Use Lahoz. Foto: Oscar Carriqui

Alfaguara. Madrid 2011. 532 páginas, 19 euros



La cadena de desventuras que signan la vida de un tal Santi constituye el fuerte meollo anecdótico de La estación perdida. Nacido en una primitiva aldea aragonesa, en 1945, Santi, cada vez que intenta la prosperidad, algo o alguien le lleva a un sonado fracaso, lo cual se repite con monótono fatalismo hasta 1998 y a lo largo de una dilatada geografía: Zaragoza -que incomprensiblemente no se menciona frente al sistemático puntillismo topográfico-, Barcelona, Valencia y Montevideo. Otros le juegan malas pasadas, pero tiene en sí mismo su mayor enemigo: un trastorno de la personalidad le induce a constantes fantaseamientos y un agudo sentimiento de miedo le convierte en un ser desvalido.



En consecuencia, esta alma cándida va dejando un reguero de damnificados y desventuras. Tal peripecia la censa Use Lahoz (Barcelona, 1976) con precisión en la línea del tiempo marcando la fecha exacta de mentiras y desengaños, con lo cual, de paso, se añade una crónica esquemática y un tanto pegadiza del último medio siglo español.



En La estación perdida tenemos una novela de personaje montada sobre un variado repertorio de modelos narrativos: relato ruralista, picaresco, de testimonio social, folletinesco y de aventuras. Este conjunto de fuentes se unifican bajo un doble esquema abarcador. Uno es un relato psicologista que ofrece un amplio muestrario de la naturaleza humana donde se exhiben, junto a algún reduccionismo maniqueo de buenos y malos, finos matices del alma y caracteres muy singulares. Primero, por supuesto, el protagonista, tipo complejo cuyo retrato paciente justifica el franciscanismo final del libro, el cual viene a ser una apuesta existencial, casi una tesis, razo- nable. También otros personajes: su segunda esposa, Candela, curiosa y verosímil reencarnación de la perfecta casada de fray Luis; el padre, Justo, excelente tipo construido a base de sugerencias y silencios; o, menos individualizados, los amigos uruguayos. La compleja y sutil historia de amor entre Santi y Candela sirve como la otra argamasa del argumento. El autor conjuga aquí con suma destreza dos temperamentos antagónicos de cuyo contraste obtiene una proclama convincente, por más que excepcional, a favor del poder redentor del amor.



La estación perdida es una novela ambiciosa y seria que merece, sin embargo, graves reparos. La prolijidad descriptiva y la acumulación anecdótica hacen fatigoso el conjunto. El relato incurre en inadvertencias o descuidos: mal pueden llegar "ríos de mujeres y de hombres de luto" a un funeral en un pueblo donde viven cuatro gatos. La prosa carece de brillo y tensión, aparte de cometer imprecisiones o inexactitudes. Y, sobre todo, el desarrollo lineal del argumento y la construcción entera de la novela resultan de un convencionalismo excesivo, anticuado. Apenan estas limitaciones porque Lahoz dispone de una historia estupenda, muy emotiva, nutrida de muchas situaciones novelescas interesantes y de un amplio plantel de personajes atractivos, y manifiesta facultades no comunes de poderoso narrador.