Sergio del Molino. Foto: Mondadori

Mondadori. Barcelona, 2013. 191 pp. 16'90 e. Ebook: 11'39 e.



Las obras novelescas centradas en la enfermedad y el dolor tienen su título de referencia en La montaña mágica, de Thomas Mann, y a ella es casi inexcusable remitir cualquier narración cuyo motivo básico sean los enfermos de difícil curación aislados en un centro hospitalario, como Pabellón de reposo (1943), de Camilo José Cela, o, con un trasfondo político, Pabellón del cáncer (1968), de Solzhenitsyn. Pero La hora violeta, de Sergio del Molino (Madrid, 1979), se alinea sobre todo en la trayectoria, más fecunda, de la llamada non fiction, en la que los elementos novelescos desaparecen para dejar paso a la confesión, incluso en forma indisimulada de diario, de experiencias íntimas dolorosísimas relacionadas con la enfermedad y sin apenas transformación. Es el caso de Diario del hombre pálido (2010), de Gracia Armendáriz, o, más cerca del caso que nos ocupa, de obras como Noches azules (2011), de Joan Didion, y Mortal y rosa (1975), de Francisco Umbral, creaciones estas últimas con las que La hora violeta mantiene especial parentesco.



Didion y sus reflexiones acerca de las "noches azules" han estimulado tal vez el título, mientras que el eje temático de Umbral -la muerte temprana de su propio hijo-, que Sergio del Molino comenta admirativamente (pp. 177-182), lo aproxima al núcleo argumental de La hora violeta, donde el autor glosa con detalle el largo proceso de más de un año por el que su hijo recién nacido sufre las desesperadas e inútiles tentativas encaminadas a curarle la implacable leucemia que se le ha descubierto.



Sin cambiar nombres, lugares ni circunstancias, manteniendo el nombre del niño y el de los padres, extirpando, pues, del relato cualquier asomo de ficción, Sergio del Molino nos ofrece un minuciosísimo relato de los hechos -estancias en el hospital, pruebas clínicas, períodos de aislamiento en habitaciones estériles, sesiones de quimioterapia-, pero, sobre todo, de la continua zozobra de los padres, de sus alternancias de ánimo, que van desde la depresión a la esperanza, de su creciente y necesario acomodo a la vida de acompañantes de hospital, de su familiaridad progresiva incluso con el vocabulario de la enfermedad y los nombres y efectos de cada prueba y cada medicamento, de su relación con algunos otros niños enfermos o con médicos y enfermeras de los dos hospitales por los que pasa el desventurado Pablo. En este vaivén fortísimo de emociones va surgiendo el libro como una tarea necesaria que convertirá la experiencia en algo perdurable y, a la vez, servirá de asidero liberador para evitar el derrumbamiento ante la adversidad: "Lo urgente es también este libro. Con su escritura esquivo lo importante. Encaro la pena con palabras, y mientras resuelvo problemas de estilo, depuro el lenguaje y estructura sus páginas, evito ser tragado por lo importante. Cuidar de los detalles literarios es mi forma de asirme al mástil y mantenerme al mando de la nave" (p. 126). El cuidado formal es, en efecto, notable, aunque neologismos innecesarios como "repulsar" (p. 112), galicismos como "reclamarse" (p.23) o algún error del tipo "punto y final" (p. 191) empañen un tanto la tersura habitual de la prosa. A pesar de ello, lo que predomina sobre todo lo demás es la sinceridad de las confesiones, el sutil análisis de la evolución de la enfermedad -paralelamente, la transformación progresiva del cronista que da cuenta de ella y de sí mismo- y la intensidad de la narración -porque narración es, al fin y al cabo-, todo lo cual hace de La hora violeta una lectura cuyo interés no decae en ningún momento. La literatura del dolor y el relato de "no ficción" se enriquecen notablemente a partir de este momento con la obra de Sergio del Molino.