Enero de 1942. Los Ángeles se tambalea después del shock de Pearl Harbor. Lluvias torrenciales azotan la ciudad. Las autoridades detienen y confinan en campos de internamiento a los japoneses afincados en Estados Unidos. En Griffith Park un cadáver queda al descubierto tras un corrimiento de tierra. Los policías creen que es un caso de rutina. Se equivocan. Es un primer augurio de que el Caos se avecina.

Hay un violento incendio y un robo de oro. Hay traición quintacolumnista en suelo americano. El propio país engendra nazis, comunistas y estafadores dispuestos a hacer negocio a costa de las diferencias raciales. Es el auge del populismo. Aparecen dos policías muertos en un tugurio a un paso de los clubes de jazz. Y tres hombres y una mujer asisten a una importante cita con la Historia.

Por momentos atroz, tierna y elegíaca, Esta tormenta, el nuevo volumen del Segundo Cuarteto de L.A., continúa la trama de Perfidia durante los primeros meses de 1942 y versa sobre la especulación derivada de la guerra y las intrigas del quintacolumnismo. En sus páginas, acompañamos a inmigrantes ilegales desde Tijuana, traficamos con heroína y extorsionamos a estrellas de cine. Una serie de crímenes que tuvieron lugar en los años treinta vuelven a estallar y nos lanzamos a resolverlos con una furia suicida. Nos enamoramos y el amor se revela verdadero y falso a la vez, mientras redescubrimos la patria neblinosa de James Ellroy.

Lee aquí las primeras páginas de Esta tormenta:

ELMER JACKSON

(LOS ÁNGELES, 21.30 H, 31-12-1941)

Operación de vigilancia.

La tarea consiste en sentarse y esperar. Cierto ladrón merodeador/ violador al acecho. Es Tommy Glennon, recién licenciado por San Quintín. Se ha anotado cinco 459/delitos de sodomía desde Pearl Harbor.

Puto feliz Año Nuevo.

Una operación de vigilancia integrada por tres hombres. Dos vehículos aparcados. Calle Veinticuatro con Normandie. Sentarse y esperar. Soportar un hastío que pone de mala leche.

La lluvia. Más el oscurecimiento, impuesto por las ordenanzas a causa de la guerra. Persianas bajadas, farolas apagadas. Visibilidad de mierda.

Es una cacería del ciervo. Así funcionaba el Departamento de Policía. Han identificado a Tommy cuatro víctimas mediante la foto de su ficha. El jefe y Dudley Smith han deliberado. Han tomado una decisión. Como siempre: cualquier acto de degeneración o gilipollez semejante contra una mujer merece la MUERTE.

Elmer dio un tiento a su Old Crow. Ocupaba el coche situado frente a la casa. Mike Breuning y Dick Carlisle ocupaban el callejón. Tommy ya le había echado el ojo a la chabola. Vivían allí dos hermanas de bonitas piernas. Con una vigilancia estrecha se aseguraba un estrecho conocimiento de la gestalt.

La Brigada Central de Allanamientos había seguido a Tommy durante toda una semana. Elmer sacó de allí a las hermanas e instaló a su novia de bonitas piernas. Tenía las piernas y los huevos necesarios para la misión.

Ellen Drew. Novia suya a tiempo parcial y starlet de la Paramount a tiempo parcial. Ellen desató pasiones en Sí yo fuera rey y luego se apagó. Ahora se prostituía a tiempo parcial para Elmer y la novia a jornada completa de este.

Brenda Allen. Apaño a tiempo parcial del jefe Jack Horrall. La cosa es con quién tratas y a quién se la mamas. Llámame Jack organizó el asunto del señuelo.

Elmer echó una ojeada a la casa. En el piso de arriba se vio el resplandor de una luz. Ellen había entreabierto la persiana para exhibir las gambas. Eso transgredía las ordenanzas sobre el oscurecimiento y le iluminaba bieeeeeen las piernas. A Tommy G. le iban las piernas. Elmer leyó su historial de San Quintín y se formó la gestalt.

Thomas Malcolm Glennon/hombre blanco estadounidense/FDN: 19-8-16. Reformatorio Preston y San Quintín. Estrechos lazos con pachucos y tongs de las Cuatro Familias.

Al norte, en algún sitio, se oyeron fuegos artificiales. La lluvia empapó las chispas y estropeó el efecto.

«La cuestión es con quién tratas.»

Elmer trataba con Dudley y Llámame Jack. De ahí ese trabajo de mierda. Mike B. y Dick C. eran los matones de Dudley encargados de aplicar mano dura. Dud tenía la noche libre. Un cretino desconocido lo había apuñalado hacía tres días.

Elmer bostezó. Elmer manipuló la radio transmisora-receptora. Esta escupió avisos policiales.

Un 211 en el barrio negro/bodega Happytime/coches patrulla en el lugar del hecho. Redada en busca de droga en el club Zombie. Reyerta entre morenos y mexicanos, Ochenta y cuatro con Avalon. Frijoleros con trajes zoot ex-capan.

Elmer bostezó. Elmer recorrió el dial. Dio con una emisora civil y tuvo suerte. Fluctuaba el sarao de Nochevieja en el Departamento de Policía.

En directo desde el edificio municipal. Actúa la orquesta de Count Basie. La sala de revista de la Unidad Central de Investigación, ahora equipada con micrófonos de radio. Count al teclado. He ahí el saxo de Lester Young.

He aquí el chisme de primera mano. Dos policías uniformados pillaron a Count con grifa encima. El asunto llegó a oídos de Jack Horrall, que echó el anzuelo. "Tú decides, Count. ¿Seis meses en el penal o un compromiso de una noche?

La lluvia aporreaba el coche. El aporreo de dicha lluvia ahogaba el sonido de Count Basie. Elmer pasó a la banda tres. Captó a Breuning y Carlisle en línea abierta.

«Tratar» y «mamar». Mike el Manazas y Dick el Descerebrado. Esta Nochevieja de pega. ¿De qué te sirve saber las cosas de primera mano?

Le encantaba la Brigada Central Antivicio. Allí uno se tronchaba, y además podía cortar las alas a la competencia de su servicio de citas. Un día va y los putos japos bombardean el puto Pearl Harbor, y el puto mundo de los blancos se va a tomar por el culo.

Entonces lo destinaron a la Brigada de Extranjería. Aquello era japos doce días por semana. Japos, japos, JAPOS. Nacidos en el extranjero, nacidos en Estados Unidos, quintacolumnistas tanto declarados como presuntos. Redadas en sus casas. Incautación de bienes. Traslado a lujosos establos de Santa Anita.

Banda tres. Breuning y Carlisle decían gilipolleces. Que si quién pinchó al Dudster. Que si sus revoltosos hijos. Que si tal agente de tráfico tenía un tetamen de aúpa.

Breuning y Carlisle seguían rajando. Hablaban de las escuchas telefónicas de los federales. El Departamento de Policía tenía la mierda hasta el cuello. Todos andaban con los nervios de punta.

El edificio municipal estaba plagado de micrófonos y teléfonos pinchados, de arriba abajo. Facciones de polis rivales se espiaban mutuamente. Polis estafadores, polis enredados con los tongs, polis rompehuelgas. Los federales tomaron buena nota y pusieron en marcha una investigación.

Feudos de polis. Polis ladrones. Polis metidos en los Camisas Plateadas y en la Federación Germano-Americana. Llamadas a la fiscalía. Llamadas al alcalde Fletch Bowron. Los polis de la Unidad Central de Investigación estaban asustaaados.

Elmer estaba asustado. Regentaba una red de chicas. Era tratante de carne para la élite angelina. Había hecho llamadas de trabajo desde la sala de Antivicio.

La radio perdió la señal. Mierda: crepitación, estática, pitidos. Elmer giró el mando del dial. Tuvo suerte. Dios bendito: es Hometown Jamboree de Cliffie Stone.

Equivalía al Auld Lang Syne para tuercebotas sureños desplazados. Eso era él, su definición. Cliffie connotaba paseos en carro de heno y aguardiente casero. Con Cliffie revivió Wisharts, Carolina del Norte.

Wisharts estaba dentro de los Konfines del Klan. La geografía es destino. La vida en el Klan jodió la vida a su padre y su hermano mayor, Wayne Frank. Esa dieta a base de odio a los tiznajos se le atragantó a Elmer en su juventud. Cumplió los dieciocho en el año 30. Se alistó en la Infantería de Marina. Semper fidelis: Parris Island, Camp Lejeune, Nicaragua.

Madre mía Managua. El destacamento de Infantería respalda al Fúhrer títere Somoza. Los marines despachan a los adversarios políticos de este y montan guardia en la embajada. Son recaderos y sicarios a tiempo parcial. El Jefe aprecia al soldado de primera E. V. Jackson. De ahí la bicoca: supervisor del burdel preferido de El Jefe.

Así aprendió el oficio. Despertó en él la idea del servicio de chicas a domicilio. El Jefe le asignó la bicoca n.* 2: guardaespaldas del jefe de policía de Los Ángeles.

James Edgar Davis, alias «Dos Pistolas». Loco de atar. Davis y El Jefe eran almas gemelas en la sordidez. Iban de copas y de putas juntos. Davis apreciaba al soldado de primera E. V. Jackson. He aquí la razón:

Un fanático izquierdista se abalanzó hacia Davis con un machete. El soldado Jackson le dio un balazo y lo mató. Davis dio un puesto al soldado Jackson en el Departamento de Policía.

Adiós, Infantería de Marina. Hola, Los Ángeles.

A Elmer le gustaba el trabajo en la policía. Davis lo puso en contacto con una madama, una tal Brenda Allen. Elmer y Brenda hicieron buenas migas. Montaron su servicio telefónico y lo vieron prosperar. El jurado de acusación de Los Ángeles defenestró a Jim Davis Dos Pistolas. Se trajinó a una lolita de más y le dieron por el saco.

Ahora está Llámame Jack. Jack se embolsa el siete por cierto de las ganancias del servicio de citas. El sargento E. V. Jackson tiene veintinueve años. Es un blanco con suerte.

Cliffie Stone ensartaba baladas pueblerinas. Esa era la sensiblera predilección de Wayne Frank. Wayne Frank rebosaba odio y era un nabab entre los nativistas. Elmer, el hermano pequeño, acumulaba oportunidades. Wayne cosechaba mierda.

Wayne Frank acaba metido en el Klan, acaba alcohólico, acaba en la mendicidad. Se habitúa a la Costa Oeste y tiene un final prematuro.

Elmer dio un tiento a su Old Crow. Estaba medio trompa. Eran las 22.18. Tommy G. siempre actuaba entre las diez y las doce de la noche.

Oyendo esa música pueblerina se sentía en carne viva. Apagó la radio y dio paso a la lluvia a todo volumen. El coche patrulla estaba hundido hasta los guardabarros.

Observó la casa. Las persianas entreabiertas le permitían ir echando algún vistazo. Ellen estaba arriba. Se paseaba y fumaba. Ofrecía una exhibición de piernas de luxe. El humo humeaba por una rendija en el montante de una puerta.

Elmer sintonizó la banda tres. Mike B.se quejaba de que si el Dudster esto, el Dudster lo otro. Más palique sobre los revoltosos hijos.

Más crepitación y estática. Elmer apuró la botella y la tiró por la ventanilla.

—Eh, chico =se oyó entre ráfagas de estática.

Elmer cogió el micrófono y accionó el interruptor.

—Dime, Mike.

—Nuestro muchacho está al llegar. Ha saltado la valla de la casa del vecino. Tú cubre la parte de delante. Déjalo olfatear a Ellen antes de dis...

Elmer reaccionó en el acto.

Abrió la portezuela de un empujón y salió. Esquivó los charcos a brincos y se precipitó hacia el bordillo. Chapoteó y le entró agua en los zapatos. Desenfundó la pipa y metió una bala en la recámara.

Le voló el sombrero. La lluvia le aguijoneó los ojos y le enturbió la visión. Llegó al jardin/el porche delantero/la puerta de entrada.

No está cerrada con llave. Ahora entra despacio. Engrasaste las bisagras y las jambas. Tommy no oirá un carajo.

Entró. Olió el humo del tabaco y el perfume de Ellen. Se encaminó hacia la escalera. Entre chasquidos húmedos, recorrió la alfombra del salón.

Entre chasquidos húmedos, Mike y Dick se acercaron a él. Llegaron a la escalera. Todos pusieron cara de chiiiist.

Detectaron las huellas de barro de Tommy. Oyeron los crujidos del entarimado y un roce de pies en el piso de arriba.

Mike guiñó un ojo. Dick hizo el característico gesto de degúello. Elmer tragó saliva: Me cago en tu madre, puta mierda...

Ellen gritó.

Mike vociferó. Dick vociferó. Corrieron escalera arriba y armaron alboroto. Chocaron entre sí y con las paredes y llegaron al rellano. Elmer oyó ruido de cristales rotos procedente de una ventana de la parte delantera. Tommy acababa de montar el número de la mosca humana o algo así.

Elmer volvió a salir por la puerta a todo correr. He ahí el cielo negro y la lluvia a raudales, he ahí apenas un vislumbre. He ahí a Tommy, la Mosca Humana, que corre rumbo norte...

Está a dos jardines de distancia. Ataja hacia la acera. Ahí no hay césped empapado y la tracción es mayor.

Elmer avanzó en diagonal y llegó al asfalto. La gabardina ondeante le restaba velocidad. Ganó terreno, perdió terreno, ganó terreno. Apuntó a la espalda de Tommy y descerrajó tres tiros. Los fogonazos de la boca del arma tiñeron la lluvia de rojo.

Tommy ganó terreno. Mike y Dick dispararon: desde más atrás, muy lejos. Las balas rebotaron en los porches delanteros.

Tommy corrió hacia el este por la Veintiséis. Elmer alcanzó a verlo de refilón y vació el cargador. Los destellos lo deslumbraron y formaron pequeños halos.

Elmer corrió hacia el este. Volvió a cargar y apretó el paso. Se le desprendió la gabardina. En algunas casas subieron las persianas. Dispuso así de algo de luz para afinar la puntería.

Ganó terreno. Se quedó sin aliento. Algo cayó del bolsillo del pantalón de Tommy. Se detuvo y apuntó bien. Lo tenía, lo tenía, y algo le dijo NO. Disparó tres veces fallando a propósito.

Tommy enfiló hacia el norte. Es una Mosca Humana. Es un violador de pies ligeros. Miralo, se va zambando.

Elmer oyó a Mike y Dick, muy rezagados. Varias balas rebotaron en la calle. Ese par de tontolabas acribillaba castillos en el aire.

Elmer paró y recobró el aliento. Avanzó un poco en dirección este y buscó en la acera.

A Tommy se le había caído algo. Elmer lo vio y lo recogió. Mira por dónde. A Tommy se le había caído una agenda roja de piel.

—Una Nochevieja de fábula —dijo Ellen.

—Eso mismo he pensado yo —dijo Elmer.

—Me da que no tienes mucha puntería.

—¡Venga, hombre! ¿De noche, bajo la lluvia?

Cruzaron Hollywood en coche. Ellen vivía en el edificio de apartamentos Green Gables. Eso se hallaba a un paso de la Paramount y le facilitaba las cosas cuando el rodaje empezaba temprano. Ellen iba por su segundo matrimonio. Dos maridos y un niño a los veintisiete. El maridito servía en las Fuerzas Aéreas. Ella atendía a los clientes de Elmer por puro hastío. Atendía a Elmer por la misma razón.

Elmer llegó a Melrose, dirección oeste. Llamémoslo Aquacade de Noche. Farolas amortiguadas. El oscurecimiento y una riada hasta las aceras.

Ellen encendió un pitillo.

Se ha sacado la minga y se la ha meneado. Ha sido entonces cuando he gritado.

Elmer soltó una carcajada. Ellen alzó la mano y movió el meñique. Tommy Glennon: la tenía como un anacardo.

Elmer soltó otra carcajada. Ellen le palpó los bolsillos del pantalón y sacó el fajo. Separó un billete de cincuenta y devolvió el fajo a su sitio.

—Eso me ha gustado.

—Esta noche no. El fin de semana, puede.

—Estaré de servicio hasta tarde. Por mi trabajo de guardaespaldas de Hideo Ashida.

—Para ser japo, no está nada mal. ¿Crees que es marica?

—Pero ¿qué dices? Es el mejor químico forense de este Departamento de Policía del hombre blanco.

Ellen tiró el pitillo.

—Dale las gracias a Jack Horrall por los cincuenta, y dile que se acabaron los encargos de señuelo para esta patita negra.

—¿Algo más?

—Dile que yo he dicho que deberías volver a la Infantería de Marina. Hay una guerra, y tú deberías estar combatiendo, como mi marido.

—¿Me quieres? —preguntó Elmer.

—No —dijo Ellen—. Para mí eres solo una distracción en tiempos de guerra.

Ante el Gables, Ellen se apeó. Elmer cambió de sentido y enfiló hacia el este. Esa delirante intuición se propagaba. Se le erizó el vello a toda mecha.

Tommy G. vivía en el hotel Gordon. Breuning y Carlisle, perezosos como eran, ni se plantearían ir a poner aquello patas arriba. El Gordon estaba en Melrose, más adelante.

Visitemos la habitación de Tommy. Olfateemos los rastros. Enmendemos esta cagada. Busquémosle las cosquillas a Dudley Smith.

El Dudster le encendía la sangre. Eh, Elmer, dale el pasaporte a ese fulano. Eso no es plan. Él no es un asesino de capa negra.

La maldita lluvia. Alcantarillas atascadas. Corrimientos de barro. Nada de whisky caliente, nada de mujeres fenomenales.

Elmer aparcó más allá del Gordon y esquivó los charcos a brincos. El vestíbulo se veía deslucido. Un recepcionista dormitaba junto a la centralita. Lucía un sombrero de fieltro verde, como de duende.

Tommy ocupaba la 216. Elmer subió por la escalera y se arrimó a la puerta. Ni voces ni parloteo radiofónico. Sacó la pipa y reventó la jamba de un golpe de hombro.

Ni rastro de Tommy. Ni rastro de nadie. Solo un cuchitril. Solo un cubil de desesperación de tres y medio por tres y medio.

Sin baño. Un armario. Junto a la cama, un orinal en forma de botella de leche. Sin sillas. Un armario, una cómoda.

Elmer se encerró por dentro. Sonó un trueno y tembló todo el edificio. En Melrose, unos cretinos exclamaron: «¡Feliz Año Nuevo!».

Miró en el armario. Contenía nada. Eso significaba que Tommy había ahuecado el ala. Tenía un coche o había robado un coche. Cruzó disparos con tres polis y se esfumó. Adiós, violador soplapollas.

Elmer revolvió los cajones. Encontró alguna que otra mierda que daba que pensar.

Un manual de español. Un libro de fotos guarras. Imágenes picantes del número del burro, a lo Tijuana. Observemos el canotier que lleva El Burro.

Brazaletes nazis. Banderas japonesas. Una plantilla para tatuaje. Observemos las partes eliminadas:

Contornos de esvásticas. Contornos de una «SQ» circunscrita en un círculo de serpientes enroscadas.

Elmer hojeó la agenda de Tommy. Se sucedían una cosa rara tras otra. Fijémonos: sin direcciones, sin nombres completos.

Fijémonos: un «J.S.» y un prefijo de Hollywood. «Sta. Bib» y un prefijo del centro. Probablemente se trata de la iglesia católica de Santa Bibiana.

Fijémonos: RE-8761. Ni nombres ni iniciales. «Republic» es un prefijo de la zona situada al sur del centro.

Fijémonos: MA-4993. Ese número le suena. Se exprime el seso y lo caza.

El Kowloon, de Eddie Leng. Un fonducho de Chinatown. Abierto toda la noche. Sirve una sabrosa sopa de aleta de tiburón.

Eddie Leng era un cretino del tong de las Cuatro Familias. Tommy G. era conocido por sus vínculos con los tongs.

Además: otros tres números sin nombre/sin inicial.

Elmer descolgó el auricular del teléfono mural y despertó al cretino de la centralita. Póngame con el MA-6884, en el acto.

La Unidad Central de Investigación. La línea nocturna de la Brigada Antivicio. En servicio las veinticuatro horas.

El timbre sonó cuatro veces y descolgaron. Oyó chirridos de cornetas de fiesta. El operador contestó entonado.

—Esto... ¿sí?

—Quiítate las telarañas, descerebrado. Tienes que comprobar unos números.

El operador bostezó.

—¿Eres tú, Elmer?

Soy yo, así que coge el lápiz.

—Lo tengo por aquí, en algún sitio.

— HO-4612 —dijo Elmer—. El abonado tiene las iniciales J.S.

Vale, ya lo...

—El número de la iglesia de Santa Bibiana, y el nombre del abonado para el RE-8761.

El operador se despabiló.

—Ese número lo conozco. Es una cabina de teléfono, y la tienen vigilada los puñeteros federales. Muchos tipos turbios del edificio municipal hacen sus llamadas turbias desde allí.

—Ahora no pares —dijo Elmer.

—¿Quién ha parado? Es solo una pausa.

—Sigue. No me tengas aquí en vilo...

—Antes la usaban corredores de apuestas, y circula el runrún de que todavía la usan. Está en la esquina de la Once con Broadway, al lado del Herald. Ese puñetero periodista, Sid Hudgens, llama desde allí para sus asuntos no kosher.

Sid el Yid. Un gacetillero dedicado al chismorreo, un provocateur papanatas. Santa Bibiana, el centro de reunión de moda entre papistas. El restaurante de Eddie Leng.

Tommy, ¿qué augura esta mierda?

DUDLEY SMITH

(LOS ÁNGELES, 23.30 H, 31-12-1941)

Impetuosas trompetas. Saxos en pleno vuelo. Lluvia torrencial de ritmo sincopado.

La sala de revista vibraba. Count y sus chicos le daban a todo tren. Ahora «Annie Laurie». De ritmo frenético y majestuosamente gaélica.

En la sala hacía un calor achicharrante. La calefacción por vapor combate el invierno frío de Los Ángeles. Polis de baile anual bailaban esa noche y se pasaban de rosca. Se pimplaban la bebida de las mesas y zarandeaban a sus chicas a tontas y a locas. Count observaba. Los blancos eran payasos de circo. Eso lo confirmaba.

Dudley no se perdía detalle. Ocupaba una mesa lateral junto a una ventana entornada para que corriera el aire. Vestía su uniforme militar. Claire lucía un vestido verde calipso.

El arzobispo actuaba para ella. A J. J. Cantwell le gustaban las mujeres. Cumplía los votos y practicaba la abstinencia como es debido. Monseñor Joe Hayes no prestaba la menor atención a Claire. Ella era una conversa. Eso demostraba su falta de autenticidad. A su pesar, era su confesor.

A monseñor Joe le repugnaban las mujeres. Le gustaban los chicos. Incumplía sus votos y se abandonaba a su inclinación.

El padre Coughlin no se andaba con tapujos. Su trinidad era el alpiste, la difamación y la instigación. Detestaba a los rojos y los judíos. Actuaba para las monjas de Santa Bibiana y las ahuyentaba con sus panfletos de incitación al odio. Vivía para influir en las almas y engendrar descontento.

Un camarero reabasteció la mesa. Hizo una reverencia y sirvió whisky, ginebra y hielo. Los camareros eran presos de confianza de la cárcel del condado. Ese muchacho en particular era un exhibicionista impenitente. Frecuentaba los patios de los colegios y se la pelaba.

Claire rellenó los vasos. Los clérigos encendieron pitillos y libaron. El arzobispo se comía con los ojos a Claire. Monseñor Joe se comía con los ojos al camarero. El padre Charles garabateaba en una servilleta de papel. Dibujaba esvásticas con gotas de sangre.

Dudley se reacomodó el cabestrillo. Le habían asestado múltiples navajazos en el brazo. Un chino molesto, casi con toda seguridad. Intrigas tong, muy probablemente. Estaba aliado con el tío Ace Kwan y los Hop Sing. Dicha alianza podría haber engendrado hostilidad entre los tongs rivales. Dicho navajero recibiría una severa reprimenda.

Claire compartía con él su propia morfina. Esta facilitaba a Dudley una rápida recuperación. El amor de Claire por él pesaba más que su adicción. La droga mitigaba el dolor y revestía el mundo de una apariencia elegíaca. Otorgaba noblesse oblige.

Atenuaba sus recientes fracasos. Pearl Harbor y las redadas de japos como un gran negocio fallido.

Urdía planes para sacar tajada de la guerra. Ace Kwan lo auxiliaba. Todos naufragaban. Había ido en busca de un alijo de heroína a Baja. Mike Breuning, Dick Carlisle e Hideo Ashida lo auxiliaron. Eso naufragó. Era un alijo del capitán Carlos Madrano. Madrano y los policías estatales mexicanos vetaron las actividades del Cartel de Smith. Sobrevino una calamidad con un submarino japo. Colocó nitro en el coche de Madrano e hizo volar por los aires a El Capitán. Fue una triste recompensa.

El padre Charles conocía al sustituto de Madrano. José Vasquez-Cruz era antirrojos y antijudíos, pero no tan manifiestamente fascista. Ahora Baja promete otra vez. El sargento de policía Smith en el papel de capitán del Ejército de Tierra Smith. Se reuniría con Vasquez-Cruz y tal vez tratara de sobornarlo. Baja promete un renacer de las oportunidades.

Count Bassie acometió una balada con tintes latinos. Claire dio a Dudley un apretón en el brazo ileso. Bailemos, mi corazón.

El cabestrillo le limitaba el movimiento. Dudley accedió a que Claire lo ayudara a levantarse y lo guiara. Le acunó el brazo herido. Bailaron agarrados. Claire apoyó la cabeza en su hombro.

—Estaremos allí dentro de dos semanas —dijo ella—. Acabaremos hartos de esta música.

—El comandante Melnick nos ha conseguido una suite en un hotel de lujo. Con terraza y unas vistas al mar magníficas.

Claire se acurrucó contra él.

—Iremos a misa y santificaremos todas las fiestas. Seremos más altos y más guapos que todos los demás, y se maravillarán de lo bien que hablamos el español.

Dudley se echó a reír.

—La chusma te adorará. Te llamarán La Gringa a tus espaldas y no se explicarán cómo ha podido tener tanta suerte este patán irlandés.

—No te infravalores, querido. No olvides que yo te he civilizado más a ti de lo que tú me has corrompido a mí.

—Es el lanzamiento de una moneda, ¿no? El resultado lo determinarán el tiempo y el destino.

=Sí, querido —dijo Claire—. Es todo eso.

La pista de baile estaba de bote en bote. Los asistentes a la fiesta tropezaban entre sí y se les enmarañaban los pies. Dudley cruzaba sonrisas con sus colegas policías.

He ahí al teniente Thad Brown. Pegaba la hebra con una cantante negra de piel clara. He ahí al exjefe Davis, alegrando el ponche. He ahí al capitán Bill Parker y Kay Lake. Constituyen un idilio truncado. Hay toda una sala entre ellos. Aun así, cruzan miradas anhelantes.

Parker va de uniforme. Observemos su ropa empapada y el cinturón de servicio mustio. Ha estado supervisando los problemas de tráfico bajo la lluvia. Está huyendo de su mujer. Ha venido para comerse con los ojos a la agraciada Kay.

Muchos hombres consideran a la Lake brillante y cautivadora. Ese es sin duda el caso de Parker. Dudley personalmente no piensa lo mismo. Para él, es una diletante, una aficionada a los policías ligera de cascos. Está juntada no conyugalmente con el hosco agente Lee Blanchard. Parker es devoto y peligroso. Algún día puede ascender a jefe.

Bill Parker. El caso Watanabe. Obstáculos a su carrera, después de Pearl Harbor.

Fujio Shudo. El Hombre Lobo psicópata. El asesino propuesto por el sargento D. L. Smith. Bill Parker buscó una solución veraz. Bill Parker fracasó. Hideo Ashida auxilió al sargento Smith. Así se resolvió definitivamente el asunto.

Claire se tambaleó y se arrimó a él. Dudley percibió los temblores. Ella pronto se excusaría. Iría en busca de su hipodérmica.

Él la sostuvo. Ella lo sostuvo a él. Era una nueva aventura amorosa y un pacto de lo más tierno.

Le dolía el brazo. Había perdido peso. La agresión fue el clímax de su carrera posterior a Pearl-Harbor.

Juró venganza. Mike y Dick se reunirían con él más tarde. Habían reclutado a unos cuantos gorilas de la Brigada de Extranjería. Se avecinaba una gran batida en busca de tongs.

Count pasó sin transición a «Adiós». Una modulada sección de saxos con trombones intercalados. Un tema mexicano.

—Los adioses nunca son así de hermosos —comentó Claire.

Dudley la besó en el cuello. Lo tenía húmedo. Él conocía ya su cuerpo y su adicción.

—Es nuestra canción, mientras dure la guerra. Prohíbe todas las despedidas.

Claire se estremeció. Con delicadeza, la llevó de regreso a la mesa. El padre Charles contaba un chiste de mal gusto.

—¿Lo ha oído, su Eminencia? Es la fenomenal historia de Come San Chin, el soplapollas chino.

J. J. Cantwell soltó una risotada. Joe Hayes frunció el entrecejo. Claire cogió su bolso sin asas y se encaminó hacia el lavabo.

Se abre paso a través de la gente. Los polis borrachos se apartan. No trasluce prisa y sonríe a todos.

Dudley consultó su reloj. Son las 23.51. ¿Dónde están Mike y Dick? ¿Dónde está el panoli de Elmer Jackson?

Quo vadis, Tommy Glennon?

Tommy autodecretó su extinción. Acusado de tres cargos, merecía procesamiento. Cargo primero: Tommy violaba mujeres y, por tanto, anulaba el contrato civil. Cargo segundo: Tommy era exsoplón del sargento D. L. Smith y colega de Huey Cressmeyer, el soplón actual. Cargo tercero: Tommy transportaba a espaldas mojadas al servicio del excerebro de Baja Carlos Madrano.

Cargo tercero, cláusula subordinada:

Visitó a Tommy en San Quintín, a mediados de noviembre. Tommy lo puso al corriente en cuanto a Madrano y sus propios planes en México. Dudley tiene grandes planes para México. Aprovechará su condición de agente del SIS para llevarlos a la práctica. Traficará con heroína y transportará espaldas mojadas. Venderá japos encarcelados como esclavos. Tommy podía echarlo todo a rodar. Por tanto, Tommy debía morir.

Dudley se metió en el cuerpo varias píldoras, seguidas de sifón. Dos para el dolor de los navajazos. “Tres bencedrinas para la hora de las brujas.

Cantwell, Hayes y Coughlin estaban mamados. Difamaban a los morenos y a Stalin, el azote rojo. Esta guerra la tramaron los protestantes ingleses, que luego arrastraron a los banqueros judíos. Amañaron los Juegos Olímpicos del 36. ¿Aquel charol, Jesse Owens? Corre menos que mi abuela irlandesa.

Faltaban diez segundos para las doce. Las trompetas de Count Basie atronaron: nueve, ocho, siete, seis...

Dudley se puso en pie. Los polis agitaron las banderolas de las mesas. Dudley agitó las barras y estrellas y la verde de la República Irlandesa.

... CINCO, Cuatro, tres, dos...

Entraron Mike y Dick. Dudley los vio. Vaya par de magníficos matones estaban hechos. Ellos vieron a Dudley y se encogieron.

Dudley saludó con la mano y puso cara de «¿Tommy?» Mike y Dick movieron la cabeza: No.

... UNO, CERO, FELIZ AÑO NUEVO...

Griterío, palmadas en la espalda, estampidos de botellas descorchadas. Guirigay de matasuegras y banderolas en palitos...

Count acometió «Auld Lang Syne». Dudley se tambaleó. El simulacro de salón de baile alcanzó temperatura de invernadero y se desató la algarabía.

Le palpitaba el brazo. Creyó que iba a desmayarse. Claire se acercó a él con andar majestuoso.

Lo sujetó y lo besó.

—Es nuestro momento, amor mío —dijo.

JOAN CONVILLE

(SAN DIEGO, 00.15 H, 1-1-1942)

Igual que en los viejos tiempos...

Chillidos y carcajadas. Pitidos de matasuegras. ¡¡¡Acordaos de Pearl Harbor!!!

El Sky Room estaba atestado de gente en plena celebración. Hay altos mandos de la Armada como cubas. He ahí sobes y toqueteos. He ahí magreos de cuerpo entero en la pista de baile.

Stan Kenton presenta «Artistry in Rhythm». Misty June Christy, la selecta cantante, ronronea. El Sky Room tiene paredes de cristal e incontables pisos de altura. Ofrece amplias vistas del paseo marítimo con traje de combate. Hay nubarrones y el cielo más oscuro del mundo.

Joan esquivaba toqueteos. Agarró bien el bolso y enfiló hacia la puerta. Estaba entonada. Los Ángeles se hallaba a tres horas de allí en dirección norte. Los puestos de control del ejército provocarían atascos de tráfico. El oscurecimiento en la franja costera sería como una mortaja.

Esquivó los últimos toqueteos y huyó. Llegó al ascensor y pulsó PB. Paredes con espejos la circundaban. Una ocasión demasiado buena para desperdiciarla.

Guiñó el ojo. Silbó. Orgullosa como era, no podía flaquear; alta y guapa como era, no podía perder.

Su pelo rojo. Sus ojos verdes. El atrevido contoneo de su metro ochenta. El entallado uniforme de invierno. Botones y galones dorados.

Teniente de corbeta J. W. Conville, Reserva Naval de Estados Unidos. Mucho ojo, japos de mierda.

Se alistó en Los Ángeles el día del ataque a Pearl Harbor. Actuó por puro impulso. Dio puerta a su amante de una noche y se fue en coche al centro. El edificio federal estaba de bote en bote. Hizo seis horas de cola.

Levando anclas.

Era enfermera titulada y licenciada en biología. Su llamativo currículum le valió un rango mayor ya de saque. Se avecinaba el camp mento de instrucción del Cuerpo de Enfermeras. Se ofreció para servir en acorazados. Point Loma, allá voy.

El ascensor tembló y paró. He ahí el vestíbulo. Joan se abrió paso a empujones a través de enjambres de ricachos.

El famoso hotel El Cortez. Matronas y viejos con esmoquin. Las paredes festoneadas con banderines tricolores. Pancartas con el rótulo ¡SOPAPO AL JAPO! Wallace Beery el Gordo, firmando autógrafos.

Joan sorteó el tumulto y salió al aparcamiento. Hombres de corta estatura se la comieron con los ojos. Recórcholis: la lluvia.

Se empapó. Llegó hasta su coche y se acurrucó dentro. Puso en marcha la calefacción y el limpiaparabrisas. Encendió un pitillo. Cogió la carretera de la costa, sentido norte.

En cumplimiento de las ordenanzas sobre el oscurecimiento, condujo con las cortas, exclusivamente. lluminaban ese laaaaargo canal de desagúe de lluvia. Las olas batían en la playa a su izquierda.

Fumó un pitillo tras otro. Se conocía de pe a pa la rutina para disipar los efluvios del alcohol. Concentrarse en la tarea y sofocar los efectos de esa docena de whiskys con soda.

Dejó atrás San Diego propiamente dicho. Se redujo el tráfico. Llegó a un tramo despejado y aceleró.

Como un bólido. Es el código de la familia Conville.

Era el código de Earle Everett Conville. Ahora es el de su primogénita. No es el de la hermana menor. Esa se casó con un papista y empañó el legado del Gran Earle.

Ese tramo despejado se desplegó ante ella. Formaba un agujero negro, de aquí hasta siempre. Joan pisó a fondo. Las cortas embestían el aguacero.

La lluvia caía horizontalmente por el azote del viento. Como en Tomah, Wisconsin.

Allí el viento gastaba malas pasadas. La nieve flotaba horizontalmente. Árboles arrancados flotaban de igual manera. El Gran Earle era el guardabosque del condado de Monroe. Obligaba a Joan a acribillar a tiros árboles caídos con una escopeta de calibre 10. Cinco árboles suministraban la yesca para todo el invierno.

El currículum de su pueblo. Muerto, como sus padres. Ausente, como su hermana y sus primos endogámicos de Bilgewater, Escocia. Sustituido por la escuela de enfermería y su licenciatura en la Universidad de Northwestern. Desaparecido, como sus numerosos hombres.

Recórcholis: esta lluvia.

Joan avanzó como un bólido. Eso es lo que hacen los Conville. Fumó un pitillo tras otro. Así combatía la sobredosis de alcohol. Aminoró la velocidad en un control del ejército. Alerta por posibles sabotajes. Aminoró la velocidad en un control de la policía. Alerta por posible entrada de espaldas mojadas. Gorilas blancos entraban espaldas mojadas en los maleteros de coches y en camiones de plataforma.

Los polis llevaban sarga azul y cintos anchos. Le recordaron a aquel capitán de la policía de Los Ángeles. Prácticamente derretido por ella.

Northwestern. Primavera de 1940. Aquel patético alfeñique con gafas. La seguía a todas partes. La observaba cuando ella tiraba al plato a orillas del lago Michigan. No le quitaba ojo en las fiestas de estudiantes. Ella estuvo a punto de pedirle un baile.

Nadie sabía cómo se llamaba. Asistía a un curso para policías de tráfico o algo parecido. Espiaba a Joan Woodward Conville a tiempo parcial.

El curso terminó. El capitán desapareció. He aquí el extraño epílogo. Lo había visto en Los Ángeles hacía tres noches.

Hollywood Boulevard. Una concentración para promover la venta de bonos de guerra. Los Ritz Brothers se humillan para arrancar unas risas. Puf: lo ve. Puf: él la ve a ella. Puf: él se esfuma otra vez.

Los polis del control de carretera le indicaron que siguiera. Un poli le silbó. Joan le lanzó un beso y pisó a fondo.

La lluvia caía verticalmente. El viento la impulsaba horizontalmente. La lluvia resucitó al Gran Earle, muerto en un diluvio posterior a un incendio forestal.

El Gran Earle, bombero. El Gran Earle, patán y borracho. El Gran Earle, amigo y enemigo de los emigrantes indios enganchados al aguardiente de garrafa.

Los contrataba para combatir incendios forestales. Se fundían la paga en matarratas y provocaban más incendios para embolsarse más dinero. Se desata una gran conflagración: el 9 de abril de 1938. Tal vez han sido los indios. Tal vez no. Tal vez ha sido un incendio premeditado.

E. E. Conville, muerto a los cuarenta y nueve. Su padre, quemado vivo. El Servicio Forestal de Estados Unidos investiga. Su dictamen: «No existen pruebas de incendio provocado».

Joan discrepaba. En la universidad cambió de carrera. Dejó el curso preparatorio de ingreso a medicina y pasó a biología. Estudió biología forense. Empezó a rondar el lugar de la conflagración. Estudió la composición del terreno y analizó muestras de árboles. Interrogó a indios y recopiló una lista de sospechosos. Un indio ajumado la sobó. Ella le voló el pie izquierdo de un tiro con su escopeta.

Hizo trizas la lista de sospechosos. Aquello no era obra de pieles rojas bebidos. Sospechaba que el incendio era intencionado, no fortuito.

Descubrió un vertido de combustible de avión. Estaba cerca del punto donde se originó el incendio. Examinó tierra aderezada con combustible. Determinó la composición molecular y la marca del combustible. Descubrió que el combustible procedía de una compañía de vuelos chárter con sede en Duluth, Minnesota. La compañía la llevó hasta Mitchell A. Kupp.

Kupp se presentaba como inventor. Vivía de rentas familiares. Entabló amistad con Charles Lindbergh. Kupp alquiló un pequeño avión el 9/4/38 y voló al condado de Monroe.

Joan se enteró de todo eso. Ahí acabó la cosa. La prueba del vertido de combustible había sido recogida y registrada improvisadamente. No podía atribuir ningún móvil. No podía establecer ninguna conexión clara entre E. E. Conville y Mitchell A. Kupp.

Como un bólido. Eso es lo que hacen los Conville. Es lo que espera el Gran Earle.

Trabajó de enfermera en turnos de noche. Estudió la carrera a marchas forzadas. Leyó exhaustivamente. Devoró monografías de Norton Layman, el forense de Los Ángeles, y de Hideo Ashida, el químico de la policía. Se tituló y se trasladó a Los Ángeles. Consiguió un empleo en un laboratorio y solicitó plaza en los cursos de doctorado del Instituto de Tecnología de California.

Joan avanzaba como un bólido. Eso es lo que hacen los Conville. Regresará a Wisconsin y vengará la muerte del Gran Earle. Tuya es la venganza.

Banzai. Pearl Harbor se le adelanta. Le pirran las citas prometedoras. Esa es su cita prometedora con la Historia.

La lluvia aporreaba el coche. La visibilidad disminuyó. El agua encharcada absorbía la luz de los faros y reducía a cero el campo visual.

Tronó. Joan alcanzó a ver el resplandor de un rayo. Empezó a encontrarse el tráfico de las inmediaciones de Los Ángeles. Fumó un pitillo tras otro. Puso una marcha inferior, coleó, dio un volantazo. Vio un indicador de Venice Boulevard.

Torció a la derecha. Se sintió aturdida y aferró el volante con fuerza hasta blanqueársele los nudillos. Le dio vueltas la cabeza. Es la sensación que una tiene cuando el alcohol se deja notar...

Unas luces enfocaron el parabrisas. Unos faros grandes, con las largas. Infringía las ordenanzas sobre el oscureci...

Joan quedó cegada por el resplandor. Se frotó los ojos y perdió el control. Se estrelló contra las luces y aquel enorme algo.