Mary Karr

Traducción de Regina López Muñoz. Periférica & Errata Naturae, 2017. 520 páginas. 23€. Ebook: 8'99€

Todas las familias con más de un miembro son disfuncionales, afirma en el prólogo de este peculiar libro de memorias su autora, Mary Karr (Groves, Texas, 1955). Si bien esta aseveración no exenta de humor es indiscutible, también lo es que no todas las familias lo son en la misma medida y que el clan de los Karr, sin duda, se lleva la palma en el ranking de disfuncionalidad de la literatura reciente. Ahora bien, el gran mérito de El club de los mentirosos (1995) no parece solo achacable a la historia en sí, por llamativa que resulte, sino a la elección de montar el relato familiar a través de los recuerdos de la pequeña Mary, recuerdos sinuosos, a ratos confusos, a ratos excéntricos, en los que predomina un ligero tono de desenfado y rebeldía, parejo a la sorpresa ante el descubrimiento de que contar con unos padres que te quieren no es un cheque en blanco que proporcione seguridad o protección.



Entre un pequeño pueblo de Texas y otro de Colorado, el lector asistirá a un desfile a veces esperpéntico de tragedias varias, entre ellas la agonía de una abuela temible, un huracán, un incendio devastador, una tormenta de langostas, el alcoholismo creciente de la madre, el no menos creciente del padre, abusos sexuales de supuestos cuidadores, peleas y más peleas. Sin embargo, hay tal generosidad en la manera de escribir de Karr, late en ella un deseo tan intenso de completar con nombres aquello que suele enterrarse en el silencio, que la lectura de estas memorias no resulta en ningún momento agobiante ni dramática.



Muy al contrario, se respira en ellas complicidad, ternura y ese humor negro tan propio del estilo gótico sureño, del que Karr se presenta como fiel heredera. Hay, además, una perspicacia y una sensibilidad enormes en la descripción de los personajes (inolvidable la relación de la protagonista con Lecia, su hermana mayor), así como del entorno, con su naturaleza hostil plagada de polvo, serpientes y tóxicos provenientes de las torres petrolíferas.



El título del libro hace referencia al grupo de amigos del padre de Karr, todos trabajadores en la refinería, y a sus encuentros (normalmente regados con alcohol) para comer, pescar o jugar al billar. Cuenta la narradora que, desde muy niña, acompañaba a su padre a estas reuniones, en las que aquellos hombres sencillos competían por contar la mejor historia, entre hipérboles, digresiones, discusiones y aplausos, conversaciones que me han recordado no pocas veces a las tan cercanas de El bar de las grandes esperanzas (2005) de J. R. Moehringer. Puede que de ahí le venga a la autora la capacidad de narrar con esa hábil mezcla de oralidad y lirismo (captada a la perfección por la traductora Regina López Muñoz), una gracia que solo poseen los que observan y escuchan mucho. También resulta curioso el contraste entre los mentirosos del club y el anhelo de búsqueda de la verdad que encierra este libro: las heridas cicatrizan mejor si se exponen al aire, afirma Karr, lo que convierte su escritura en una suerte de sanación o de catarsis.



Aunque las figuras del padre, la hermana y la abuela son tratadas con admirable profundidad, es la madre el personaje más complejo y atractivo. En ella se condensan un pasado innombrable, la sensación de encierro ante la falta de horizontes, la tendencia a la depresión, el anhelo de cultura, el caos amoroso y vital. El club de los mentirosos viene a sumarse así a la reciente publicación de grandes títulos en los que las madres escapan a su papel de abnegadas sufrientes y despliegan su imperfecta (a ratos heroica) personalidad propia, como Apegos feroces (1987), de Vivian Gornick, o Nada se opone a la noche (2011), de Delphine de Vigan.



Este formidable libro, escrito hace ya más de veinte años y elegido por The New York Times, The New Yorker, People y Time como el mejor de su año, demuestra que la llamada autoficción tiene raíces bien hondas y que lo verdaderamente importante cuando uno se decide a contar su propia vida es, primero, tener algo interesante que contar y, segundo, saber contarlo, como hace Mary Karr, sin alardes, sin exhibicionismo, sin victimismo y con mucho, mucho talento.