Desde que se comercializaran por primera vez en Estados Unidos a principios del siglo XX, las galletas Oreo han tenido que ser consumidas, más que probablemente, de forma muy distinta por blancos y por negros. En paralelo a su creación surgiría de hecho el llamado Renacimiento de Harlem, pionera etapa de reivindicación de lo afroamericano a través de la cultura, y quiero pensar que a pocos de sus protagonistas se les escapó entonces el claro simbolismo que dichas galletas ofrecía: dos fornidas y elegantes tapas de chocolate negro muy oscuro aplastaban una blandengue (aunque deliciosa) crema blanca.

Oreo

Fran Ross

Traducción de José Luis Amores

Pálido Fuego, 2022

286 páginas, 22,90 €

La escritora y periodista Fran Ross (Filadelfia, 1935-Nueva York, 1985) se valió en su día de esta tensa dialéctica a la hora de titular la que fue su única novela, Oreo, publicada originalmente en 1974, no leída en su momento por (casi) nadie y rescatada en los últimos años del imperdonable olvido en el que había vivido durante varias décadas, para regocijo de, por ejemplo, Paul Auster, que la considera una de sus novelas favoritas de todos los tiempos.

Enfrentarse hoy día a Oreo deja en cualquier caso un regusto de lo más amargo, pues pocas veces una recuperación se nos ha antojado tan necesaria desde el punto de vista no ya solo literario sino sobre todo histórico, en la medida en que estamos sin duda alguna ante una obra única en su género, en tanto que (divertidísima) comedia posmoderna sobre la identidad (racial) escrita por una mujer judía y de color en plena era del Black Power, con la Odisea de Homero de fondo y, por qué no decirlo, también con el Ulises de Joyce.

Oreo se presenta así como una suerte de road novel urbana por las calles de Nueva York, por las que la protagonista, Christine Clark, en plena cruzada personal, irá encontrándose con diversos lugares y personajes, equivalentes a su manera a los que componen la epopeya clásica sobre la que se sostiene. Habrá así un Teseo y un Minotauro y baste decir que el célebre Apollo Theatre de Harlem hace aquí las veces del Templo de Apolo.

'Oreo' es un verdadero festín para el lector y depara la más gozosa de las experiencias intelectuales

Sin ser un estudioso en la materia, me cuesta pensar en títulos equivalentes (en el marco de la literatura norteamericana de la época), por más que puedan establecerse ciertos paralelismos estéticos entre este Oreo y el mítico Mumbo Jumbo de Ishmael Reed, sobre todo en lo que al retorcimiento del lenguaje se refiere, amén de a las claras reivindicaciones sociales que ambas obras contienen. Baste en cualquier caso señalar que la célebre El color púrpura, de Alice Walker, que se alzó en su día con el primer Pulitzer a un escritor afroamericano, se publicaría ocho años después, lo que vendría a asentar el innegable carácter pionero del título de Ross.

Nada de esto tendría trascendencia si Oreo no fuera encima un verdadero festín para el lector, si no deparara la más gozosa de las experiencias intelectuales, al más puro estilo pynchoniano, vonnegutiano o brautiganiano (como quieran llamarlo), a través de inteligentísimas ocurrencias narrativas por estampas plasmadas, sí, negro sobre blanco.

Del brillo que destila este texto ha de tener algo de culpa su traductor, un José Luis Amores en estado de gracia inventiva, que habrá tenido que vérselas para juguetear así en castellano con el yiddish más oscuro que puedan imaginar. De la destreza de Ross con el lenguaje se aprovecharía de hecho, al poco, el polémico comediante Richard Pryor, entonces en la cúspide de su carrera, quien la contrataría como guionista para su primer show televisivo, prematuramente cancelado. Será o no una casualidad, espero que al menos sea un homenaje, pero tras la cancelación de aquel programa Pryor protagonizaría la primera película de Paul Schrader, Blue Collar, en la que dos negros y un blanco llevaban a cabo un penoso robo, siendo bautizados por la prensa como “the oreo gang”. Y ahí lo dejo.