Marta Sanz

Anagrama. Barcelona, 2012. 314 pp., 19'90 e. Ebook: 14'99 e.

Esta obra aleja a Marta Sanz de la novela negra entendida como una sucesión de interrogatorios y la aproxima a la novela de interiores.

Arturo Zarco, el detective cuarentón que dejó a su mujer (Paula, la coja) por un jovencito (Olmo) que no tardó en serle infiel, está de vacaciones. Su amiga, Marina Frankel, le ha invitado a pasar el verano en el "riurau"de la familia, y en lo primero en que piensa Arturo cuando la ve es en que si le invita a subir a la azotea del hotel en el que han quedado, lo más probable es que lo empuje al vacío. Así arranca la segunda entrega de la serie Zarco, pisando el acelerador en lo personal (el abismo insondable que cada uno de nosotros esconde) y echando el freno a lo "negro", en el sentido "recogepistas" de la palabra (después de todo, Zarco no está de servicio), o lo que es lo mismo, insistiendo en la investigación psicológica por encima de la investigación criminal. Esto, el preferir asomarse al pozo existencial de sus personajes a reunir pruebas más o menos empíricas del crimen (también psicológico) cometido, aleja definitivamente a Marta Sanz (Madrid, 1967) de la novela negra entendida como sucesión de interrogatorios que desembocan en el arresto de un culpable y la aproximan a la novela de interiores en la que el detective, como en aquellas historias en las que se busca al asesino, es el diestro "montapuzzles" que reúne piezas, el imán que las atrae todas, el tipo ante el que sus personajes se descubren como se descubrirían ante quien debe juzgarles.



Pero será mejor que empecemos por el principio. Arturo Zarco está de vacaciones en casa de las hermanas Frankel, Marina e Ilse, gemelas monocigóticas (como es habitual en la familia), que viven bajo el yugo de su carnívora tía Amparo, Amparo Orts, la pérfida madrastra del cuento que creyó que podía comprar un corazón con dinero, esto es, que todos debían quererla porque ella lo compraba todo y que no importaba las veces que pisoteara a sus sobrinas, ni a su hermana (Janni), que debían quererla de todas formas porque sin ella no serían nada. La misma Amparo Orts que se casó con un hombre joven, el seductor podólogo Marcos Cambra que lee a Nabokov, y se hizo aborrecer. Por mala. Porque Amparo Orts es mala. Malísima. Le ha robado las hijas a su propia hermana y ha convertido su vida, la vida de sus sobrinas, en "un rosario de ‘hoys' consecutivos", como dice la propia Ilse (La Señorita Avecrem), que soñaba con convertirse en el hada madrina de su hermana Marina y poder salvarla, sacándola de ese infierno.



La doble moral (ya presente en la novela con la que Sanz fue finalista del Nadal en 2006, Susana y los viejos) de, en este caso, una burguesía perversa, de una perversión de fábula, y la confrontación, tanto sexual (el amor imposible entre la inestable Marina y el marido de su tía) como de clase (después de todo, es Charly, la mucama, quien, harta de vivir en la mentira, y viendo que su lugar en la familia peligra, destapa la caja de Pandora), son dos de los hilos que tiran de la historia (y a la vez, dos constantes en la obra de su autora), a los que debería sumársele la corrupción del poder (en este caso, doméstico) y el "pozo", entendido como abismo interior, el "siniestro familiar" de Freud ("Qué pasa dentro de Cambra. A veces me gustaría desmontarlo como los niños desmontan relojes", dice Ilse). Hay momentos en los que se echa de menos el diálogo (todo lo que pasa, pasa por dentro), pero luego hay otros en los que el monólogo (incitado, en el caso de Ilse, por el Scrabble), convierte la lectura de la novela en un acto confesional (aquí el narrador, allá el lector, compartiendo vistas a la nabokoviana piscina del jardín donde retozan las hijas prepubescentes de Ilse) muy disfrutable.



La intensidad es la de Rebeca, de Hitchcock, pues la historia se construye a partir de una ausencia inevitable, en realidad dos ausencias, una de las dos, la de la propia Paula, la ex mujer de Zarco, Pepito Grillo de esta historia en la que todo sucede en la habitación de al lado.



Un buen detective confirma que Sanz sigue buscando su voz como autora policiaca, menos negra de lo que parece, pero fascinante.