Victoria Atencia. Foto: Archivo

Universidad de Salamanca, 2014. 328 pp., 17'10 e.

Concedido el pasado mayo el Premio Reina Sofía a la obra de María Victoria Atencia (Málaga, 1931), la Universidad de Salamanca con la colaboración de Patrimonio Nacional publica puntualmente la antología de rigor, excelente complemento al galardón y que, dado el cuidado con que se vienen realizando y los siempre interesantes prólogos que incorporan -y así lo es y bellamente escrito el de Juan Antonio González Iglesias-, esas antologías vienen a ser una prolongación del premio o segundo premio.



Hay siempre en los poemas de Atencia una aspiración a la belleza y ese término es aquí justo pese a que pueda resultar hoy algo desacreditado o, al menos, no muy usual. Aspiración a la belleza, pues, o, dicho de otro modo, la belleza como aspiración y es oportuno recordar que su obra primera, Tierra mojada (1952), tenía un epígrafe de San Juan de la Cruz -y véase el poema que aquí se reproduce-, quizá el mayor poeta de la lengua española y, en cualquier caso, quien con sus versos trata de dar cuenta de una aspiración, una elevación con materiales, por lo demás, nada alambicados, como tampoco lo son los de esta poeta.



En efecto, la dicción de los poemas de Atencia es en términos generales sencilla, el léxico, la sintaxis, eso sí, siempre todo sirviendo a una armoniosa musicalidad, imagen de un orden, cósmico y espiritual, imagen uno del otro, tal que "Una lágrima puede / comprometer el curso de las constelaciones". Así pues, sí, en esta cosmovisión hay un orden -y ésta es una idea clásica: "Debida proporción" da título a un poema-, pero su equilibrio es inestable, hay siempre algún accidente que está a punto de quebrarlo y desbaratarlo todo, por lo que fijar el instante en que la intuición poética tiene la percepción de ello es, digámoslo así, el alma del poema, si se prefiere, su razón de ser. A eso responde la escritura de Atencia, de una delicadeza -otra palabra desusada en la crítica, pero también justa- como muy pocas.



Ya sea un lugar, más o menos emblemático, Venecia, Praga, Villa d'Este o simplemente un pueblo o, a primera vista más prosaicos, Puerto Banús, ya una obra de arte, como en la serie "Homenaje a Turner" o la música de Bach o Shostakovich, ya una lectura, de la Biblia o la materia clásica a Manrique o Rilke, ya una escena de la vida cotidiana en el hogar, en el jardín, etc., parece no importar el motivo, el impulso de inscribir ese instante, lo decisivo está en la mirada, una mirada que todo lo transmuta en palabra poética. Una mirada que es una vivencia por la cual lo exterior se torna íntimo, como en "Árbol de Navidad", donde si unos pájaros "hunden en migraciones invisibles su vuelo", eso se traduce en "venas adentro mías, encendiendo mi sangre".



Los poemas dan fe de un amor a la vida y el conjunto viene a construir un gran cántico, es la vida escrita, de ahí que en "La tinta, el curso azul" se presente "como una vena que me recorriese y tiño / y escribo y leo y sufro su latido," Cántico en que belleza, vida y muerte se anudan y, así, la podredumbre de un dranúnculo es "testimonio de vida". Poesía de excelencia en una antología excelente.

Noche oscura

Quien apiña la noche bajo el embozo, vuelve

a negarme por huésped de su amor cotidiano

,y la palabra -el tenue susurro del aliento,

que apenas significa- con la alondra primera

teje la frágil trama de la desesperanza:

contra sí se debate el que combate a solas.



Amante el más difícil, que hasta el alba persigo:

en tu vacío encuentra mi poema su hechura.