Benjamin Black. Foto: Alberto Cuéllar

Traducción de Nuria Barrios. Alfaguara. Madrid, 2014. 328 páginas, 19,50 euros

No es habitual que un escritor reciba el encargo de resucitar a un muerto. Y menos aún si ese muerto es con toda seguridad lo mejor que le ha pasado a la novela negra jamás. Porque Raymond Chandler lustró el género como se lustran un par de zapatos viejos a los que nadie prestaba demasiada atención, o la prestaban de una manera que nada tenía de seria ("una vez cada tanto, una muy rara vez, un autor de policiacas es tratado como escritor", dijo él mismo en una ocasión), y los convirtió en un nuevo par, en un par de rutilantes mocasines como guantes, en cisnes que hasta entonces habían pasado por ocas. ¿Y cómo lo hizo? Inyectándole altísimas dosis de sarcasmo, un sarcasmo poderosamente poético, poderosamente literario, al esquife de bandera negra en que convirtió su obra, un esquife comandado por un tipo solitario, el más memorable de todos los tipos solitarios a los que una vez se les ocurrió montar un despacho que podamos imaginar.



Sí, Philip Marlowe, el tipo ante cuyo retrato se miden el resto de detectives privados y no privados que ha dado el género desde que Chandler publicó la primera de sus novelas, El sueño eterno, allá por 1939. Dicho esto, cuando los herederos del escritor tocaron a la puerta del despacho de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) y le pidieron que resucitara a un muerto, no podían imaginar que la pericia de su cada vez más ilustre muñeco de trapo, Benjamin Black, iba a traer de vuelta a los dos. Es decir, a Marlowe y a su querido autor.



Porque sumergirse en La rubia de ojos negros es viajar al pasado, a un pasado en el que Chandler sigue peleándose con sus escritos hasta enloquecer y en el que Marlowe evitó casarse. ¿Recuerdan el casi final feliz de Playback? Bien, pues olvídenlo, porque es historia. Marlowe sigue soltero. Aunque, por supuesto, chicas ricas e increíblemente hermosas siguen llamando a su puerta. Mejor, a la puerta de su despacho, que ahora comparte con un pequeño bonsái, un arce japonés que se marchita sin remedio. La que lo ha hecho esta vez es una rubia de ojos negros llamada Clare Cavendish, heredera de la fortuna de una rica fabricante de perfumes. Clare quiere que Marlowe encuentre a un supuesto ex amante, Nico Peterson, un representante de estrellas de tres al cuarto que lleva un buen tiempo sin dar señales de vida. Apenas necesitará levantar el teléfono para descubrir que Peterson está criando malvas. Pero eso Clare ya lo sabía. Lo raro es que ella lo ha visto. Y no estaba en absoluto muerto.



Todo parecido con cualquier obra del maestro no es pura coincidencia, sino sentido (y brillante) homenaje: hay guiños a La dama del lago, pero también a El sueño eterno, a La hermana pequeña, y cómo no, a El largo adiós (no en vano Terry Lennox es una de las piezas que se mueven sobre el tablero); el decididamente ingenioso sentido del humor canalla de Marlowe sigue intacto (ante la pregunta de: "¿Qué has estado haciendo desde que me marché de tu casa?"; el detective responde: "Ponerme al día con mi bordado") y las descripciones, descripciones de lugares, de personajes, de los ratos que el propio Marlowe pasa a solas, en su despacho, contemplando a la secretaria que teclea en su mesa, junto a la ventana, al otro lado de la calle, verdadero motor de la distinción de Chandler, aquello que realmente hizo única su aproximación al género, su LITERATURA, en mayúsculas, son tan enormes como lo fueron las del de La Jolla.



Lo de Banville/Black no sólo es de nota. Es histórico. Como lo es ver a Marlowe en un pub irlandés ("podría describirlo, pero me da pereza; imaginen dianas y grifos de cerveza de madera y fotos enmarcadas de una joven reina Isabel a caballo"), tratando de beberse una cerveza "tibia, como la sirven en el barrio londinense de Lambeth". Superar semejante reto y superarlo de esa forma, es decir, resucitando no ya al personaje sino algo mucho más importante, resucitando la voz del escritor que lo creó, deja claro algo que ya veníamos tiempo sospechando: que Benjamin Black es probablemente lo mejor que le ha pasado a la novela negra desde el propio Chandler.