Ben Clark. Foto: Fabio de la Flor

Premio Loewe. Visor. Madrid, 2017. 68 páginas, 11 €

En el primer poema, muy interesante y que da el tono para todo el libro, el poeta se presenta a la espera del poema, un acontecimiento que equipara a la llegada del amor, un amor que, al presentarse, lo hace "llenando de palabras / el espacio vacío". Así, amor y poema se hacen uno en su naturaleza lingüística y ello dice cómo estos poemas son una celebración de la poesía, del amor y en fin de la vida, aunque ésta incluya la muerte.



Desde ese presupuesto, Ben Clark (Ibiza, 1984), autor de libros significativos y que han tenido no escasos reconocimientos, como Los hijos de los hijos de la ira (2006) o Basura (2011), además de otros trabajos de traducción, ofrece en unos poemas escritos en un lenguaje claro el relato de la experiencia de la vida, su goce incluso en los momentos dolorosos, como un trasunto de la armonía del universo que incluye -cómo no-, las catástrofes cósmicas, de manera que lo uno y lo otro, lo mínimo y lo total, trabajan como metáforas o alegorías recíprocas. Se dice bien claro en "Origen": "el día que llegaste" es igual al génesis del cosmos. Por otra parte, la armonía universal, esa música de las esferas, de la que hablaron, entre tantos otros, el platonismo o fray Luis de León, encuentra también su expresión en el cuidado rítmico del discurso.



Ese amor, que es central, toma la forma de la amistad en "Ceres", la nostálgica rememoración de la casa familiar de la infancia, cuyo encanto ya no se ha podido volver a encontrar. El niño que fue el personaje del poema y sus ensoñaciones vividas como reales, la visita al cardiólogo con el padre, a quien se homenajea en varios de los poemas, el recuerdo del abuelo, de la abuela, en fin, puntos de partida para la escritura nada extraordinarios, sino "de lo que fue" por emplear la expresión de uno de los textos, a lo que cabe añadir, de lo que es, es decir, de los poemas, siempre eficaces en su encerrar una emoción, si bien legible, sin asomo de aspavientos, siempre contenida.



Y es que el personaje de este libro habla de un modo natural, cercano al de la conversación, y habla para decir que hay un sentido de la vida, aun cuando, ante la llegada del cometa Halley y su impacto en el planeta se produjese el fin del mundo.



La policía celeste, cántico cósmico y terrestre, merecedor de un Premio Loewe que llega ahora a su trigésima edición, lo que no es sino otra ocasión de celebración.



Los rotos (con Anne Sexton)

Todas las divisiones son mentira

salvo la que divide los cuerpos en dos

grupos incomprensibles entre sí.

Aquellos que se han roto y los que no.



Los rotos no pedimos demasiado:

que se nos quiera, sí,

que los que no han vivdo la fractura

tengan paciencia

si mascullamos viendo las noticias

o hacemos el amor

con un poco de miedo.



Entenderás, entonces, ciertas cosas.

Por qué en casa las tazas no se tiran

y por qué a veces quiero

estar solo después de que suene un portazo.

Los ritos de los rotos, amor mío.

Ademanes que espero que no comprendas nunca.