Sergio del Molino. Foto: YouTube

Random House. Barcelona, 2017. 224 páginas. 17,90€. Ebook: 9,49€

Hay una expectativa que el nuevo libro de Sergio del Molino (Madrid, 1979), La mirada de los peces, no quiere alimentar, en una decisión inteligente: quien busque aquí una indagación densa en el asunto del suicidio (no es tema que carezca de lectores) se decepcionará. Es cierto que la novela afronta la muerte escogida por el profesor y activista Antonio Aramayona, quien puso fecha a su decisión e incluso protagonizó un documental dirigido por Jon Sistiaga antes de cumplirla; pero las cuestiones que interesan al autor son otras, derivadas de eso. Del Molino fue alumno y amigo del profesor, y en el acontecimiento de su suicidio descubrirá la urgencia de inspeccionarse a sí mismo doblemente, como discípulo y como narrador consciente de las relaciones conflictivas entre vida y relato, especialmente si ese relato aspira a un final cerrado y moraleja pertinente. El siguiente paso del texto es dotar de una dimensión generacional a sus interrogantes. Paradójicamente, al hablar de sí mismo a partir del suicidio de otro, del Molino se muestra exquisitamente respetuoso con Aramayona y con el lector: es la prueba de que está dispuesto a pensar críticamente un asunto tan delicado, como su profesor habría querido, y que se niega a vampirizar esa muerte.



Así, el viejo profesor a quien vamos conociendo en apuntes que abarcan dos décadas (de 1996 a 2016) se revela como una figura viva, con contradicciones y límites acentuados a medida que avanza su trayectoria personal y pública: de saboteador del sistema educativo mediante provocaciones inteligentes en los 90, a santo laico de la nueva política a partir de 2009. En ese camino, su discurso se arriesgó a pasar de anfetamina a homilía: "[Aramayona] me gustaba donde me podía dar ejemplo y no donde quería darnos ejemplo. Donde se dan los abrazos y no caben los aplausos", escribe el narrador, desubicado ante las hechuras del "personaje" público en sus últimos años. Esta relación problemática, que introduce distancia o extrañeza donde antes sólo cabía entrega, confiere verdad al libro al tiempo que la convierten en una reflexión acerca del legado de los adultos a quienes lo serán algún día.



La novela se sitúa en territorios recurrentes del autor, no tanto por la naturaleza autoficticia del texto como por la exploración de los silencios que definen una existencia. En La mirada de los peces, ese silencio nace en el instante brumoso en que dos vidas y sus relatos respectivos tuvieron que empezar a mirar atrás si querían recuperar la encrucijada en la que una vez convergieron plenamente: cómo lograr que la memoria sea fiel y sin embargo exacta es la pregunta más emocionante del libro. Y como el planteamiento es impecable, es una lástima que el retrato generacional a base de música heavy, skins y barriada aspire a ser demoledor y en cambio resulte consolador en un sentido genérico, hasta prêt-à-porter. En la "primera persona" que el autor defiende como única forma de mancharse las manos, o más exactamente en su salto al plural, se producen sobrecargas de explicitud o autoindulgencia, frases como "nada de lo que hacemos le importa a nadie" subrayadas con afectación no buscada. Quiere mancharse, se nota, pero no sé si nosotros salimos manchados.



El límite de este libro es su rastro indoloro: la dialéctica entre las propias decisiones y las del suicida pudo poner al lector más contra las cuerdas. Entonces, la lucidez de su final consolaría de verdad. Entonces, sería un gran libro y no solo el libro digno que indudablemente es.