Gabriel Albendea. Foto: Archivo del autor

Mandala Ediciones. Madrid, 2011. 257 páginas, 19 euros.

Gabriel Albendea (Madrid, 1939) ha publicado varias novelas, diversos libros de ensayo y algunos poemarios, pero lo ha hecho siempre en editoriales de poca difusión, como si escribiera en voz baja, condenado, al parecer -ignoro si por voluntad propia-, a perdurar en ese círculo restringido de los que Azorín denominaba escritores "raros". Sin embargo, la lectura de la novela El resplandor y la ceniza descubre varios rasgos de considerable interés que no convendría que pasaran inadvertidos. El primero es la calidad de la prosa. Aunque repetitiva y premiosa en algunas ocasiones, su variedad y riqueza léxica, así como la nítida concatenación del discurso, la colocan muy por encima de la ramplona escritura que exhiben muchos novelistas al uso cuya principal innovación consiste en dar la espalda a la sintaxis y a la propiedad idiomática. El segundo factor destacable en estas páginas es que encierran lo que podríamos llamar una "novela de ideas".



La historia, organizada como el diario de Buenaventura Artigas, es la de un crimen feroz y gratuito cuya índole va poco a poco desvelándose, todo ello visto desde la conciencia de este sujeto solitario y tortuoso que analiza su propia conducta en busca de algo que la explique. Lo de menos es si el frío asesino logrará escapar después de cambiar de identidad y hasta de rostro, aunque esta incertidumbre, claro está, crea cierto suspense en el desarrollo de las acciones.



Lo esencial es asistir a los meandros y circunvoluciones de este soliloquio, que incluye evocaciones de la vida infantil y recuerdos familiares -algunos relacionados con una guerra civil ya lejana-, pero, sobre todo, que se plantea sin cesar problemas filosóficos. éticos y antropológicos de honda trascendencia: las creencias religiosas y su utilización política, la relación entre verdad, bondad y belleza, el origen y el papel de los instintos en el comportamiento humano, las diferentes nociones del bien y el mal según épocas y culturas, la función del arte en la sociedad, el sexo y el feminismo son algunas de las numerosas cuestiones que afloran a la superficie de este diario, acribilladas a menudo hasta con cierta desmesura- de citas y recuerdos de pensadores y poetas, desde Platón hasta Adorno, desde Baudelaire hasta Léo Ferré y los chansonniers franceses de los años 50. La cultura es el conjunto de tablas de salvación y asideros a los que uno acude para entenderse a sí mismo.



El discurso del narrador, un meditativo y culto rentista sin problemas económicos, oscila a veces entre modelos como el Roquentin de La náusea, de Sartre, y algunos tortuosos personajes de Dostoyevski, y transparenta, sin duda, muchas de las preocupaciones y pensamientos del autor, tanto de carácter antropológico como de naturaleza literaria, como sucede con las consideraciones sobre el realismo (p. 27) o sobre los dos modos narrativos posibles, "que siguen los métodos extrospectivo e introspectivo clásicos de la psicología" (p. 228), según se potencie la acumulación de acontecimientos externos o la descripción de los sucesos íntimos, ideas y sentimientos. De acuerdo con esta dualidad, El resplandor y la ceniza pertenecería al modo introspectivo de contar.



Lo que sucede es que los excursos reflexivos y discursivos, por estimulantes que sean, alcanzan una proporción muy superior a la que se dedica a la narración de la historia propiamente dicha y desequilibran el conjunto. De este modo, algunos datos esenciales de la historia -el encuentro de Buenaventura y su futura víctima, el viaje de ambos, la decisión de asesinarlo- quedan en penumbra o simplemente aludidos, y otros rozan la inverosimilitud, como las noticias constantes de los periódicos franceses acerca de la desaparición de un adulto en España, asunto irrelevante en el conjunto de informaciones de un continente. La prosa, como ya se ha dicho, alcanza a veces raras calidades (véase el paisaje soñado de las páginas 163-165), aunque alguna vez se desliza hacia el símil incongruente (¿cómo puede experimentarse "la sensación del peso obsceno de lo real sobre un cuerpo de reptil?" [p. 39]) o acumula con énfasis los adjetivos: "críos medio desnudos y tostados enredaban [...] mientras otros chavales corrían entre las chozas miserables que exhibían sus blancos harapos tendidos al último sol" (p. 23). Con todo, son más los aciertos que los deslices en esta obra de indudable interés y poco convencional.