Larry Brown. Foto: Tom Rankin

Traducción de Javier Lucini. Dirty Works. Madrid, 2015. 240 páginas, 21'50€

Sorprende y mucho que una novela del calibre de Trabajo sucio (1989) permaneciera inédita en castellano. Cierto es que a su autor, el sureño Larry Brown (1951-2004), tampoco se le había echado mucha cuenta antes en España: tan solo la colección de relatos Amor malo y feroz (1990) se encontraba traducida hasta la fecha. Podría uno pensar que el hecho de que la literatura de Brown haya sido calificada de violenta, incómoda y brutal ha terminado por ahuyentar a los eventuales editores, pero todos sabemos que no es ese, en principio, mal reclamo publicitario: pensemos si no en los Palahniuks del mundo. En cualquier caso, justo es resaltar que Larry Brown, que reconoce como lecturas de formación las de sus compatriotas William Faulkner y Flannery O'Connor, trasciende de dichos calificativos al menos en esta su primera novela, pues Trabajo sucio es por encima de todo una historia humana y sensible como pocas que pone el foco en la trágica pero necesaria amistad de dos almas rotas por el destino.



Braiden y Walter coinciden en un hospital militar para veteranos. Los dos se encuentran postrados, sin apenas movilidad, y se ven obligados a hablar entre sí para hacer las horas más llevaderas. Pronto descubrirán que tienen un pasado común, que ambos se han criado en los duros campos de algodón de Mississippi. Los dos combatieron en Vietnam veinte años atrás, hecho que, al igual que sus orígenes humildes, ha marcado sus vidas para siempre: Braiden no tiene brazos ni piernas, Walter tiene el rostro lleno de cicatrices. Dos vidas destrozadas que se encuentran por puro azar y cuyas similitudes no tendrían nada de particular, más allá de la casualidad, si no fuera porque uno de ellos es negro y el otro blanco.



Debe apuntarse, no obstante, que la trascendencia de la cuestión racial en esta novela se mide, más que por las diferencias, por los paralelismos vitales que se dan entre Braiden y Walter, lo que termina definitivamente por hermanarlos. Y en esto tiene mucho que ver el lugar de origen de los personajes. En sus recuerdos de juventud encontraremos pasajes que remiten directamente a textos como Una infancia. Biografía de un lugar (1978) de Harry Crews o La senda del perdedor (1982) de Charles Bukowski, dos autores que comparten muchísimas afinidades estéticas con Larry Brown. En ellos se deja entrever la enorme influencia de ese "gótico sureño" tan marca de la casa, donde el paisaje juega a ser casi un personaje más dentro de la narración: como geografía violenta, perversa y ciertamente paleta, el Sur de los Estados Unidos condiciona sin remedio la vida de aquellos que han crecido en él. Condiciona así al propio autor, condiciona en igual medida a los personajes protagonistas de Trabajo sucio. Será, de hecho, el encuentro de un lugar común en la memoria de estos dos excombatientes lo que hará que afloren los traumas de la guerra, durante tanto tiempo silenciados.



La historia del soldado que vuelve a casa incapacitado para la vida civil ha sido contada en numerosas ocasiones, algunas sin perder de vista el componente traumático, como en Primera sangre (1972) de David Morrell; otras en clave contracultural, como Dog Soldiers (1974) de Robert Stone. Pero lo que Larry Brown ofrece en Trabajo sucio no es solo un demoledor alegato antibelicista, es también un cántico a la vida, con no pocas dosis de humor, que aquí se reivindica mostrando su lado más cruel: el de la no existencia de segundas oportunidades; el de la mentira que supone, en definitiva, el llamado "sueño americano".



Para plasmar con vehemencia lo anterior, Brown propone una estructura novelística en la que el punto de vista va alternándose en cada capítulo, ya sea Braiden o Walter el interlocutor. A través de sus diálogos o pensamientos internos, el lector será testigo privilegiado de todo aquello que comparten y de todo aquello que callan, y entre esos recovecos se irá colando, sutilmente, un final espeluznante, un final redondo que hace de este Trabajo sucio un duro pero hermosísimo mazazo literario.



@FranGMatute

de bombero a escritor

Pocos podían sospechar, cuando Larry Brown abandonó sus estudios y se alistó en los marines, que iba a ser uno de los mejores narradores del profundo sur norteamericano. Sin apenas estudios literarios pero devoto de Faulkner, trabajó como bombero 16 años en Oxford (Mississippi). Como no podía dormir en las guardias, aprovechaba las horas en las que sus compañeros dormían para leer y escribir incansablemente relatos de los que no se avergonzaba pero que jamás quiso publicar hasta reunir los mejores en Facing the Music (1988). Dirty work (Trabajo sucio, 1989), su primera novela, supuso su descubrimiento.