Alejandro Zambra. Foto: Archivo

Sexto Piso. Madrid, 2015. 96 páginas, 14€

El título del nuevo libro de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975), Facsímil, remite al examen de ingreso universitario en su país, un equivalente de la selectividad española. Zambra adopta la estructura que esa prueba tuvo hasta 1994 (por lo tanto, la que él mismo tuvo que superar) para articular un libro que debe ser clasificado sin duda en el campo de la narrativa, aunque/porque su aspecto es múltiple y equívoco. En sus cinco secciones se proponen toda clase de ejercicios, todos ellos tipo test: hay que descartar palabras, o bien escogerlas; hay que decidir el orden más adecuado para una serie de enunciados; hay que eliminar frases que el lector/examinado juzgue irrelevantes; hay que escoger las mejores respuestas a unas preguntas basadas en textos.



La lectura es breve y ágil, y su primera malicia está en plantear un juego a partir de algo fundamentalmente pesadillesco y homogéneo: una prueba académica. Si al estado se lo conoce por sus mecanismos burocráticos de control, por parte de Zambra resulta muy lúcido haber escogido precisamente este formulario académico, un test que descarta e iguala, para intensificar su propuesta minimalista, generacional e irónica. Un documento impermeable al que se dinamita desde dentro, convirtiéndolo en una exhibición de narrativa permeable. Pero recordemos que no toda lo es: Rafael Sánchez Ferlosio calificó al género de "instrumento de control social" en la reciente entrevista concedida a Ignacio Echevarría que publicó El Cultural, refiriéndose probablemente a la novela de arquitectura consoladora, pero cuesta imaginar que Facsímil pudiera parecerle tal cosa aunque paradójicamente muestre las hechuras de un indudable instrumento de control social. Ese es el valor político del experimento; que además es ingenioso, nadie lo duda. La lógica lúdica de este libro sólo podría llevarse más allá, por ejemplo, pergeñando un microrrelato sobre la estructura clasificadora del DNI. No es imposible. Tampoco sé si necesario.



Dedicado a tres de sus profesores, Zambra arranca el libro proponiendo cinco palabras relacionadas precisamente con el término ‘Facsímil', para que el lector descarte aquella que "no tenga relación con el enunciado ni con las demás palabras": ‘copia', ‘imitación', ‘simulacro', ‘ensayo', ‘trampa'. A partir de ahí, las ideas de copia (tan de ir al instituto), mentira o afectación identitaria recorren el libro, zambriano de principio a final: las relaciones de pareja y familia son vistas con crudeza y ternura alternativas, aunque aquí cobran una importancia imperiosa la paternidad y la filiación, vinculadas ambas a la idea de legado (cultural, institucional, sentimental); Chile se incardina con el individuo, o por citar uno de los ejercicios, "intentas ir de lo general a lo particular, aunque lo general sea el general Pinochet"; la vida se intuye como un proceso de borrado; se recupera el indiscutible tono generacional, por mucho que se pueda bromear al respecto (a fin de cuentas, la generación de Zambra se piensa obsesivamente y se burla obsesivamente de sí misma, pero de bajona; eso es tan "de los noventa" como el "miedo a nombrar"); en lo estilístico, la brevedad, la intuición, lo juguetón, y el talento para cuajar sentencias. Una de ellas, brutal, se plantea como única respuesta posible a cierto ejercicio: "a ustedes no los educaron, los entrenaron". Porque, en un último estirón estructural, hay ejercicios que sólo admiten una respuesta, explícitamente. Son ejercicios-callejón sin salida.



Facsímil es una lectura divertida, a veces hasta tronchante, otras veces desoladora, que ofrece relatos en sentido más o menos clásico, microrrelatos (o algo parecido) fragmentados hasta parecer un test o un poema, y hasta algo parecido a microensayos. Es también un recordatorio de que, de momento, algunas cosas sólo puede hacerlas la literatura.