Jean Cocteau visto por Modigliani

Traducción de Antonio Álvarez. Edición de Alfredo Taján. Confluencia. Málaga, 2012. 131 páginas. 24 euros



Ante todo decir que nos hallamos ante una edición muy bella y cuidada (con numerosas ilustraciones, generalmente de o sobre el propio Cocteau) que claramente es una preparación para conmemorar -el próximo octubre- los 50 años de la muerte de Jean Cocteau (1889-1963), el gran moderno, el trágico de las piruetas divertidas, quien en sus últimos años pasó varias temporadas en Marbella -naciente entonces como centro de turismo internacional y de élite- invitado por Edgar Neville y Ana de Pombo, dos de los inventores de aquella idea, que no sabemos hasta qué punto no concluyó en espejismo. Durante su última estancia, en 1961, Cocteau pintó varios paneles para la tienda-salón de Ana y escribió un texto, El cordón umbilical, por primera vez traducido ahora al español, y que es un muy personal ensayo de autoexégesis, en la línea de La difficulté d'être (1947), aunque quizás algo menor. El buen prólogo de Alfredo Taján aclara muchas de las circunstancias, como el peculiar apoliticismo de Cocteau, conocido homosexual y opiómano, a quien se solía considerar como un atractivo personaje de una derecha en verdad más que "sui generis".



Cocteau, cuya faceta de poeta (a veces muy notorio) ha quedado frecuentemente opacada contra su voluntad, empieza y termina El cordón umbilical -petición, al parecer, de una amiga- con sendas series de tres sonetos que yo hubiese publicado bilingües, aunque el cuerpo de prosa tampoco lo sea ahora. A pesar de que en el texto autoexplorativo hay algunas menciones españolas (por ejemplo a Unamuno en relación a su lectura de El Quijote), uno percibe -y también en los bellos dibujos que tenían el inconfundible trazo que su autor supo pintar- que si bien fue íntimo amigo de Picasso y en teoría gran admirador de España, sobre todo en esos finales años, que Cocteau profundizó muy poco en la cultura española (distinto en esto a Montherlant) y se contentó con una España "a lo Merimée" pero más puesta al día.



Es pena -creo- que Cocteau se quedara, con buen talante, en las puertas más fáciles y tópicas de lo español (tampoco falta Lorca), pero lo bueno está en las reflexiones casi finales que hace sobre sus libros, sobre su actividad como creador. Quizá se refiriese a él mismo cuando escribe, hablando del papel de la poesía: "Los poetas deben vivir por encima de las posibilidades de su época y la gloria reconocerá a los suyos en el hecho de que agonizan toda su vida e incluso tras su muerte". Autor de una obra muy varia (novela, cine, dibujo) Cocteau anteponía a toda su producción el término "poesía" y hablaba así de "cine-poesía", "relato-poesía" o "dibujo-poesía". Pero pese a ese afán -lo dijimos ya- tal vez se le recuerde más por la variedad misma y los múltiples registros de su prosa, a menudo lírica, como en Les enfants terribles (1929). Hay recuerdos personales sobre Radiguet -para muchos su gran amor perdido- sobre Raymond Roussel, sobre Jean Marais o sobre Chaplin, a quien halla muy cansado una noche en un trasatlántico y al preguntarle Cocteau qué le ocurre, Charlot contesta: "Piense en el número de salas en las que actúo esta noche". Cocteau recuerda a otros amigos -Chanel, Picasso, Stravinsky- pero es siempre muy lúcido al reflexionar sobre los géneros, el público y sus variaciones y sobre bastantes obras concretas, incluidas las teatrales, otra de las grandes facetas del poeta.



Ya he afirmado que estamos ante un texto bello y lúcido de autoexégesis, que no alcanza las cotas de La dificultad de ser, porque Cocteau era (cuando escribió "El cordón umbilical") un hombre enfermo y cansado, aunque su innata elegancia le sirviera de pantalla. Obra menor y sugestiva -en un muy bello libro-, nos sirve para recordar y volver un rato a aquel gran autor, moderno y clásico, saltarín y dandi, que escribió: "Yo soy un mentiroso que dice siempre la verdad."