voy de Nueva York.

—¿Qué pasa? ¿No te ha gustado la película?

—Estoy hablando en serio. Tómate las cosas en serio por una vez.

—Yo siempre hablo en serio —dije, impávida—. ¿Cuán­ do te vas?

Calló durante un momento.

—En un mes. Thom va a navegar a...

Me acomodé en mi asiento, intentando mirarlo, aunque mis ojos se resistían.

—Espera, ¿qué estás diciendo?

—Que me voy de Nueva York.

—No. Lo que estás diciendo es que cortas conmigo.

—Eso no es... —Me miró—. Vale. Estoy cortando con­tigo.

—Pues asúmelo.

—No es por ti.

—Vale.

—No, no es por ti —dijo tomando mi mano—. Es este lugar, esta ciudad y lo que hace con las personas. Ya hemos hablado de esto.

Durante el año pasado, Jonathan se había ido desencan­ tando cada vez más de la vida en Nueva York. Algo así como:

«Nueva York, puta Nueva York, aburrida, tediosa, con unos encantos tan ilusorios como su pátina de autenticidad». Las colas eran larguísimas. Todo constituía un símbolo de esta­tus y todo era muy caro. Había demasiados consumidores de tendencias que hacían cola a lo largo de manzanas enteras para experimentar un postre de moda, la última exposición efectista en una galería o una tienda conceptual recién inau­gurada. Todos nos preocupábamos por ese tipo de decisiones irrelevantes sobre nuestro estilo de vida. Todos, incluida yo. Yo. Para mí no había nada único, nada que me importa­ra demasiado. Tenía un trabajo de oficina y daba vueltas con mi cámara cuando la luz de la luna bañaba Gowanus. O algo así, las formas típicas de justificar tu vida, de pasar el tiempo.

Con el dinero que ganaba compraba exfoliantes de Shiseido, café de la marca Blue Bottle, cashmeres de Uniqlo.

¿Cómo se llama el cruce entre un yuppie y un hipster?

Yupster. Cortesía del Urban Dictionary.

Dijo:

—Tú también deberías irte de Nueva York.

—¿Por qué debería?

—Porque odias tu trabajo.

—No lo odio. Está bien.

—Dime una sola vez, una sola, en que lo hayas disfru­ tado.

—Todos los viernes por la tarde.

—Exacto.

—Estoy de coña. Ni siquiera sabes qué hago, o al menos no exactamente.

—Trabajas en una productora editorial. Supervisas la fa­bricación de libros en países del tercer mundo. Corrígeme si me equivoco.

Llevaba en Spectra casi cinco años. Trabajábamos con editoriales que nos pagaban para coordinar la producción de libros que subcontratábamos a empresas del Sudeste asiático, sobre todo chinas. El nombre «Spectra» pretendía dar a enten­der el amplísimo abanico de productos editoriales que éramos capaces de fabricar: Libros de Cocina, Libros Infantiles, Mate­rial de Papelería, Libros de Arte, Regalos y Especialidades. Yo trabajaba en Biblias. La empresa tenía un gran poder de com­pra, así que ofrecíamos precios aún más baratos que los que los editores podían conseguir por sí mismos, reduciendo los costes laborales en el extranjero. Obviamente, Jonathan des­preciaba lo que yo hacía. Tal vez yo también lo despreciaba.

Cambié de tema.

—¿Adónde te vas? ¿Y cuándo?

—En algún momento del mes que viene. Voy a ayudar a Thom a navegar en su yate. La idea es terminar en el Estre­cho de Puget.

Me burlé de él. Thom era Wall Street, un cliente del club en el que Jonathan trabajó una vez. Dije:

—Vale... Thom no es la clase de persona que se prenda de ti sin esperar algo a cambio.

—Piensas así porque vives en una economía de mercado.

—¿Y tú no? No dijo nada.

—A veces —dije—, me da la impresión de que me echas en cara que no sea más como tú.

—¿Estás de broma? Eres mucho más parecida a mí de lo que crees.

En la oscuridad podía verlo guiñarme el ojo de forma agridulce.

—¿Quieres hacer un rollo de sumo? —me dijo.

El rollo de sumo era lo siguiente: él rodaba por la cama y, al alcanzarme, comprimía su cuerpo contra el mío, vientre con vientre, hasta que yo me hundía en el colchón, destruida. Entonces él se apartaba. Se repetía hasta que yo convulsiona­ba de tanto reírme.

—No, no quiero hacer un rollo de sumo —dije.

—¿Lista?

Se puso encima de mí y dejó caer su peso de un modo feroz, hundiéndome en la ropa de cama. Podía ser muy pesa­ do cuando quería. Apreté los puños y los ojos.

Puse mi cuerpo rígido como una tabla, inhóspito. Poco a poco sentí cómo aflojaba. Lo sentí parar. Él podía sentir cómo temblaba. Puso su palma dura y seca en mi frente, como si le tomara la temperatura a un enfermo.

—Deja de llorar —dijo—. No llores. Porfa.

Me ofreció agua, pero yo me levanté y saqué una botella de Evian de mi bolso. Me senté al borde del colchón y di unos sorbos breves e inútiles.

—Túmbate, anda —dijo—. ¿Te quieres tumbar a mi lado? Me tumbé a su lado. Ambos estábamos boca arriba, mi­rando al techo.

Jonathan rompió el silencio. Con voz trémula, dijo que ahora podía ver el futuro con claridad. «El futuro son alqui­leres más abusivos. Son más condominios, más viviendas de lujo compradas por empresas pantalla de las élites globales. El futuro son más Whole Foods, pasillos de fruta refrigerada, cortada y envasada en plástico. El futuro son más Urban Out­fitters, más Sephoras, más Chipotles. El futuro solo quiere más consumidores. El futuro son más graduados universitarios y turistas perdidos en una búsqueda infructuosa de au­tenticidad. El futuro son más cervezas Pabsts con los precios hinchados en simulacros de antro». Algo algo Rousseau algo.

«Manhattan se hunde.»

—¿Cómo? ¿Literalmente? ¿Por el cambio climático? —le vacilé.

—No te rías de mí. Y sí, literal y figuradamente.

La cosa es que yo no discrepaba de lo que me decía. Era un lugar en el que no se podía vivir. Mi sueldo solo alcanzaba para mantenerme a flote mes a mes. Dado el coste de mi al­quiler y mi falta de destreza financiera, apenas disponía de ahorros, y ni hablar de fondos de pensiones. Había muy poco que me mantuviera allí. No tenía propiedades. No tenía fa­milia. Los precios me habrían expulsado de cualquier barrio en una década.

Pero como ya había oído todo eso antes, empecé a desco­nectar y a pensar en lo que haría después. Cuando me dio la patada me di cuenta de que me estaba preguntando algo.

Preguntaba si yo me planteaba la idea de abandonar Nueva York con él.

—¿Qué haríamos? —pregunté.

—Viviríamos juntos y buscaríamos trabajos a tiempo parcial —dijo—. Yo escribiría y terminaría mi libro. Tú tam­bién podrías dedicarle tiempo a tu arte. Podría hacerte un cuarto de revelado para las fotos.

—¿Se puede hacer un cuarto de revelado en un barco?

—Bueno, no durante el viaje. Pensaba en lo que haría­mos más tarde. Podríamos instalarnos en Oregon. Aún hay algunas zonas baratas en el noroeste rural, junto al Pacífico.

—Supongo que sería una fotógrafa de paisajes —dije con sequedad.

El techo vibró con los bajos de un tema de rythm & blues. Había llegado el momento de la noche en que el vecino de arriba se refugiaba en canciones tristes con buenos beats. Yo no pensaba mucho en mis fotos. Cuando me mudé abrí un blog llamado NY Ghost, el fantasma de Nueva York. Consistía sobre todo en fotos de la ciudad. La idea era mostrar aspectos nuevos y desconocidos de Nueva York desde la perspectiva de un extraño, pero al mirar atrás me parecían estereotipadas y convencionales: diners bañados por el neón, calles contami­nadas, vagones de metro llenos de gente cansada, personas sentadas en verano en las escaleras de incendios... Básicamen­te, variaciones de una iconografía preexistente de Nueva York que invadía calendarios, comedias románticas, souvenirs y bancos de imágenes online. Podrían haber sido expuestas en las habitaciones de cualquier hotel para hombres de negocios. Incluso aquellas con mejores composiciones no eran más que imitaciones de Eggleston o derivados de Stephen Shore. Por esa y otras razones apenas actualizaba ya el blog. De hecho, apenas sacaba fotos.

—¿Lo pensarás al menos? —preguntó Jonathan.

—No soy artista.

—Me refiero a mudarte conmigo.

—Tú ya has decidido mudarte. Seamos sinceros: lo de invitarme a ir contigo se te ha ocurrido ahora.

—No pensé que fueras a venir aunque te lo pidiera —dijo con tristeza.

La canción terminó y volvió a empezar. El vecino la te­nía puesta en bucle. Dios. Me sonaba, pero no podía decir cuál era.

Hablamos hasta que nuestras voces enronquecieron, volviéndose profundas, rompiéndose, fisurándose. Duró has­ta la madrugada. Nuestros cuerpos se retrajeron, lejos del otro, como hojas secas al final del verano.

Me vino mientras dormía. Me refiero al nombre de la canción: Who Is It. Michael Jackson. Mi madre la ponía en el coche cuando yo era una niña. Le encantaba conducir. Conducía a la deriva por las largas autovías de Utah duran­te tardes enteras, mientras mi padre estaba en el trabajo y yo aún era demasiado pequeña para quedarme sola. Íbamos a otros pueblos solo para comprar una docena de huevos o un brick de mezcla de leche y nata que ella confundía con un cartón de leche. Tenía seis años, y apenas llevaba unos me­ses en Estados Unidos; estaba recién trasplantada desde Fuzhou. Aún me sorprendían la variedad y la abundancia de los supermercados, los kilómetros de cajas y botellas ilu­minadas por luz fluorescente. Los supermercados eran mi cosa favorita de América. Conducir era la de mi madre, y lo hacía muy a la americana: rápido y antes de la hora punta, pasando de largo cañones famosos (Cathedral Canyon, Red Rock Canyon...) mientras su pelo largo y negro ondeaba al viento como en las películas. «¿Para qué mudarse a América si no puedes conducir?», decía, siempre sin aminorar mien­tras viraba hacia señales de stop, rampas de salida y semá­foros.

Me levanté con la sensación de estar resfriada. La cabeza me pesaba y me dolía la garganta. La luz se colaba por las persianas, sobre nosotros, y yo oía pasos en la calle. Supe de inmediato que me había quedado dormida. La alarma no había sonado e iba a llegar tarde. En el pequeño baño, las tuberías oxidadas maldijeron a través de la llave del agua fría. Me lavé los dientes y la cara. Me puse la ropa de trabajo del día anterior: una falda de tubo y una camisa de botones.

Jonathan seguía dormido, envuelto en sábanas grises y raídas. Lo dejé allí.

Fuera, el aire estaba demasiado frío para una mañana de julio. Caminé encogida por el sótano y crucé la calle para pedir un café en la pastelería polaca. La mujer tras el mostra­dor preparaba una bandeja de algo. Dónuts de sidra. El vapor que exhalaban empañaba las ventanas. Todos los peatones de Greenpoint vestían ropa abrigada, otoñales cuadros rojos y adornos de franela gruesa y lustrosa, aunque era verano. Por un momento me pregunté si no habría dormido durante me­ses. Tal vez me había escapado del trabajo al estilo de Rip Van Winkle. Encontraría a otra persona sentada en mi ofici­na y mis pertenencias en una caja. Volvería a mi estudio y habría alguien viviendo allí. Empezaría de cero.

Caminé hasta el tren J mientras pensaba en excusas. Po­día decir que me había quedado dormida, pero ya la había usado demasiadas veces. Podía decir que había habido una emergencia familiar, pero mis jefes sabían que mis padres es­taban muertos y que no tenía más parientes en Estados Uni­dos. Podía decir que me habían entrado a robar, pero era exagerar demasiado. Además, eso también había ocurrido ya. Se lo llevaron todo, incluso me dejaron sin sábanas. Más tarde, alguien me dijo que ya era oficialmente una neoyor­quina, como si eso fuera un motivo de orgullo.

Miraba el agua gris del East River mientras el J cruzaba el puente de Williamsburg cuando decidí que me limitaría a decir que estaba enferma. Parecía enferma. Tenía los ojos medio cerrados por la hinchazón y las ojeras. Me había granjeado fama de persona frágil pero capaz. Callada, siempre soñando despierta. Casi siempre diligente, aunque a ve­ces inconsistente o mustia. Pero también algo más, algo im­ placable: me faltaban ciertas destrezas elementales. Mi risa nerviosa, que sonaba a gárgaras de grava, era un problema a la hora de socializar. Me saltaba demasiadas fiestas de ofici­na. Me mantenían en nómina por mis prolíficos resultados y porque nunca dejaba de aceptar tareas. Desde que llegué a la empresa, cuando me concentraba mostraba una capacidad obsesiva para la minuciosidad, para no dejar un cabo suelto.

En Canal cambié a la N para seguir hacia Times Square. Cuando salí a la superficie, lloviznaba. Las oficinas acrista­ladas de Spectra, ubicadas en los pisos treinta y uno y trein­ ta y dos de un edificio de mitad de siglo, se encontraban a unas pocas manzanas de distancia. La lluvia hacía que se desperdigaran las densas congregaciones de turistas que yo iba esquivando por Broadway, y que me daban de vez en cuando en las rodillas con sus bolsas del Sephora y de la Disney Store. Un saxofonista callejero estaba entregado a su interpretación de New York, New York. Tenía los ojos cerrados. La multitud que se congregaba a su alrededor pa­recía emocionada, si no por lo bien tocada que estaba la canción —lo que era difícil de percibir, dado que el rugido de los trenes que pasaban bajo nuestros pies opacaba el so­nido del saxofón—, por su expresión de dolor, una pena  que parecía auténtica y no parte de la actuación. Cuando la canción terminó, vació los dólares de su vaso de Starbucks y miró hacia arriba, directamente hacia mí. Me alejé aver­gonzada.

—Llegas tarde —dijo Manny, el portero. Estaba sentado tras el mostrador de recepción, limpiándose las gafas con el mismo limpiacristales Windex que usaba para sacarle brillo a la puerta giratoria cada mañana y cada tarde.

—Estoy mala —le dije.

—Toma. Para tu salud. —Sacó un vaso de arándanos de un cajón y agarré un puñado.

—Gracias.

Manny siempre traía frutas maravillosas al trabajo. Man­gos, lichis pelados, piña en dados con una pizca de sal por encima. Siempre que le preguntaba de dónde la sacaba, se limitaba a responder que no era de un Whole Foods.

—No estás mala —dijo, poniéndose las gafas.

—Estoy enferma —mantuve—. Mírame a los ojos. Sonrió.

—No sabes lo fácil que lo tienes. —Lo dijo sin malicia, pero dolió de todas formas.

Me subí al ascensor fingiendo que su comentario no me había herido.

Cuando desembarqué en el piso treinta y dos y pasé mi tarjeta de empleada por las amplias puertas de cristal, me en­contré con que las salas principales estaban vacías. También los cubículos. Las grandes oficinas de los vicepresidentes eje­cutivos frente a las que cruzaba todas las mañanas, hechas de vidrio como para sugerir transparencia corporativa, también permanecían vacías. ¿Se me había pasado alguna reunión? Mis talones se hundían en la alfombra de felpa recién aspira­da. Eran casi las once. Seguí el estrépito que venía del salón principal y fui a parar al atrio.

Estaban en mitad de una reunión. Con «estaban» me re­fiero a todos. Los aproximadamente doscientos empleados de Spectra se arremolinaban en torno a la escalera acristalada que conectaba los pisos treinta y uno y treinta y dos. El CEO, Michael Reitman, hablaba por un micrófono desde la escale­ra. Junto a él se encontraba Carole, la directora de Recursos Humanos, a quien reconocí por su corte de pelo estilo bob, que transmitía seriedad.

Michael estaba rematando un discurso. Dijo: «Spectra son sus empleados, y nos tomamos vuestra salud muy en serio. Dado que nuestro negocio reside en la contratación de pro­veedores internacionales, especialmente del sur de China, es­tamos tomando medidas de precaución relacionadas con las noticias sobre la Fiebre Shen. Trabajamos en coordinación con el Departamento de Salud del Estado de Nueva York y los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades. En las próximas semanas os mantendremos al corriente de cualquier novedad orientada a preservar vuestra seguridad. Agradecere­mos vuestra cooperación».

Se oyó un leve aplauso. Me uní al rebaño de la forma más discreta que me fue posible. Mientras escaneaba la concu­rrencia en busca de una cara amiga, me encontré con la mi­rada de Blythe. Había trabajado en Biblias, pero desde que la transfirieron a Libros de Arte había empezado a hacer como si yo no existiera. Decidí probar suerte.

—Hey —dije colándome hacia ella—. ¿Qué pasa?

—Miedo por la salud pública.

Me pasó un folleto con el membrete de Spectra. Se titu­laba «FIEBRE SHEN. FAQ». Lo leí por encima, fijándome solo en las partes más alarmantes:

En sus estadios iniciales, la Fiebre Shen es difícil de detectar. Los primeros síntomas incluyen breves pérdidas de memoria, dolores de cabeza, desorientación, falta de aliento y fatiga. Debido a que estos síntomas suelen confundirse con los de la gripe común, muchos pacientes no saben que han contraído la Fiebre Shen. Siguen siendo funcionales, y pueden ejecutar tareas repetitivas o cotidianas. Pero suelen empeorar.

La sintomatología más grave incluye signos de malnutri­ción, falta de higiene, hematomas y déficit de coordinación mo­tora. Los movimientos físicos de los pacientes pueden resultar más torpes y esforzados. La Fiebre Shen puede llegar a derivar en una pérdida fatal de conciencia. Desde el momento del contagio, los síntomas suelen desarrollarse durante una o dos semanas, en función de la fortaleza del sistema inmunitario del paciente.

Durante el verano habían hablado de la Fiebre Shen en las noticias, relacionándola con el Nilo Occidental. Tragué saliva, recordando que me había levantado con dolor de gar­ganta. Intenté devolverle el flyer a Blythe, pero ya se había alejado.

Carole dio una palmada.

—Bueno, turno de preguntas.

Seth, coordinador sénior de producción en Regalos y Es­pecialidades, levantó la mano. Como si me leyera la mente, preguntó:

—Entonces ¿esto es como el virus del Nilo Occidental o algo así?

Michael agitó la cabeza.

—El Nilo Occidental resulta un símil fácil, pero inade­cuado. Ese virus es transmitido por los mosquitos. La Fiebre Shen es una infección fúngica, así que se transmite al inhalar las esporas. Y no es un virus. Salvo en casos de contacto ex­tremo, raramente pasa de persona a persona.

Frances, gerente de producción en Libros de Cocina, fue la segunda persona en levantar la mano.

—¿Esto es una epidemia?

Carole le arrebató el micrófono a Michael para responder.

—En este momento, la Fiebre Shen se considera un bro­te, no una epidemia. La velocidad de transmisión no es lo bastante alta. Por ahora está contenida.

Lane, coordinadora sénior de producción en Arte, dijo:

—En el folleto que nos habéis dado dice que la Fiebre Shen se originó en Shenzhen, China. ¿Cómo han llegado hasta aquí las esporas?

Michael asintió.

—Buena pregunta. Los investigadores no están seguros de cómo la Fiebre Shen ha llegado a Estados Unidos, pero la teoría más aceptada es que viajó de alguna manera junto a los bienes importados. Por eso el Departamento de Salud se ha puesto en contacto con empresas como la nuestra.

Lane hizo otra pregunta.

—Manejamos montones de prototipos y otras mues­ tras que nos envían nuestros proveedores de China —dijo—.

¿Cómo nos aseguraremos de que no han estado en contacto con el hongo?

Carole se aclaró la garganta.

—El Departamento de Salud del estado de Nueva York no ha impuesto restricciones laborales. Sin embargo, como sabéis, vuestra salud es nuestra principal prioridad, y la em­presa está tomando algunas precauciones. ¿Pueden acercarse los becarios? Estamos repartiendo kits de protección perso­nal a todos los empleados. Por favor, mirad el contenido. En­contraréis herramientas de protección como guantes y mas­carillas que podréis usar para manipular los prototipos.

Los becarios fueron pasando con carritos llenos de con­tenedores de cartón del tamaño de una caja de zapatos. Las cajas lucían el nombre y el logotipo: un prisma. Nos acerca­mos a los carritos. Nos dieron una a cada uno.

Michael puso fin a la reunión.