Hiperión. Madrid, 2014. 224 páginas. 15 euros

Para la historia literaria Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 1901-Madrid, 1952) ofrece una imagen hace tiempo ya consolidada como brillante autor de comedias y novelas y su obra en conjunto es la de un humorista, calificativo este que no debe implicar ni remotamente la pertenencia a un segundo o aún menor rango en la escala de las valoraciones literarias. En absoluto, el humor es una categoría estética sin más. O, con algo más, pues no se puede dejar de lado que la risa es terapéutica, así se consideraba ya en la Grecia antigua y estudios modernos concluyen que libera las tensiones, y es, por tanto, beneficiosa para la salud. En fin, que Henri Bergson cerró el siglo XIX con su conocido tratado sobre la risa, poco después Freud se ocupó a su vez de la cuestión y es bien conocido cómo las vanguardias, y el surrealismo en particular, mostraron su interés por el asunto. Factores todos ellos que permiten entender que el humor adquirió en los tiempos de Jardiel un impulso sobresaliente y dentro de él, en concreto, lo absurdo.



Y es ese instrumento para la comicidad, el absurdo, la incoherencia predicada por Ramón Gómez de la Serna, todo un maestro, el que Jardiel supo utilizar con toda destreza en sus escritos. Y así sucede en los poemas reunidos en este libro. Si advierte de uno de ellos que se trata de un romance del siglo XV, no tiene ningún inconveniente en mencionar "una colección de libros de ultraístas españoles", puro disparate anacrónico -y conviene agregar que él mismo es autor de algunos poemas adscribibles ese ismo-; y en el soneto dedicado a la estatua de don Fruela explica cómo éste no tenía méritos para el monumento y sí, en cambio, "el primero que comió mortadela", donde la rima sirve eficazmente al efecto cómico, como en tantos otros pasajes. Al igual que en sus comedias y novelas se burla de las tramas policíacas y las narraciones románticas, hay entre sus poemas ridiculizaciones del género fábula, una conversación entre unos guantes y un smóking o sobre los automóviles, con su obligada moraleja, donde también el humor sirve a la desautomatización de las reglas literarias. Y al mismo tiempo es arma ideal, y tradicional, para la sátira de costumbres, bien que en Jardiel la sátira no es ácida, sino de una tonalidad amable. La mujer que busca con quien casarse y usa estrategias disparatadas, los políticos del Congreso, los críticos literarios, etc., son blanco de los versos burlescos jardelianos. No faltan, por otro lado, algunos textos que son retratos, y homenaje, de escritores y personajes de la época.



Hay que señalar también la diversidad de formas utilizadas por el autor: romances, coplas, sonetos, alejandrinos, endecasílabos, muestras de la habilidad de Jardiel Poncela para la versificación, como demostró también en varias de sus comedias, de las que, por cierto, procede alguno de los poemas.



Jardiel invoca en uno de sus versos a Quevedo "el supremo humorista". Siguiendo su ejemplo, él mismo buscaba "renovar la risa" y, sin duda, llevó a cabo su propósito, tanto en sus destacadas y más conocidas obras mayores, como también en estas piezas no tan menores como pudiera parecer a primera vista.