Un par de viñetas de Tiempo de canicas

La Cúpula. Barcelona, 2014. 148 páginas, 18'50€

Hace poco, durante su paso por Madrid, John Banville hablaba de que cualquier persona tiene una historia que contar, pero que a menudo no es ella la más indicada para hacerlo. Dentro de la operación comercial que sostiene el concepto de novela gráfica, "dirigido a un consumidor adulto a la moda y con ciertos ingresos", como comenta Corey K. Creekmur en el epílogo de este álbum, podríamos hablar de un subgénero en alza, el autobiográfico, que a menudo parece hacer bueno el aserto del escritor irlandés.



No es el caso de Tiempo de canicas, un prodigio narrativo de Gilbert Hernández (Oxnard, California, 1957), que nos viene entregando auténticas joyas desde la época en que él y sus hermanos Mario y Jaime pusieron en marcha aquella aventura editorial que fue "Love&Rockets", allá por 1981. Encuadrado en lo que unos dieron llamar el "neounderground", otros "cómic alternativo", y otros "cómic independiente", Beto respondía a aquel espíritu punk de la época que hizo buena la idea de que para crear cualquier cosa no era necesario estar en posesión de una gran técnica sino tener algo que comunicar, una visión que acabó por causar bastantes estragos, pero que nos dejó algunas perlas entre tanta osadía.



Dibujante inferior a su hermano Jaime, Beto le ha superado siempre como narrador, ambos construyendo su universo gráfico a partir de referencias estéticas, nunca ocultadas, de obras poco consideradas en el canon de la historieta, como La pequeña Lulú de John Stanley, Daniel el travieso de Hank Ketcham, o, muy evidente en su caso, el Little Archie de Bob Bolling.



Y, así como Jaime nos ha legado algunos personajes femeninos de inusitada fuerza, como Maggie Chascarrillo, a Beto le debemos la construcción de uno de los universos más rico en matices de la historia de este medio: ese pueblecito, que suponemos mexicano, aunque nunca nos lo haya confirmado, de Palomar, en el que sobresale una mujer, Luba, pero del que no podremos nunca olvidar a Heraclio, Carmen, Manuel, Soledad, Pipo, y tantos otros personajes. A los que aún dudan de la madurez del noveno arte, les recomiendo la lectura de todos los títulos de la saga que tiene editados esta editorial.



Se ha dicho de él, con esa alegría que nace de un maldito complejo de inferioridad, que era el García Márquez de los tebeos y ahora Creekmur, en el epílogo antes mencionado, lo relaciona con Marcel Proust. Olvídense de esas referencias un tanto impostadas, y disfruten de este libro, el más autobiográfico de los suyos a tenor de lo que conocemos de su vida y la de su hermanos, aunque convenientemente "ficcionalizado", que nos devuelve, como pocos, las sensaciones de la infancia y la adolescencia en una localidad californiana a principios de los años sesenta. Y digo bien sensaciones, porque, a diferencia de la manera habitual de recrear estas etapas de la vida, en las que se impone la mirada del adulto al analizarlas retrospectivamente, Beto ha capturado ese transcurrir del tiempo, a menudo en nimiedades magnificadas, que nos ocupó intensamente a todos cuando vivíamos bajo una lógica que el crecimiento desterraría.



Leyéndolo, no he podido sino acordarme continuamente de esa joya silente que es Nací, pero... (1932) del cineasta Yasujirô Ozu, en la que, como aquí, todo parecía estar suspendido en una atmósfera que poseía unas reglas propias que determinaban la velocidad o la ralentización de las transiciones de una situación cotidiana a otra. De modo y manera que no encontrarán nada excepcional en el devenir de estos tres hermanos (Huey, Junior y Chavo) y sus amigos y amigas, pero sí podrán evocar, lo que ya es mucho, cómo sentían entonces y el valor que adquirían docenas de objetos, casi siempre de escasa entidad, a los que transferíamos muchas de nuestras confusas emociones.



Esto "es el egoísmo del instante, del solipsismo más aguerrido, que solo la educación y la madurez derrotan", del que Ricardo Menéndez Salmón nos hablaba en su último libro.