Rodrigo Rey Rosa

Alfaguara. Madrid, 2012. 232 pp. 18 e. Ebook: 7'59 e.

Rodrigo Rey Rosa (Guatemala,1958) no es un autor desconocido en España, donde se han publicado algunas de sus novelas y libros de relatos. Resulta, sin duda, el más internacional de los narradores de su país. En Nueva York estudió cine y en su primera visita a Marruecos conoció, en Tánger, a Paul Bowles, quien tradujo sus tres primeros libros al inglés. Sin embargo, en Los sordos intenta penetrar en el corazón de una Guatemala actual que mantiene sus raíces indígenas. En una primera parte, que da título al conjunto, perfila una sociedad de enormes desigualdades sociales a través del círculo elegido de los guardaespaldas. En una geografía de volcanes amenazantes y de extensos lagos brota una vegetación exótica y una violencia social en la que la alta sociedad juega a construir dudosos hospitales para niños indígenas y en la que los hermanos Javier y Meme se ignoran. Javier y el médico Ernesto Lara habían recorrido durante un año la Europa hippie hasta que don Claudio, banquero, padre de los hermanos, le convence para que regrese al país. Mientras tanto, su hermana Clara vive una intensa historia de amor con Ernesto ("Picofino"), un abogado en trance de divorcio, que cabalga entre Ginebra y Guatemala. Esta historia de amor, en contraste con la vida de los guardaespaldas de unos y otros, un submundo incrustado en la buena sociedad, delimita la primera parte de la novela, donde Rey Rosa consigue con más acierto ofrecer una visión de la violencia del país (pág. 110) al tiempo que inscribe la novela en el relato de género. Capítulos breves, diálogo acertado y descripción de ambientes constituyen los mejores aciertos del conjunto.



Se describe un secuestro, la petición de un rescate y la desaparición de Clara, una figura ambigua, que oscila entre la delicadeza y la pasión desbordada. La figura de Cayetano, guardaespaldas de Clara, se convertirá en la figura clave que enlaza las dos partes de la novela. La segunda, más imaginativa, menos realista, más indigenista y menos verosímil, no posee el interés de la primera. Don Claudio acaba pagando el rescate, aunque su hija no reaparece. Y esto acaba con la salud del padre. Cayetano, sin embargo, seguirá, tras acabar con su tío Chepa, autor de la petición de rescate, tratando de descubrir el paradero de Claudia. El lector desentrañará la sofisticada huida de la mujer en la página 124.



Rey Rosa juega con la ambigüedad de las situaciones. No descubriremos si Clara, sujeta a un tratamiento de drogas a cargo de Ernesto, el médico a quien han construido un hospital fantástico a la orilla del lago, lo es por voluntad propia o por la de su amante. Tampoco si en el hospital se realizan experimentos con niños indígenas, pero ello le ha de permitir a su autor adentrarse en las costumbres de los mayas, en su sistema judicial, al que se someterán con el consentimiento de la policía. Diversas tribus indígenas pueblan una zona que está entre el subdesarrollo y la atracción turística. Cayetano acaba en en hospital mientras Ignacio y Clara se reencuentran y ella insiste que se halla allí por voluntad propia. El propio juez civil, encargado del caso, recomienda, para calmar a las masas indígenas someterse a la justicia de los tatas o ancianos.



Rey Rosa nos ofrece los ambientes de un país complejo sojuzgado por la droga, donde la miseria convive con las altas finanzas. Los sordos mantienen la incógnita de si su sordera es congénita, y la descripción de las costumbres mayas se convierte en algo más que un telón de fondo: el retorno al indigenismo bajo nuevos encuadres.